Al cumplirse 10 años del ataque terrorista a las Torres Gemelas, el arquitecto y fotógrafo chileno Pablo Redondo recuerda ese día, cuando estaba en Manhattan y decidió partir con su cámara para registrar la tragedia. Fue un acto impulsivo y casi suicida, pero su testimonio todavía estremece y emociona. Textos y fotos de Pablo Redondo.

  • 8 septiembre, 2011

Al cumplirse 10 años del ataque terrorista a las Torres Gemelas, el arquitecto y fotógrafo chileno Pablo Redondo recuerda ese día, cuando estaba en Manhattan y decidió partir con su cámara para registrar la tragedia. Fue un acto impulsivo y casi suicida, pero su testimonio todavía estremece y emociona. Textos y fotos de Pablo Redondo.

Nueva York nunca será lo mismo, pero siempre será Nueva York. ¿Qué decir 10 años después de las torres? Todavía se detiene todo por un segundo si veo fotos o documentales sobre el 9/11. Cada año nos llamamos aquellos que éramos amigos y vivíamos allá. Algunos siguieron en la Gran Manzana y se afincaron, otros volvieron a sus países de origen: Irlanda, Italia, España, Inglaterra, etc. La ciudad nunca fue de manera tan dramática “la capital del mundo” como ese día y el término quedo acuñado para todos los que estuvieron en NYC en ese fecha hoy histórica.

En ese entonces escribí sobre el tema, pero obviamente aún estaba en shock. Hoy miro hacia atrás, y aunque fue muy irresponsable de mi parte correr hacia las torres para ver lo sucedido, lo haría de nuevo. Recuerdo que estaba llegando a mi oficina cuando el conserje del edificio me comentó que un avión se había estrellado en las Twin Towers. Pensé que era una falla humana, pero al ver la cara del tipo me di cuenta de mi ingenuidad.

Salí a Park Avenue y ahí estaba la columna de humo. El momento fue tremendo y apenas hoy te das cuenta del estado de shock en el que estábamos todos.

Al ver la primera torre quemándose, nadie sabía exactamente qué había pasado y existía esa sensación de asombro, pero con esa maldita y atractiva indiferencia del neoyorquino. Nada tan malo puede pasar en esta ciudad.

Cuando impactó un segundo avión comenzó el pánico. Un pánico lento, pero denso. El paso al nivel surrealista fue cuando cayó la primera torre: era como que las cosas pasaban en cámara lenta. Yo seguía y seguía acercándome a las torres y la gente corría en dirección contraria y lloraba.

Las torres caen en silencio y sólo se escuchan los gritos de los más cercanos, el sonido de la destrucción viene detrás.

Cuando se desplomó la segunda torre frente a mis ojos, yo iba hacia al downtown, tras pasar por Soho. Fue la cosa más espectacular que haya visto y ahí “se acabó todo”. Literalmente. Una sensación inexplicable de pena, vacío, asombro e incredibilidad. ¡No era posible! ¡Esto es Nueva York!

La nube de asbesto, polvo, papeles, documentos y material de oficinas cae del cielo y cubre todo. Una lluvia blanca que se te pega al cuerpo y barniza las calles y los autos. Cuesta respirar y arden los ojos, pero insisto en acercarme más. A 50 metros de los restos de lo que eran los rascacielos, un fotógrafo de French Press sale de la nube y me dice “arranca, hay explosiones por todas partes”. Era verdad: fugas de gas de pronto se convertían en feroces incendios. Fue el minuto de retroceder.

Los días siguientes fueron de angustia y miedo. Se paraba el Metro en medio de la vía y la gente se asustaba. Amenazas de ántrax o explosivos. Policías por todos lados. Manhattan evacuado y puentes bloqueados por militares. Yo tenía que mostrar identificación para ir a mi casa en Williamsburg… dada la cercanía con el East River, supongo.

Recuerdo sobre todo una imagen: los bares llenos pero en silencio. Y era tal el silencio que en Williamsburg podías escuchar a los grillos en las noches. Parecía otro planeta.

Todavía nos acordamos en silencio.

Un día, el 11 de septiembre, en el que siempre me detengo aunque sea un momento, para pensar en los amigos y en la fragilidad de la vida.

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