Por: Vivian Berdicheski Fotos: Alejandro Barruel La artista Bruna Truffa tiene un sentido de humor punzante. Rodrigo Cabezas parece un torbellino. Truffa+Cabezas, la suma de las partes, es el tercer elemento. Por 11 años se mantuvo en silencio. Hasta que en 2015, la antropóloga y premio nacional de Humanidades y Ciencias Sonia Montecinos invita al […]

  • 9 junio, 2016

Por: Vivian Berdicheski
Fotos: Alejandro Barruel

Truffa&Cabezas

La artista Bruna Truffa tiene un sentido de humor punzante. Rodrigo Cabezas parece un torbellino. Truffa+Cabezas, la suma de las partes, es el tercer elemento. Por 11 años se mantuvo en silencio. Hasta que en 2015, la antropóloga y premio nacional de Humanidades y Ciencias Sonia Montecinos invita al colectivo a participar en la reedición de Mitos de Chile. Enciclopedia de seres, apariciones y encantos. En las ilustraciones realizadas para ese proyecto se entrelazaban figuras humanas, animales y vegetales. Fue un trabajo que amplió su curso y se exhibió en las galerías santiaguinas The Art Walk y Madhouse. Este evento fue la antesala de lo que hoy da vida a una nueva exposición titulada Wonderland y que se inicia el 14 de junio en el Museo de Artes Visuales (MAVI). “En ella presentamos las últimas obras hechas individualmente por cada uno, junto a las de Truffa+Cabezas”, explican.

En su exposición más comentada y exitosa, Si vas para Chile (1999), que se realizó en el Museo Nacional de Bellas Artes, exploraron las contradicciones de un país que se debatía entre el conservadurismo y la ansiedad del consumo. La siguiente muestra, Cambio de aceite (2003), fue en el Museo de Arte Contemporáneo y dio inicio a una larga pausa, después de 20 años de trabajo en conjunto. Hoy, en su regreso a escena, otra vez dirigen su mirada hacia Chile, y se enfrentan a una nueva sociedad, la sociedad Wonderland. Un país inventado, de maravilla, el sueño de la felicidad y de la promesa incumplida.

-¿Cómo volvieron a trabajar juntos después de tanto tiempo?

Rodrigo Cabezas (R): Hemos desarrollado una línea de obras cada uno en su estudio y para Truffa+Cabezas, que es como un tercer artista más ligado al diseño, utilizamos la misma dinámica de siempre: uno tira una idea, el otro la complementa y después olvidamos quién la lanzó primero; sólo se elige la mejor.

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Bruna Truffa (B): En estos años, no es que nunca más nos viéramos ni trabajáramos juntos, la verdad es que siempre ha habido un grado de colaboración. Ocurre que ya en Si vas para Chile habíamos visto la posibilidad de separarnos, pero tras el éxito y otras cosas se aplazó. Ser Truffa+Cabezas, una dupla, molestaba mucho. Nos cansamos de que nos preguntaran: ¿quién pintó esto o esto otro? ¿Cómo no hay autoría?

-¿Cuáles fueron los desafíos de Wonderland?

R: Lo principal es que no tiene plan, es más libre, sugerente, no tan directo. En la mayoría de las otras exposiciones que hicimos estaba todo súper planificado, sabíamos cuánto medía cada cuadro, dónde se iban a colocar, etc. Aquí no hay control.

B: En algún momento del proceso me pregunté si hacíamos todas las obras en conjunto, al final no quisimos forzar las cosas. Hoy, cada uno tiene su línea súper distinta. Yo me encuentro en un minuto de trabajo intimista, que se relaciona con un estado del alma más que con la contingencia, aunque la actualidad me atrae. Wonderland salió como un país de ficción y real en el que se están revelando muchas cosas, se saben cosas que antes no se veían. Entonces, existe una sensación en el ambiente de irrealidad, desde el punto de vista de cómo se concibe la sociedad y el mundo, en contraste a cómo se siente la gente por dentro.

