Por M. Cristina Goyeneche Fotos: Verónica Ortíz Son las once de la mañana y, como siempre cuando está en Chile, Juan (20) entra a las canchas de golf que el Club de Polo tiene en Santa María de Manquehue. Es verdad que su casa está en Villa Sargento, en Puente Alto, donde vive con sus […]

  • 27 junio, 2014

Por M. Cristina Goyeneche
Fotos: Verónica Ortíz

Golfista

Son las once de la mañana y, como siempre cuando está en Chile, Juan (20) entra a las canchas de golf que el Club de Polo tiene en Santa María de Manquehue. Es verdad que su casa está en Villa Sargento, en Puente Alto, donde vive con sus padres, una hermana pequeña y su abuelita. Sin embargo, los pastos perfectos y los árboles teñidos con los colores del otoño el último viernes de mayo, son también su hogar desde que tiene nueve años.

Hasta acá llegó un verano buscando matar el tiempo mientras acompañaba a su papá, por esos días pelotero de estas canchas. Un fierro prestado y 500 pelotas disparadas con furia en una sola tarde, le dejaron claro a todos quienes lo vieron ese día que Juanito, así, tal cual, flacuchento, un niño cualquiera, no se desprendería de ese lugar así como así. De ahí en más todos los fines de semana sólo llegaba a su casa para dormir.

Sobre el pasto ya está apoyada la bolsa de palos Titleist, hechos a su medida por la firma norteamericana. Su nombre está grabado a fuego en cada uno de ellos. Para Juanito no hay pérdida de tiempo buscando lo necesario entre casilleros. La bolsa con sus 14 fierros lo espera al borde del camino que recorrerá hasta la cancha de práctica, justo como para que él la tome sin siquiera detener el paso. Su padre, que está desde muy temprano en el Polo, es quien se preocupa del gesto. Con ellos al hombro, más un buen canasto de pelotas, Juan avanza raudo. Golpeará las pelotas que sean necesarias. 500 diarias, igual que el primer día que conoció el golf. La práctica no se acabará hasta que el sol haya desaparecido. Si existiesen canchas iluminadas, ahí estaría. Su meta por estos días es hacerle cambios al swing y acomodar a él la rodilla lesionada que lo dejó semi parado el segundo semestre del 2013.

Pero el día, por cierto, no comenzó ahí. Juanito no tiene auto. Madruga y se mueve en micro y metro. Una hora y media de viaje hay entre su casa y el gimnasio MEDS, su primera parada diaria y al que entra a las 8 de la mañana para hacer su entrenamiento físico. Ganar masa muscular y mejorar en flexibilidad son algunos de los objetivos. Mientras él hace abdominales, el ex futbolista Patricio Yáñez pedalea y los actores Ricardo Fernández y Marcelo Alonso se concentran en sus rutinas. Aquí nadie tiene mucho tiempo para el estrellato. Todos transpiran por igual.

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Los campeonatos fueron parte de la vida de Juan desde muy pequeño. Golf Action, competencia anual organizada por la Federación Chilena de Golf para captar talentos entre los 7 y los 14 años por todas las canchas del país, fue su circuito debut. A los 12 años ganó su primer torneo y desde entonces medallas y copas fueron aterrizando en la pequeña casa de Puente Alto. Una rareza en un barrio donde el fútbol es el que se roba las pasiones entre los niños. Muchos de sus compañeros del colegio o vecinos ni siquiera intuían que varios fines de semana al mes un Juan irreconocible para ellos, usando pantalón de tela y polera con cuello, pasaba las horas recorriendo los hoyos del Club de Golf Los Leones, el mismo Polo, el Contry Club o el Sport Francés.

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A los 13 años, Juan decidió tomarse las cosas con más rigor y las competencias se hicieron mucho más intensas. Comenzó a disputar los abiertos chilenos con los profesionales. A los 15, apoyado por la Federación Chilena de Golf, viajó por primera vez al extranjero, aterrizando –solo– en Rosario, Argentina. A los 17 quedó entre los diez mejores del Junior Orange Bowl. Para quienes buscan hacer del golf una profesión, competir en las canchas del Bilmore Golf Course en Coral Gable, Florida, es una catapulta más que considerable. Juan, al año siguiente, ya como el mejor juvenil de Chile, lo ganó. Fue el segundo en conseguirlo después de Benjamín Alvarado. Y, por cierto, Tiger Woods está en la lista de talentos que también lo conquistó. Más de 200 torneos acumulados en su cuerpo.

