Hace tiempo que el chardonnay chileno viene despuntando. Lo hemos dicho en estas páginas: hay un puñado de ejemplares que están optando por el camino del frescor, de la fruta y los tonos minerales, dejando atrás los excesos de mantequilla y vainilla que suelen convertir a la variedad en una experiencia atosigante. Conozco catadores –sommeliers, […]

  • 29 abril, 2009

Hace tiempo que el chardonnay chileno viene despuntando. Lo hemos dicho en estas páginas: hay un puñado de ejemplares que están optando por el camino del frescor, de la fruta y los tonos minerales, dejando atrás los excesos de mantequilla y vainilla que suelen convertir a la variedad en una experiencia atosigante. Conozco catadores –sommeliers, incluso- que detestan el chardonnay precisamente por esa pesadez extrema que muestra el promedio, pero es una opinión injusta porque la cepa, como se sabe, puede dar vida a vinos soberbios, exquisitos, nada rimbombantes, sino sutiles y gozosos hasta la última gota.

Una muestra de la calidad que puede alcanza la variedad en Chile es Quebrada Seca 2007, de viña Maycas, del valle de Limarí. Este vino tiene su origen en un sector de la ribera norte del río, una zona semidesértica, con suelos de componentes calcáreos que se mezclan con arcillas rojas.

Como explica Marcelo Papa, en esa parte del valle las mañanas son nubladas y las tardes soleadas, con cielos luminosos y noches frescas, donde la cercanía del mar actúa como estabilizador de la temperatura durante el día. “Las lluvias mínimas, las brisas que corren de manera casi constante desde el Océano Pacífico y el alto contenido calcáreo de los suelos permiten que la fruta tenga una larga etapa de crecimiento y maduración, lo que se traduce en uvas que entregan una frutosidad y frescor sin igual, además de un gran equilibrio”.

Puede que todo lo anterior lo hayamos escuchado antes, pero el vino habla por sí solo. De una acidez que saca chispas en la boca, Quebrada Seca 2007 es un blanco superlativo, con aromas minerales y cítricos que nunca cansan, invitando a beber y disfrutar hasta terminar la botella. Hay tonos a lima, a pera, incluso a piedras, todo ello en una estructura fina y bien armada, que lo hace insuperable junto a pescados y mariscos.

Quebrada Seca 2007 permaneció durante 14 meses en barricas de roble francés (el 47% en barricas de primer uso y el 53%, de segundo uso), pero la madera no es protagónica, sino un complemento. La verdad, el vino está total.

Una idea: vayan a una buena pescadería, consigan los mejores mariscos posibles (camarones, calamares, locos y algún pescado de roca de piel firme); salteen todo en mantequilla y aceite de oliva, cuidando que nada se pase de cocción; con un toque de ajo, ají picante y azafrán; agreguen una copa de vino blanco; luego, tomates frescos picados sin semillas y unas hojas de albahaca, y sirvan sobre una fuente de arroz blanco. Tomen entonces una copa de Quebrada Seca 2007. A ver cómo les va