Uno de los mayores escultores chilenos del siglo XX se inspiró en la catástrofe del año pasado para realizar la imponente muestra cuando el silencio se hace piedra, que se presenta en el centro de extensión de la Universidad Católica. El maestro habla en esta entrevista de los alcances de su obra y levanta la voz para criticar el panorama local. Por María Jesús Carvallo; fotos, Verónica Ortiz y Jaime Villaseca.

 

  • 14 junio, 2011

Uno de los mayores escultores chilenos del siglo XX se inspiró en la catástrofe del año pasado para realizar la imponente muestra cuando el silencio se hace piedra, que se presenta en el centro de extensión de la Universidad Católica. El maestro habla en esta entrevista de los alcances de su obra y levanta la voz para criticar el panorama local. Por María Jesús Carvallo; fotos, Verónica Ortiz y Jaime Villaseca.

 

"Nuestro país es como una gran provincia, una isla en la que ser artista y triunfar no es gran cosa. Por eso procuro viajar y pasar residencias cortas en otros continentes, para inspirarme y tener nuevos referentes”. Así de claro es Vicente Gajardo, quien con dicha afi rmación hace honor a su nombre, que significa “el que vence, el que conquista”.

Con 28 años de trayectoria, Gajardo es considerado uno de los máximos representantes de la escultura en piedra. Seguidor de maestros del volumen como Marta Colvin, Samuel Román y Lily Garafulic, ha creado innumerables proyectos urbanos y sus trabajos se encuentran tanto en colecciones públicas como privadas, desde Marruecos hasta Canadá. Sin embargo, este escultor de fama internacional es extremadamente humilde, y reconoce sentirse como un “pájaro extraño” en el panorama actual. “Cada vez estoy más desconectado, mi mundo va por otro lado y no encajo. Es complejo comprender la dirección que lleva el planeta hoy. Mi manera de vivir es distinta, pero no siento una infelicidad por ello. Por el contrario, creo que el mundo que he elegido es mucho más justo y verdadero. Y mi trabajo así lo comprueba”.

Nacido en Tomé en 1953, Gajardo creció en el campo, rodeado de naturaleza. Proveniente de una familia de artesanos y campesinos, desde muy joven conoció lo que era trabajar a pulso y con las manos. Esa experiencia lo impulsó a seguir una carrera artística. “En un comienzo entré a Ingeniería Comercial porque la escuela quedaba muy cerca de mi casa y de mis padres. Sin embargo, al poco andar me di cuenta de que debía seguir mis instintos y opté por la escultura”.

Estudió en la Universidad de Concepción y, luego de graduarse, instaló su taller en la región de O’Higgins, muy cerca de la cantera de Doñihue. “Gajardo no es un escultor modelador, es un tallador de formas y volúmenes; no se sabe si él escogió la piedra por una necesidad superior o la piedra lo eligió a él para tener una formidable voz. Lo que sí se puede aseverar es que está inextricablemente enmarañado de por vida con la piedra, o mejor dicho, con los huesos de la tierra”, dice el artista Benjamín Lira.

Luego de cuatro años de trabajo, Gajardo inauguró la muestra Cuando el silencio se hace piedra en el Centro de Extensión de la Universidad Católica. Inspirada, entre otras cosas, en el terremoto y tsunami ocurridos en Chile en 2010, consta de seis volúmenes de casi 40 toneladas de granito emplazados dentro de una enorme elipse blanca construida especialmente para la ocasión.

La exhibición, que fue posible gracias a un premio Proyecto Bicentenario, debió aplazarse doce meses debido a la catástrofe que vivió el país el año pasado, un hito que también modificó la obra inicial. “A raíz de los hechos del 27 de febrero, en los que muchos sufrimos pérdidas humanas y materiales, así como también el deterioro y destrucción de nuestro paisaje litoral central y la pérdida de casi todo el patrimonio arquitectónico existente, mi obra cambió y nació la serie Vestigios, que se abre a esta realidad acontecida y se hace arquitectura, paisaje desolado. Recoge las convulsiones de ese desastre geológico y las desgracias de sus habitantes”.

Partiendo de dos elementos propios de la arquitectura, como son el cubo y las vigas, Gajardo plantea una composición cercana a la instalación, que da cuenta de un estado de destrucción y reconstrucción. “Justo había recorrido los sectores de Cobquecura, Tomé, Dichato y Constitución un par de semanas antes del terremoto, por lo que cuando ocurrió la tragedia tenía muy fresco el paisaje. Unas semanas después volví a esos lugares y decidí direccionar mi obra de una manera distinta. Ya no era un trabajo vertical, sino que buscaba el suelo. Para nosotros la muerte está supeditada a un cubo y la relacionamos con la tumba. Pero no quiero caer en ese dramatismo, sino exacerbar la vida. Pese a todo el dolor de mi obra, lo único que persiste es la vida, que es un caos”.

