Al socialismo se le entrega el alma, en cuanto cada mujer y hombre de esta tierra bajan la guardia, bajan los brazos, agachan la mirada y se dejan proteger y conducir. Por Gonzalo Rojas
Al socialismo se le entrega el alma, en cuanto cada mujer y hombre de esta tierra bajan la guardia, bajan los brazos, agachan la mirada y se dejan proteger y conducir. Por Gonzalo Rojas

Setenta y cinco años han celebrado recién los socialistas desde su fundación como partido unitario en el lejano 1933. Pocos días antes, Herrnán Büchi lanzaba una reedición de su notable libro La transformación económica de Chile, obra que mereció elogios, pero también algunas fuertes críticas de Eduardo Aninat.

¿Nada en común? Mucho, casi todo: unos llevan el socialismo en la carne y en la piel; otros, al menos en la lengua. El socialismo se extendió por la sociedad chilena desde bastante antes del 33 –Recabarren ya lo propiciaba a comienzos del siglo XX–, cristalizó en los partidos marxistas, avanzó trasformando a radicales y a cristianos (a laicos agnósticos y a laicos creyentes, pero también a curas y a monjas), capturó y revolcó y librecambistas, casi siempre propensos a pedirle una manito en tiempos de crisis, en tiempos de cólera. En muchos, el socialismo ha sido visible gangrena; en otros, simplemente se ha buscado como una vacuna salvadora, aunque ha terminado produciendo irritaciones y alergias en cuanto ha sido aplicada.

Pero, ¿no está hoy el socialismo presente además en cada chileno, como un herpes, siempre listo para activarse en cuanto flaquean las defensas de la auténtica libertad? André Frossard explicó está curiosa presencia latente del socialismo en cada persona, afirmando que no es una economía sino una metafísica a base de rechazo: rechazo de la condición humana, rechazo de un creador y de un legislador supremo, rechazo de un orden impuesto, rechazo de ser a imagen de otro.

Mas como no se puede vivir del simple rechazo, el ser humano busca –también el homo chilensis– con qué llenar tanto vacío. Entonces se inicia la fase activa del virus llamado socialismo y acude el bichito a todos los rincones del organismo social, capturando órganos, inmovilizando extremidades, generando una sensación de dolor sectorial y de malestar general.

No, no se trata sólo de los órganos del Estado o exclusivamente de las instituciones visibles. Se refiere este herpes más bien a esas actitudes diarias, rutinarias, repetidas, casi habituales, en que el socialista que llevamos dentro aparece en superficie. El virus se activa por estímulos simples y ordinarios.

Cuando un ejecutivo no prepara la reunión porque quizás no le toque intervenir, ya que seguramente hablarán los demás, eso es mentalidad socialista; cuando un alumno-mosca se sube a los cachos del buey y ara por virtud del estudioso del grupo, eso es socialismo; cuando un trabajador manual observa el horizonte para comprobar que nadie lo vigila y entonces baja el ritmo, eso es moral socialista; cuando una dueña de casa cocina todos los lunes siempre lo mismo, esa imaginación cero es socialismo doméstico. Algunos lo llamarán comodidad, egoísmo, apatía, mínimo esfuerzo, indiferencia. Está bien, son palabras apropiadas, pero, ¿no corresponde acaso cada una de ellas a una dimensión de esa retirada de la salud que ha permitido el ingreso de la enfermedad? ¿No son todos y cada uno de aquellos términos, simplemente, aristas de ese gran mal que consiste en esperar que otros, Otro, lo hagan todo por mí? Y, ojalá, sin que se note.

La situación es –a veces– incluso más grave, porque en muchos ámbitos el socialista que llevamos dentro dirá explícitamente: “que alguien haga algo”, reconociendo así abiertamente su renuncia a la acción. Y, por cierto, alguien hará algo. El problema es que casi siempre en estos casos son los socialistas por convicción y doctrina los que hacen algo… y mucho. Es que ellos tienen el poder, ellos tienen los medios, ellos tienen la mística, ellos tienen la palabra.

A los socialistas no se les otorga el poder en las elecciones: los votos llegan como simple consecuencia de algo anterior y más profundo. Al socialismo se le entrega antes el alma, en cuanto cada mujer y hombre de esta tierra bajan la guardia, bajan los brazos, agachan la mirada y se dejan proteger y conducir, en sus corazones y en sus inteligencias, por una divinidad inexistente.

Esa tendencia la llevamos todos dentro y parece que Chile no se va a librar tan fácilmente de sus consecuencias. Pecadores que somos.