03:34, la película sobre el terremoto del 27F, es harto más de lo que algunos creían, pero menos de lo que necesitaba para sostenerse más allá de la anécdota Por Christian Ramírez

  • 20 abril, 2011

03:34, la película sobre el terremoto del 27F, es harto más de lo que algunos creían, pero menos de lo que necesitaba para sostenerse más allá de la anécdota Por Christian Ramírez

Desde el momento en que se anunció el estreno de una película sobre el terremoto de febrero de 2010, la pregunta de rigor fue una sola: ¿no será demasiado luego?

Y no debería. ¿Acaso no se acuerdan de cómo hace un año la TV nos machacaba con el suceso desde todos los ángulos posibles? Primero reporteando, luego reiterando y por último recociendo. Nada de respetuosa abstención. En verdad, si algo se gestó en todo el lapso transcurrido no fue reticencia a enfrentar el tema, sino una creciente sensación de saturación y quizás ese sea el peor enemigo que encuentre 03:34 durante su paso por la cartelera. A juzgar por la última tendencia en venta de tickets, el público parece más interesado en llevar a sus niños a la película infantil del momento que en administrarse una dosis frontal de dramatismo.

Ahora, tal vez convendría avisar que 03:34 no es exactamente una película de desastre, fabricada a partir de los lugares comunes del género, ni tampoco un artefacto en el cual el peso de los hechos reales descienda y oprima todo. Las cuatro tramas que la componen –estén o no basadas en datos veraces- se sienten lo bastante generales para producir tanto identificación como la necesaria distancia: dos abuelos y su nieta en el edificio Alto Río; un preso recién ingresado en la cárcel de Chillán y el compañero de celda que lo recibe; un matrimonio recién separado, ella en Pichilemu y él con sus dos hijos en Dichato, al igual que una pandilla de veinteañeros listos para exprimir el último fin de semana del verano.

Los realizadores se encargan de ir desarrollando cada línea narrativa y cada cruce que se gatilla entre ellas, al estilo de terapéuticos dramas corales en la línea de Crash, Magnolia o Babel. El resultado –un filme concentrado acerca de 48 horas de desconcierto más que sobre las previsibles promesas de reconstrucción o los fáciles arrebatos de nacionalismo- tal vez sorprenda a quienes pensaron que cualquier película sobre el terremoto explotaría una faceta más chocante o efectista de la tragedia, pero quizás no satisfaga a quienes entraron al cine pensando que iban a presenciar algo parecido a un espectáculo (con efectos especiales incluidos).

En cierto modo, el filme viene a ser el antónimo de algo como Esmeralda 1879. Si dicha recreación del combate de Iquique sufría del delirio de superproducción hecha en país subdesarrollado, descansaba en el mito y apenas dedicaba tiempo a sus personajes, 03:34 tiene claro que cualquier conexión personal que podamos sentir respecto de su historia (algo inevitable para todos los que estaban en Chile aquel 27 de febrero) pasa por despertar complicidad, rescatar sensaciones, evocar la catarsis.

Y quizás ahí es donde se le va la mano: pese a toda la corrección, contención y hasta despliegues de audacia exhibidos por el filme, es inevitable que el espectador, a medida que se sumerge en el relato, vaya dándose cuenta de que lo que tiene delante son más personajes que personas de carne y hueso; que en el fondo se trata de gente destinada a resolver los múltiples conflictos planteados por su guión, cuyo desarrollo se detiene antes de transformarse en real vehículo de identificación para su audiencia.

¿Para qué aumentar al extremo la cantidad de anécdotas si con las tremendas consecuencias del sismo bastaba y sobraba? ¿Era para dejar claro que se trata de un filme de ficción y no un documental? Al final pasan tantas cosas en poco más de hora y media de metraje que algunas historias –como la de Alto Río- terminan perdiendo sustancia frente a otras, como la de los presos fugados, que acaba invadiendo a las otras y reviviendo por largos minutos la obsesión de cierto cine chileno con la marginalidad.

Mala cosa, porque hasta un efectista como Alejandro González Iñarritu (Amores perros) entiende que cualquier narrativa coral depende de repartir en forma adecuada la tensión, para que cada parte le dé mayor lustre al total. Es la única forma de conseguir la ilusión de que te están contando todo lo que necesitas saber, y así no salir con la impresión de haber dado un rápido vistazo a un rompecabezas al que uno está seguro de que le faltan piezas.