-¿Cómo ve el desarrollo del arte en nuestro país? ¿Hay un auge de las tendencias contemporáneas?
-La inmediatez del mundo ha hecho que nos transformemos en artistas de oficina y en esclavos del computador, lo que da como resultado un arte muy pobre, sin contenido, sin profundidad. No hay tiempo, dedicación ni capacidad de investigación para llegar a algo más concreto. Si bien la palabra es un lenguaje necesario para el artista, no es vital. Hemos abusado de ella. Nos encontramos muchas veces con exposiciones que tienen las murallas tapizadas de textos que no dicen mucho o que no tienen relación con lo que se ve. Es muy triste, porque veo que la tradición escultórica en piedra en Chile se ha perdido. En la universidad ya no se enseña esta técnica, porque los alumnos no tienen interés en aprender un oficio que tarda tanto tiempo en hacerse.

-¿Qué piensa de la proliferación de escuelas de arte?
-Mientras más estudiantes de arte, mejor, porque se amplían las posibilidades. Pero hay que tener cuidado. No se puede pretender que las universidades sean fábricas donde todos los que pasen por allí se convertirán en artistas. Para llegar a ser artista se necesita mucho más que una casa de estudios.

-¿Ha surgido un nuevo coleccionismo en Chile?
-No mucho, porque somos un país pequeño. Si ya son pocos los artistas, menos los coleccionistas. Pero hay más que antes y también más inquietud. Creo que el coleccionista de hoy es más universal; y busca adquirir obras afuera, en subastas, en Europa, más que sólo en nuestro país.

-¿En qué lugar nos encontramos en el ambiente plástico latinoamericano?

-Yo creo que en Chile hay artistas serios, pero aisladamente. Te puedo nombrar cuatro o cinco escultores que son importantes y que tienen peso. Y cantidad de otros que están muy lejos de aquello. Si nos comparamos con otros países, lo nuestro tiene cierta aislación. Hemos crecido y nos hemos desarrollado en nuestro entorno, pero necesitamos abrirnos, tomar contacto con otros espacios. Eso echo de menos. Los artistas de cierto peso estamos atrapados, no podemos mostrar nuestro trabajo afuera por lo complejo y caro que significa el traslado. En ese sentido los argentinos están mucho más abiertos. Allá se entregan premios nacionales a artistas sin importar su edad sino sus logros, lo que es un buen aliciente. En Chile es diferente. Siempre se espera hasta el final de la trayectoria y se reparten estos premios un poco antes que el artista termine su carrera o muera.

-El mes pasado la feria ArteBA de Buenos Aires cumplió 20 años de vida y se consolidó como la más importante de Latinoamérica. ¿Qué nos falta en Chile?

-Creo que Chile merece una gran feria de arte, como todo país que quiere ser desarrollado, aunque de “desarrollo” no tengamos nada. Hace falta abrirnos y hacer una verdadera apuesta por nuestro trabajo. Yo he tenido la oportunidad de estar en exposiciones en el extranjero y las cosas que llegan desde Chile son miserables. No tenemos la capacidad de competir, porque no hay una política que permita concursar para seleccionar un ganador y así mostrar lo más interesante de nuestro arte. Por el contrario, casi siempre lo que se exhibe afuera no es lo mejor, y en eso hemos pecado desde hace mucho tiempo. En Chile los buenos artistas no tienen oportunidades. Y también hay una confusión: se le otorga el mismo espacio a una persona que está empezando que a la que tiene una larga trayectoria. No estoy en contra de ello, porque hay gente joven que amerita, pero no siempre es así. El problema es la falta de criterio.

-¿Existe espacio para la escultura en el panorama urbano?
-Hay una intención más frecuente que en el pasado de emplazar obras en lugares públicos. Hace poco la municipalidad de Las Condes creó el Paseo la Pastora y me parece una iniciativa positiva. Estos espacios se necesitan, son importantes, pero deben realizarse con un trabajo interesante y en un emplazamiento ad hoc, y no sólo en Santiago; también en el “otro Chile”, que es de una pobreza extrema.

Definiciones de escultor
Fomento al arte. “En Chile hay una actitud paternalista frente a los artistas, se tiende a otorgarles migajas a todos por igual para que se queden contentos. El artista necesita más que migajas: debe ser valorado y para eso deberían entregarse becas, pero no por seis meses ni tampoco los proyectos Fondart, sino premios de 5 años que permitan desarrollar una obra completa sin problemas económicos en el camino. Gracias a los fondos, hemos llenado el país de cosas insignificantes y que no tienen valor, nada más que por una actitud paternalista. Y por otro lado, nuestros evaluadores siempre están más preocupados de los presupuestos y de las cuentas que del resultado final. Lo que deben medir son los proyectos y no los papeles. Estamos ceñidos a una cosa burocrática que no corresponde a la vivencia del artista, a su realidad”.