Un año siete meses es el tiempo que Juan Cerda lleva como golfista profesional. La adultez lo ha llevado a jugar cerca de 40 torneos y en todos se ha ubicado entre los “Top 5”. De hecho, los buenos resultados le permitieron adjudicarse, a principios de este año, la tarjeta que le da vía libre a los 17 torneos del PGA Tour Latinoamérica. Para Juan, la antesala de las grandes ligas. El jugador no mira el tour europeo, canadiense o asiático. Lo que él busca es competir en los torneos que se disputan en tierras norteamericanas, “donde juegan los mejores del mundo y se caracterizan por tener canchas complejas, muy largas, de pastos más largos de greens duros donde la pelota corre rápido, canchas en las que puede abundar el viento o aparecen lluvias repentinas. Ahí quiero estar, poniéndome la chaquete verde tras ganar el Master de Augusta”, sentencia.

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Lo más duro en estos casi dos años de profesionalismo ha sido no contar con el financiamiento para competir internacionalmente. A comienzos de año, VTR, su único auspiciador, dejó de apoyar económicamente a todos sus deportistas.

Las consecuencias no fueron menores. De los 8 torneos del primer semestre, sólo compitió en los dos jugados durante abril, el Abierto de Córdoba, en Argentina, y la Copa NEC, en Uruguay. Para lo que queda del año, las energías están focalizadas en lo que ocurrirá a fines de octubre. Retomará el Tour en Perú y Brasil, luego volverá a Santiago para competir en el Abierto de Chile y –si logra armarse bien– cerrar la temporada con los dos últimos torneos que se juegan en Buenos Aires.

De concretarse sus planes, habrá participado en tan sólo 7 de los 17 campeonatos del año. No hay dinero para más. Lo ganado hasta ahora con los premios le permite vivir y sostener a su equipo, integrado por un preparador físico, una sicóloga, un doctor y sus dos entrenadores de cabecera, los mismos desde que tiene nueve años, su padre, Ricardo Cerda, y Luis “Chino” Cabrera.

El cálculo de su papá es que a Juan son $ 40 millones anuales los que lo separan de las grandes ligas, monto que le permitiría hacer el circuito completo al tener el costo de pasajes, hoteles y caddies asegurado. Apoyo ha tenido. MEDS le facilita sus instalaciones, el Club de Polo lo tiene como miembro de por vida, Titleist le da los palos que necesite e, individualmente, algunos socios del Club lo van financiando en necesidades puntuales. Así como Patrick Durandín le regaló su primera bolsa de palos cuando recién partía; otro socio le financió un caddie para todas las competencias del 2013. Pero no ha sido suficiente.

No es fácil ser deportista de elite cuando no se es de elite. •••

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Oportunidad en EE.UU.

Ganado el Orange Bowl el 2011, varias fueron las universidades norteamericanas que pusieron sus ojos en Juan. California, Texas, Arkansas fueron algunas de las ciudades que manifestaron interés por tenerlo en sus campus. Beca completa para estudiar a cambio de representarlos a nivel amateur era el corazón de la mayoría de las ofertas. La única propuesta que estudió con más detalle fue la que recibió de Arkansas. Aprovechando un torneo en esa ciudad recorrió las instalaciones y se entusiasmó. Pero de vuelta en Santiago calibró la balanza y rechazó la beca.

“No hablo inglés, tenía que dar dos exámenes para poder ser admitido y debía pasar cuatro horas al día asistiendo a clases. Y yo que hice toda mi educación media en el colegio Athletic, en el que estaba de 8 a 11 de la mañana, no tenía ningún tipo de hábito de estudio. ¡Desde muy chico mi vida es sólo jugar al golf! Por eso dije que no”. La oportunidad, que para cualquier deportista que busca una posición en los rankings mundiales sería dorada, para Juan no era el camino de salida. Y no se arrepiente.