La galería StuArt revisa lo mejor de la trayectoria de este artista, conocido por sus monumentales corazones, sandías, volcanes en erupción y otros íconos representativos. Por María Jesús Carvallo.

  • 16 noviembre, 2010

 

La galería StuArt revisa lo mejor de la trayectoria de este artista, conocido por sus monumentales corazones, sandías, volcanes en erupción y otros íconos representativos. Por María Jesús Carvallo.

 

Transgresor, genio y figura, Francisco Smythe es considerado uno de los artistas visuales más importantes de la escena nacional de fines del siglo XX. Mucho más que un simple pintor de caballete, desde sus inicios trató de desmarcarse del arte tradicional e imponer una apuesta expresionista y vanguardista que sigue llamando la atención hasta el día de hoy. Fue de los primeros en atreverse a sacar las obras fuera de las galerías, a realizar instalaciones al aire libre, a desarrollar murales –como el de la estación Baquedano del Metro– e incluso a montar escenografías para programas de televisión. Sin importar el qué dirán, incursionó en el pop art e incorporó a su obra materiales inusuales para su tiempo, como luces halógenas, neón y fibra óptica, recursos tecnológicos que recién por estos días son comunes entre sus colegas.

Gestor cultural y curador, él mismo fue su propio manager y supo manejar su carrera a la perfección, logrando profesionalizarse en el extranjero cuando todavía eran muy pocos los chilenos que conseguían tal privilegio. Puertomontino de origen, los paisajes del sur, las montañas, lagos y la naturaleza fueron su punto de partida. Licenciado en Arte de la Universidad de Chile, sus obras iniciales lo convirtieron en uno de los protagonistas de La escena de avanzada, identificándose con el lenguaje conceptual de los años 70 y compartiendo propuestas con Carlos Altamirano, Lotty Rosenfeld y Eugenio Dittborn.

En 1978 consiguió su primer logro internacional. Una beca del Instituto d’Storia dell Arte le permitió dejar Santiago y partir rumbo a Florencia. Allí se maravilló con las imágenes de la cultura italiana tomadas de los medios de comunicación y desplegó su obra pictórica en un lenguaje asociado al marketing y el cómic. Su desempeño fue meteórico. Ya a principios de los años 80 comenzó a participar en numerosas exposiciones individuales y colectivas en Europa, Estados Unidos y Sudamérica. Y en 1986 su aporte en la Bienal de Venecia lo catapultó aún más, llegando a ser considerado un creador destacado en la escena europea.

También comenzó a viajar por periodos cortos a Chile y en 1992 realizó una gran retrospectiva en el Museo Nacional de Bellas Artes – titulada 20 años de creatividad– con la cual obtuvo el Premio Nacional de la Crítica; en el 94 hizo un instalación en Puerto Montt y en 1995 creó una gigantesca escenografía para el programa Venga conmigo de Canal 13 –con sus inconfundibles corazones de gran formato– y fundó la facultad de Arte de la Universidad UNIACC.

Su arte siempre evolucionó. Partió con obras más conceptuales, influido por los acontecimientos políticos y sociales de los años 70. Su reflexión apuntaba a la publicidad del momento y la ciudad urbana, expresadas a través de papeles con intervenciones pictóricas, fotografías, fotocopias y más. Ya en Italia emergen sus primeros íconos, en remembranza y en honor a los paisajes de la Región de Los Lagos. Entonces también incursiona en la pintura, que fue un impulso para que otros colegas chilenos se atrevieran a volver a usar esta técnica, que por ese tiempo no era bien mirada. En la década del 90 sumó la gráfica. Fue de los primeros en hacer uso del gran formato en los grabados. Ahí la temática toca su lado más cósmico, inspirándose en el viaje que se representa a través de mapas, cartas náuticas y signos. En 1998 concluye el mural Vía Láctea en la estación Baquedano de la línea 5 del Metro. Luego de una dolorosa lucha contra el cáncer, falleció a los 46 años el 23 de noviembre de 1998, un día antes de la inauguración de una exposición que estaba preparando en la Fundación Telefónica.