La oferta cultural. “Nuestro espacio es muy pobre, aquí no llega absolutamente nada. Si haces un recorrido anual de lo que se exhibe en los museos, no hay mucho importante. Aparte de que no hay medios para traer grandes muestras, lo que recibimos de otros lugares no es lo que queremos ni necesitamos ver. Nuestros programas culturales no tienen una continuidad; si de repente hay una muestra interesante, a los dos meses llega otra que es un bodrio. Eso también deja muy mal parada nuestra imagen como plaza de arte. En Argentina siempre tienen exposiciones atractivas y curiosamente llegan allá, pero no pasan por acá y si lo hacen, es sólo una parte”.

Carrera universitaria. “Soy un fiel creyente en la relación profesor-alumno y veo que las universidades hoy están un poco sobredimensionadas, buscan lucrarse y así estamos mal. Hice clases un tiempo en la Finis Terrae y tenía un curso de 60 alumnos, lo que para una disciplina como la que yo desarrollo es bastante. Soy más cercano al concepto que se daba en el Renacimiento, en que el alumno llegaba al taller del artista y la enseñanza era más personalizada. Pero hoy cada universidad necesita un número determinado de estudiantes para financiarse y eso es lo que prima. Por eso no sigo”.

Consejos para un creador joven. “El arte es un oficio complejo, para toda la vida; implica un ejercicio que es natural y lógico y que tiene que ver con un trabajo concreto y a puertas cerradas de mínimo cinco años. Si en ese tiempo se ve un resultado satisfactorio, se puede dar el segundo paso. Si no es así, es mejor cambiarse de profesión. La inmediatez aquí no existe. Hay un trabajo complejo que necesita de una gran entrega y que no es a corto plazo. No vas a escribir un libro en una semana. Hay que tener paciencia”.

Reconocimientos. “Aquí no pasa gran cosa, porque Chile es un país pequeño. Somos pocos los artistas y algún día los premios los vamos a recibir todos. Al comienzo de cualquier carrera los premios sí son importantes. Existe la necesidad de que te reconozcan, de recibir estímulos y de sentirse gratificado. Con el paso del tiempo, si los premios llegan, bien, pero ya no los esperas con ansia. Debo confesar que cuando partí requería de ellos y muchas veces los esperé, algunas tuve suerte y otras tantas no ocurrieron”.

Ideal estetico. “La sencillez. Desarrollé esta última muestra con sólo dos elementos: la viga y el cubo. Me he dado cuenta de que no es la cantidad lo importante, sino cómo aquello mínimo logra dar la sensación de mucho. Mi hacer me ha ayudado a ser más sensible, a comprender el dolor, a entender la verdadera entidad de las cosas, a darme cuenta de lo trastocado que está el mundo, de la pérdida de la humanidad. Hoy todo es una lucha y un egoísmo por tratar de lograr sin respetar al otro. El hecho de estar horas y horas realizando mi oficio me ha llevado a encontrar una verdad, la mía personal, e ir tras ella”.

La piedra. “La elegí porque es un material de siempre; es y está. Es atemporal. Con esto también respondo las inquietudes de muchos artistas jóvenes que quieren verme como un artista clásico, en el sentido que utilizo un material que no es de ahora. Eso es falso, porque la piedra es de ayer, de hoy y de siempre. Y no es el material lo que hace a un artista más o menos contemporáneo. Es el resultado”.

Proyectos. “Muchos. Aparte de una muestra en el extranjero y de volver a exponer en el Museo de Bellas Artes –tuve la oportunidad de hacerlo relativamente joven, y me gustaría repetirlo pero con una propuesta distinta y más madura–, quisiera llevar esta exhibición a los lugares donde ocurrió el terremoto y maremoto de 2010. La gente de esos lugares es muy sensible y va a sentir cercanía con la obra”.

Un sueño. “Seguir haciendo mi obra, no dejar de realizar lo que me gusta. Si tengo la posibilidad de desarrollar un nuevo trabajo, que sea bajo mis propios parámetros. Crear una muestra contundente que pueda aunar toda las experiencias vividas durante el proceso creativo. Y que logre transmitir esa realidad, que no es fácil”.

*Cuando el silencio se hace piedra estará abierta al público hasta el 20 de junio en la plaza central del Centro de Extensión de la Universidad Católica. Alameda 390, Santiago.