La literatura puede medirse por las mismas coordenadas que la música. Prueba de ello son dos novelas chilenas muy diferentes: una sigue el pentagrama, la otra desafina. POR MARCELO SOTO A veces nos olvidamos, pero una de las cosas más importantes de la literatura, así como de la música, es el silencio. Dejar de hablar, […]

  • 18 mayo, 2007

La literatura puede medirse por las mismas coordenadas que la música. Prueba de ello son dos novelas chilenas muy diferentes: una sigue el pentagrama, la otra desafina.
POR MARCELO SOTO

A veces nos olvidamos, pero una de las cosas más importantes de la literatura, así como de la música, es el silencio. Dejar de hablar, apagar el amplificador, hacer turn off. En el cine existe la elipsis, esa forma de entender que ha pasado cierto tiempo –un siglo, mil horas– aunque el espectador siga en la butaca por treinta segundos. Esa es la diferencia entre La historia secreta de los árboles y Asesinato en La Moneda, dos libros que nada tienen en común, salvo ser escritos por autores chilenos y publicados al mismo tiempo. Cada uno representa un camino, un desvío, una negación y una apuesta.

La historia secreta de los árboles es la segunda novela-resumen de Alejandro Zambra. En otras palabras, aquí hay más estrategia que conquista. El autor siempre nos recuerda que estamos leyendo una ficción, no viviendo una aventura. Donde empieza la novela termina la vida; donde concluye el relato está la verdad.

En este caso Julián es un profesor-escritor, como el mismo Zambra, que viene desde una relación lastimosa a un matrimonio con Verónica, cuya hija, Daniela, es la fl or de sus ojos, a quien le cuenta historias inventadas de plantas, de árboles, para que se quede dormida, mientras llega su esposa. Pero un día ella no aparece. Se demora y es de noche y de madrugada y entre medio sucede la novela. Cuando ella toque la puerta o cuando estemos seguros de que no volverá, el libro se acaba. Así, nada más.

Zambra tiene una imaginación inaudita y con apenas tales premisas arma un libro hecho y derecho. Da envidia su capacidad para narrar a partir de eventos tan nimios. La historia secreta no es tan perfecta como Bonsái, el anterior libro de este autor nacido en 1975. Pero eso puede ser una virtud. En este nuevo relato, que en cierta forma es un paso atrás o una recapitulación en el mejor de los casos, las fi suras, el maquillaje, se notan más. Hay mucha frase hueca, que parece presa de su fama, de su estilizado formalismo, pero de pronto el autor tiene hallazgos que son pura dinamita: “Se ama para dejar de amar y se deja de amar para empezar a amar a otros, o para quedarse solos, por un rato o para siempre. Ese es el dogma. El único dogma”.

Este es un libro sin certidumbres, un rompecabezas donde el lector puede triunfar o ser derrotado. La muerte de la novela es un fantasma que recorre las 117 páginas del libro, cuya síntesis o clave se encuentra en la frase siguiente, que con poca imaginación podemos atribuir al autor: “La verdad es que no soporta la ficción, se impacienta con la comedia absurda de los novelistas: vamos a hacer como que había un mundo que era más o menos así, vamos a hacer que yo no soy yo, sino una voz confi able, un rostro blanco por donde pasan rostros menos blancos, semioscuros, oscuros”. El otro libro, Asesinato en La Moneda, de Elizabeth Subercaseaux, es el camino opuesto. Aquí está todo dicho, todo subrayado.

En una novela de misterio es imperdonable que no haya misterio. El relato es envolvente, en todo caso: un médico holandés prepara una fi esta sorpresa para su esposa, subsecretaria de Interior. Invita a viejas amigas, cocina una receta especial, mientras su mujer vive un romance secreto. De pronto recibe una llamada. Es el presidente. Ha ocurrido un hecho lamentable. Un crimen en el mismo palacio de Gobierno.

La novela se deja leer y seguramente gustará a quienes no piden demasiado de una obra de fi cción. Ideal para leer en una playa o en un largo viaje en bus o en avión. Sin embargo, la autora comete errores impropios para el género: el desenlace es aburridamente decepcionante, no hay giros impensados y todo termina siendo como una fi esta a la que dan ganas de irse cuanto antes, apenas se entra.

Siendo una autora tan políticamente correcta, que antes denunció el machismo y la farándula, sorprende que Subercaseaux deje tan mal paradas a ciertas nacionalidades. Al contrario del libro de Zambra, en el suyo sobra la bulla y escasea el silencio. Dispara usted o disparo yo. El acusado no tiene la última palabra.