Como una manera de mantener vivo su legado, la galería StuArt organizó una retrospectiva. Veinticinco creaciones que reflejan los distintos momentos de su carrera, su evolución artística y el uso de diferentes técnicas e inspiraciones. Titulada Iconos III, cuenta con serigrafías intervenidas, óleos sobre telas, grabados, acrílicos sobre papel y con impresiones serigráficas sobre acetato, entre otros, que dan cuenta de un expresionismo con detalles simbólicos y conceptuales. Parte de las creaciones son inéditas, muchas pertenecientes a este centro de arte y otras donadas en préstamo por la familia del artista. “A pesar de no vivir tanto tiempo en su país natal, Francisco se hizo muy conocido. Su obra era desbordante, no pasaba desapercibida y atraía a las masas. La gente tiende a olvidar muy rápido y esta muestra ayuda a rememorar su carrera y también a enseñarle a las generaciones que no lo conocieron”, cuenta su viuda, Paulina Humeres. Abierta al público hasta el 4 de diciembre. Pedro de Valdivia 0180, Providencia, www.stuart.cl

La apuesta de galería StuArt
Con seis años de vida, la galería StuArt es uno de los centros de arte ligados al fenómeno llamado “nuevo galerismo”. Un circuito artístico alternativo que se ha estado desarrollando desde hace unos cinco años y que busca ofrecer propuestas creativas más vanguardistas. Florencia Loewenthal, Die Ecke, AFA, Moro, son algunos que se incluyen dentro de este movimiento. StuArt se suma a la lista.

Su dueño y director Francisco Stuardo comenzó este proyecto en el año 2004 y desde entonces ha sido un activo partícipe de la escena artística nacional. Ingeniero comercial de profesión y piloto de la FACH, Stuardo estuvo relacionado con el arte desde pequeño, pues su abuelo era un reconocido coleccionista. Emprendedor innato, mientras trabajaba en un banco descubrió que no quería dedicar el resto de su vida a análisis financieros ajenos y decidió dar un salto, independizarse y formar su propia empresa y el sueño de su vida: una galería de arte.

Para eso realizó un estudio a fondo, conoció talleres y visitó otras galerías que le sirvieron de base para armar su propuesta. Hasta que nació StuArt, un proyecto dedicado al arte contemporáneo cuya política curatorial se centra en la gráfica, la pintura y el dibujo. Sus artistas se identifican con tendencias que exploran la figuración y la abstracción.

Siguiendo a sus símiles –que por esos días inauguraban sus centros en el barrio Lastarria–, abrió su primera sede en la plaza Mulato Gil de Castro. Pero luego de varias exposiciones y un análisis profundo del mercado, Stuardo decidió cerrar el espacio con la idea de buscar nuevos aires y nutrirse de experiencia internacional. Durante ese tiempo el nombre de la galería siguió vivo y Stuardo se dedicó a construir una estrategia de movilidad geográfica, participando en ferias internacionales que le permitieron generar nueva experiencia artística, además de interactuar con otros públicos y miradas.

Fue así como en 2009 reabrió en un nuevo lugar, más grande, en la comuna de Providencia. Hoy StuArt cuenta con una línea acotada de artistas, entre los que destacan Matilde Pérez, Consuelo Lewin, Claudio Herrera, además de una importante lista de emergentes, que desarrollan obras en que priman por igual el refinamiento plástico y la reflexión teórica sobre el arte del siglo XXI. “Mi objetivo con StuArt es ir mucho más allá de organizar simples exposiciones. Como ingeniero logré darle a este centro una nutrida estrategia comercial, que incluye desmarcarse de Alonso de Córdova, trabajar con pocos artistas –la mayoría, jóvenes emergentes que den cuenta de miradas más sensoriales y tecnológicas–, participar constantemente en ferias y bienales, vender obras en subastas como Sotheby’s y Christie’s y asesorar a coleccionistas nacionales y extranjeros. A lo que se suman lanzamientos de libros y otras actividades. Esta galería es una empresa redonda que se sustenta por si misma y que al final del día resulta ser un referente”, cuenta Stuardo.