Mucho se habla de derecho de autor y de sus violaciones flagrantes en la era digital, pero el valor de compartir, aprender y gozar suele estar por sobre todo aquello. POR ANDRES VALDIVIA Cierto es que el derecho de autor, como se lo ha entendido históricamente, es uno de los valores sobre los que se […]

  • 29 junio, 2007

Mucho se habla de derecho de autor y de sus violaciones flagrantes en la era digital, pero el valor de compartir, aprender y gozar suele estar por sobre todo aquello.
POR ANDRES VALDIVIA

Cierto es que el derecho de autor, como se lo ha entendido históricamente, es uno de los valores sobre los que se ha construido la cultura moderna. Cierto es también que cada persona que crea algo debería ser retribuida por su trabajo. Pero desde que la tecnología hizo posible digitalizar el contenido y, en particular, la música, todo comenzó a venirse abajo para las grandes empresas dedicadas al negocio de distribuir contenido, más aún cuando los computadores aprendieron a hablar entre ellos. La experiencia y las costumbres de uso mandan en este tipo de asuntos y lo que antes era una cosa de amigos del barrio, es hoy asunto de enormes comunidades globales que comparten, aprenden y gozan. Pero vamos por parte.

Hace un par de meses instalé una red inalámbrica en el subterráneo infesto que llamo mi ofi cina. Allí, junto a un equipo de cuatro personas comenzamos a dejar disponibles nuestras bibliotecas de iTunes (es decir, la música que tenemos en nuestros computadores) para ser compartidas por el resto. En un comienzo la tendencia natural de todos fue la de escuchar la misma música de siempre, pero a poco andar cada uno comenzó a aventurarse en las bibliotecas ajenas, en un ánimo inicial algo voyerista que se transformó luego en una obsesión expansionista, en una ola expropiadora imparable. Y los resultados han sido extraordinarios por varias razones, algunas concretas, otras más bien intangibles.

Lo primero que sorprende es comprobar lo mucho mejor que está cada miembro de la comunidad teniendo acceso a ella, en comparación a como estaba individualmente. El valor de compartir es impresionante. Luego está el aprendizaje: si el contenido se comparte, se aprende mucho más rápido. Descubrir nueva música –reciente o pasada– no es asunto fácil en un país que tiene el karma de vivir al sur y la enfermedad crónica de ser un mercado estrecho que solo hace rentable lo que está justo al centro del mainstream, por lo que compartiendo se multiplican las opciones, se amplifica la oferta disponible. De manera tangencial, también se genera la posibilidad de conocer y consumir música que ya no existe en formato alguno en las estanterías de nuestras disquerías.

Finalmente, la dimensión humana: por sus gustos los conoceréis. Y claro, escudriñando en las discotecas ajenas uno se encuentra con dimensiones impensadas de personas que creíamos conocer bien. La propensión a la melancolía, la vocación por el baile, la concentración en la lírica, la inclinación por la ironía y lo sintético, la bipolaridad diversa, la falta de compromiso, la militancia ciega. Todo aquello se devela escuchando la música ajena, complementando y enriqueciendo las instancias canónicas de la relación profesional, amistosa, amorosa y ociosa.

El problema, claro, es que en el ejercicio aquel del escudriñamiento, una copia digital, idéntica a la original, queda cargada en el computador de cada uno –aunque, técnicamente, esto no siempre es así–, lo que implica que el asunto completo es un delito. Señor policía, aquí estoy, culpable, doloso, autoconfeso y vociferante. Claro que, en este caso, compartir no es necesariamente robar. De hecho, al hacerlo no se elimina un activo de inventario alguno, ni desaparecen objetos de bodega ninguna, lo que hace todo esto aun más nebuloso. Imposible despejar la niebla, pero un sistema más flexible e idóneo que permita compartir, aprender y gozar –como tú lector hiciste con los cassettes en algún momento– se hace imperiosamente necesario.