Por: Soledad Balduzzi Es una fría mañana de octubre. Uno a uno suben los pasajeros cargados con mochilas y bolsos. Algunos de ellos vienen preparados con un termo de café. Otros sacan una manta y la estiran sobre sus piernas. Puntualmente, cuando el reloj marca las 7:30, Andrés Torres enciende el motor: el buscarril tirita […]

  • 21 octubre, 2013

Por: Soledad Balduzzi

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Es una fría mañana de octubre. Uno a uno suben los pasajeros cargados con mochilas y bolsos. Algunos de ellos vienen preparados con un termo de café. Otros sacan una manta y la estiran sobre sus piernas. Puntualmente, cuando el reloj marca las 7:30, Andrés Torres enciende el motor: el buscarril tirita y se escucha el primer bocinazo. Ha comenzado el viaje.

En el siglo XIX, el río Maule era navegable y constituía la única ruta de comunicación entre Talca y Constitución. Para facilitar el transporte de los lugareños, en 1889 –durante el gobierno de José Manuel Balmaceda– se inició la construcción del ramal entre esas dos ciudades. Recién en 1915 se estrenó el recorrido completo.

El ramal consiste en una línea férrea secundaria que se origina desde una vía ferroviaria principal y que une pequeñas localidades de una zona. En Chile se construyeron decenas de ramales, pero éste es el único que ha sobrevivido al paso del tiempo. El 25 de mayo de 2007 se le declaró Monumento Nacional.  Y su circuito incluso inspiró el elogiado libro de Cynthia Rimsky, Ramal, publicado en 2011.

La madrugada del 27 de febrero de 2010, el tren estuvo a punto de convertirse en nada más que historia, cuando el terremoto de 8,8 grados azotó y volcó el coche que permanecía en Constitución, y el posterior tsunami lo arrastró 300 metros desde la estación.
“Las vías quedaron prácticamente como una montaña rusa”, recuerda Andrés, maquinista del ramal desde hace cuatro años. Con los puentes dañados, el buscarrill estropeado y la pista inútil, se debió suspender el servicio por casi un año. A los cinco meses se habilitó la primera mitad del recorrido desde Talca y cinco meses después se restableció el trayecto completo.

Fruta de temporada

Tonos derivados del verde, café y azul predominan en el paisaje que, como si quisiera imitar un cuadro, se encierra dentro de los bordes de la ventana del coche. Afuera, abundan los árboles, el maíz y los cerros. El cielo está despejado e ingresan como dardos los rayos del sol.

Bordeando la ribera norte del río Maule, el ramal recorre en total 88 kilómetros en tres horas y media. La ruta está compuesta por 14 puentes, un túnel y 10 estaciones. La vía tiene sólo un metro de ancho y sobre ella se desplaza el buscarril que data de 1961 y se importó desde Alemania, época en que este medio de transporte gozó de gran popularidad en Europa.

En la estación Toconey se suben dos mujeres con canastos de mimbre, sacos y bolsas. La mayor de ellas, Maribel, cuenta que su marido administra un fundo, a cuyo dueño le compran algunos frutos para venderlos todos los sábados en la feria de Constitución. “Llevo naranjas, limones y aceitunas”, dice sonriente, “la fruta de temporada”.

Valeria, la veinteañera que se acomoda a su lado en uno de los asientos de cuero verde gastado, también va a la feria a vender productos para ganarse unos cuantos pesos. Además de los frutos de la estación, lleva huevos y miel. Ella es de Toconey, pero estudia pedagogía en Arte en la Universidad Autónoma de Talca. Por eso, sagradamente, todos los viernes toma el ramal desde la capital maulina para visitar a su familia, mientras que los domingos hace el trayecto de vuelta.

Los diez meses que el servicio estuvo interrumpido debido al terremoto, no pudieron salir a vender su mercancía, ya que no existe otro sistema de transporte público que comunique esos pueblos. Y en auto, agregan, no les sale a cuenta.

El poeta de las tierras pobres

A mitad de camino, el tren se detiene en la estación González Bastías durante diez minutos. Aquí los pasajeros se pueden bajar y comprar desayuno en el restaurante El ramal, que un amable y canoso Gastón Gómez abrió hace un año. Por mil pesos, Gastón ofrece un café –en vaso de plumavit para continuar el viaje– y un pan amasado con queso recién salido del horno y de tamaño generoso.

Esta estación antes llevaba el nombre de Infiernillo, por las altas temperaturas. En pleno verano, cuentan los lugareños, el termómetro puede ascender a los 40 grados.
Sin embargo, en 1958 se le bautizó en honor al vate maulino Jorge González Bastías, “el poeta de las tierras pobres”, como se le conoce.

“Mi viejo camino / un poco quiero conversar contigo / y ante las sombras que evoco / hablarte como a un amigo. / Hace tanto tiempo, tanto / que conozco tus orillas / en tus yerbas amarillas / cayó alguna vez mi llanto”, recita en el poema Égloga del camino, publicado en 1911.

Hoy, uno de sus descendientes, José Luis Bastías –hijo de la sobrina del poeta– administra la viña González Bastías ubicada en ese mismo lugar y cuyas tierras por años han pertenecido a su familia.

Esta bodega elabora vino con la cepa país, la primera uva vinífera que fue introducida en Chile a mediados del siglo XVI junto a los conquistadores españoles, y que abunda en esta zona geográfica. José Luis posee cuatro hectáreas de esta variedad, cuyas parras superan los 200 años de antigüedad.

En este lugar se utilizan técnicas de vinificación que muchos pensarían que están obsoletas: guarda en tinajas de greda de más de 400 años y molienda manual en zaranda de colihue. La idea de José Luis es mantener la tradición de sus ancestros y continuar con la elaboración del vino de forma artesanal.

Al revés y al derecho

Cerca de llegar a destino, los pasajeros se aproximan a las ventanas que dan al río que pronto desembocará en el océano Pacífico. Andrés lanza unos bocinazos cada vez que pasa por un cruce para advertir su llegada.

Desde pequeño vivió en González Bastías y estudió hasta 5° básico en una escuela en Toconey. Luego se vio obligado a terminar la educación básica en Constitución y la media en Talca, ya que en estos pequeños pueblos no existe más alternativa. Con tanto ir y venir, pocos conocen la ruta tan bien como él. Por eso resultó natural que se convirtiera en maquinista. “Sé de memoria la vía, al revés y al derecho”, afirma orgulloso.

A veces, cuenta el controlador de boletos Víctor Aguilera, se producen derrumbes del cerro o se caen ramas de los árboles, obstaculizando el camino. El viaje puede interrumpirse por horas. Pero pala en mano, tanto ellos como los pasajeros, ayudan a despejar la vía.

Víctor recuerda especialmente la vez en que una señora mayor también tomó una pala y trabajó cuatro horas en remover la tierra. “Todos quedamos sorprendidos. Se notaba que era una señora de esfuerzo”, agrega.

A las 11:00 arriba el tren a la estación terminal. Andrés y Víctor tendrán que esperar hasta las 16:45 horas, cuando se inicie el viaje de vuelta. Se encontrarán ese mismo día, pero esta vez en la tarde, con Maribel y Valeria, de regreso de la feria. Y Andrés encenderá el motor, el buscarril tiritará y se escuchará el primer bocinazo. Es hora de volver a casa. •••