Murió con un tumor del tamaño de una pelota de béisbol y rogando a Dios que le diera más tiempo para consolidar la revolución que inició el 99, cuando mostró a Latinoamérica y al mundo su imbatible fuerza. No quiso revelar su enfermedad. El mundo de las derrotas no era el suyo. La historia no […]

  • 11 marzo, 2013

Murió con un tumor del tamaño de una pelota de béisbol y rogando a Dios que le diera más tiempo para consolidar la revolución que inició el 99, cuando mostró a Latinoamérica y al mundo su imbatible fuerza.

No quiso revelar su enfermedad. El mundo de las derrotas no era el suyo.

La historia no sería la misma si no hubiese nacido en un casa de adobe, con barro en el suelo y hojas de palma seca como techo. Luchador, cojonudo, Hugo Chávez Frías sacó a Venezuela a pasear al mundo. Hizo que los ojos estuvieran allí, vigilantes de cada paso que el caudillo daba sin pudor, amparado en Jesucristo, el Ché, Bolívar o José Martí. Vigilantes también de cómo la popularidad –y populismo- subía a la par con los petrodólares en las arcas fiscales.

No había habido otro antes que dijese que olía a azufre donde estuvo el presidente de Estados Unidos, ni que sofocara tanto la paciencia como para que un rey le espetara un por qué no te callas.

Antes de anunciar su muerte, la palabra que más mencionó Nicolás Maduro durante su largo discurso, fue Constitución. Un término que los opositores al régimen tendrán que mirar con especial atención si quieren sacar adelante al país después del trauma. Porque no la tendrán fácil. Porque, lo hemos visto, no se puede borrar de un plumazo lo que por años –con buenas o malas artes- se construyó en el poder. Mejor aceptar.  Asumir que hay otros que sí lo quisieron, y desde ahí conversar sobre un futuro.