Entre Corral y Niebla constan las ruinas silentes de lo que fuera un formidable sistema defensivo de fuertes y baterías. Rodeados por bosques, recortados contra la amplitud del horizonte, golpeados por el viento, las fortalezas actúan como símbolos arquitectónicos, políticos y hasta estéticos que nos remontan a la historia y al espacio. Por dos siglos ellos hicieron imposible la entrada de potencias extranjeras en el continente. Allende robos y matanzas, los sufrimientos de una operación de conquista a gran escala –de un entero continente–, hubo en nuestras tierras una concepción política y del paisaje, capaz de brindar paz y modestos y esmerados grados de prosperidad a sus poblaciones durante 400 años. Fueron el lento proceso de maduración de una raza, mestiza hasta el tuétano, que logró integrarse a su paisaje hasta casi fundirse con él.

Tras la gesta independentista, el fervor ilustrado se deslindó rápidamente del caudillismo militar y solo a diez años de la derrota realista, una idea de orden logró imponerse sobre los bandos. Portales, Bello, Bulnes, Montt, Varas, son parte de una generación capaz de lo insólito: de producir institucionalidad en medio de las ruinas, de evitar que, como en Europa, al colapso de un Imperio siguiesen siglos de barbarie. Fundaron o refundaron el Ejército y la Armada, la Escuela, la Prensa, la Universidad, la Constitución, el Código.

En un contexto acentuadamente histórico e ideológico, bajo la influencia de corrientes doctrinarias que agitaban las aguas desde lado y lado, el orden político vigoroso logró subsistir seis décadas; si se atiende a su entramado jurídico y a sus bases más hondas, hasta hoy. El país creció hasta el umbral del cambio de siglo, más que el promedio de las naciones desarrolladas, y se fue fraguando, al alero del Estado y su labor instituyente, por cauces republicanos, una nación con consciencia de su unidad de destino.

Los dos grandes movimientos de nuestra historia larga, a saber, la Colonia y la República, están determinados por nuestra relación al territorio. Las puertas del sur, el sistema estético de nuestros fuertes australes, a un lado; al otro, la organización institucional y cultural plasmada en la Constitución centralista y su voluntad de generar orden. Es en ese contexto epocal que la situación actual puede adquirir su perfil auténtico y ser entendida en su significado. No se trata simplemente de acudir a la historia como maestra en un sentido moral. Es menester reparar en los alcances del proceso, en las raíces y el talante del pueblo que produce el desplazamiento actual, así como en el tipo de herramientas al que se debe acudir para abrir los cauces y desencadenar los procesos que permitirán brindar curso a la época presente y a las pulsiones que contiene.

Ante la amplitud de la mirada telúrica e histórica, aparecen como ideas estrechas que solo pueden agitar a oligarquías entrópicas, ensimismadas en juegos de poder santiaguino, las propuestas de reformas menores, en las que los parlamentarios proponentes son, además, impotentes (en Chile el gasto depende de la Presidencia de la República), o esa de semipresidencializar el régimen de gobierno.

 La consciencia de la historia y del paisaje nos ponen, en cambio, ante la exigencia de producir una reconfiguración mayor, epocal y territorial, del orden político nacional. Se trata de articular o rearticular, luego del desgaste de las décadas y siglos, la relación de la institucionalidad con su pueblo y territorio.

No es ni ecológica, ni económica, ni políticamente viable mantener hacinada a una mitad de la población en una ciudad segregada, contaminada, carente de paisaje, mientras se abandona a la otra mitad a una especie de ostracismo social, cultural y económico. No es posible que dos tercios del país se estén muriendo por la sequía ni que el norte sea un desierto estéril y el sur un parque nacional o zona de veraneo. No es posible que se siga segregando la vida de los santiaguinos, que la polución nos esté matando, que le cedamos el territorio al narcotráfico. ¿De qué país estamos hablando cuando ya en Santiago hay dos Chiles, y entre Santiago y las abandonadas provincias dos más?

Solo sobre la base de una lucidez histórica y telúrica cabrá salir de la crisis en la que nos hallamos, no con discursos moralizantes de izquierdas académicas, ni con los oficios de los políticos profesionales del ciclo que acaba; ni con abstractos asaltos a palacios, ni con acicateadores del temor. Fraguar las maneras en las que podremos remontar felizmente la época que termina, exige entender los alcances del proceso, un proceso que se despliega ya por medio milenio y sus inmensos territorios maltratados. Solo sobre la base de esa comprensión será posible brindarle a la situación caminos no solo pensables en las cabezas de los bandos, sino pertinentes y, en último trámite, eficaces.