-¿Visualizan un cambio de discurso?

B: Sí, tiene que ver con la madurez también. Por ejemplo, el tema del paisaje siempre ha estado presente en mi trabajo, hay algo que me remite a él, pero ahora es más protagónico. Desde que volví de España o quizás antes de irme (1989), entendí que la única cosa que se conecta a nuestra identidad es el paisaje. Entonces, tengo una obsesión por retratarlo en sus distintos ámbitos: algunos no tienen nada que ver con Chile, otros son interiores, de mi infancia, imaginarios. Todos con un cuento intimista. A ellos, se suman imágenes de las más diferentes fuentes, antiguas, nuevas, que transformo en la tela y las convierto en un mundo.

R: Me he dado cuenta de que la pintura habla como espejo sobre las apariencias, lo superficial, lo que parece que es, pero no. Yo imprimo mis pinturas y parecen expresionistas. Pero lo cierto es que cuando ves mis cuadros te encuentras con manchas, pero ellas no son reales. Me explico: las manchas van desde lo digital y desde otras cosas también. La gente piensa que agarro un tarro de pintura y lo tiro, pero no; las manchas están construidas con Photoshop y las pongo donde quiero. Aunque el conjunto parece hecho en Action Painting (un software que permite “crear” obras), no lo es. Hay un control detrás. En un momento con la Bruna nos reíamos y decíamos que estábamos coludidos para mostrar un montón de cosas que no son pinturas en una exposición de pintura. Porque lo nuestro tiene un arte manual súper fuerte, pero también una parte digital potente.

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-¿En qué etapa de su vida artística se encuentran y cómo la ven mutuamente?

R: Liberado. Me gustó trabajar sin plan, aunque soy súper maniático. He vuelto a la naturaleza muerta, al vanita (una categoría particular de bodegón, de alto valor simbólico) que es la representación de lo que pasa en la superficialidad de la vida frente a la certeza de la muerte. Hay que tomar conciencia de que la vida es corta, y eso es rico no más. Estoy construyendo con un sentido más abierto, para que el espectador complete la obra; antes yo lo guiaba para que viera y entendiera lo que buscaba. En cuanto a la muestra, exhibo una serie que nace de la exploración de los test de Rorschach y Zulliger, que tienen harta simetría, los que transformo a través de un proceso de proyección y les doy una nueva interpretación.

B: Si la pintura de Cabezas de la que habla en Wonderland es de vanital y barroca, yo hablo del romanticismo. Nuestras pinturas tienen encuentros y desencuentros. En algunos casos parten muy parecidas, pero tienen resultados muy diferentes.
R: Para hablar de la obra de la Truffa están las simetrías; por ejemplo las de ellas son melancólicas, quietas, parecen ultrapintadas. En cambio, las mías parecen una explosión de color.

-¿Qué los une y separa artísticamente?

R: Vivimos un boom cultural súper raro, un tiempo en el que no debería haber pasado nada y fue lo contrario: el momento en que pasó más. De hecho, con la vuelta a la democracia, un sector de la historia del arte trató de borrar un poco ese período: cómo pudo haber tanta cultura si estábamos en dictadura. Nosotros nos supimos instalar solos, sin una familia de artistas, sin tener al arte muy presente en nuestras casas. Ambos tenemos un campo de referencia muy parecido, cachureamos, nos gustan los mismos chiches, el mercadillo. Y lo que nos separa es que ella es más pintora que yo, cree más en la pintura, yo soy más grabador. O sea, la pintura la veo como un lenguaje; podría dejar de pintar o hacerlo de manera digital. No tengo ese apego por la cosa manual, lo siento más como un truco, soy más cínico en ese sentido.

B: Me une a él ese quehacer conjunto realizado durante tantos años y esa facilidad de comunicarnos dentro de ese ámbito. Se da fácil leer el pensamiento del otro. Nos separan las formas de vida: estoy casada, tengo hijos. Nos encontramos en todo lo demás, pero en la manera de vivir nos cuesta llegar a un punto común. •••