Al parecer pocos autores pueden vencer la tentación de volver a ser niños. Ni siquiera Ian McEwan, cuyo nuevo libro tiene partes iguales de ternura y artificio. Por Marcelo Soto Si existe algo más difícil que escribir una buena novela, es escribir una buena novela para niños. Muchos autores consagrados –Isabel Allende, por ejemplo– han […]

  • 9 marzo, 2007

Al parecer pocos autores pueden vencer la tentación de volver a ser niños. Ni siquiera Ian McEwan, cuyo nuevo libro tiene partes iguales de ternura y artificio.

Por Marcelo Soto

Si existe algo más difícil que escribir una buena novela, es escribir una buena novela para niños. Muchos autores consagrados –Isabel Allende, por ejemplo– han fracasado en el intento. La idea misma de que se puede escribir algo de calidad pensando en un público específico es sospechosa.

Algunas de las mayores narraciones de la llamada literatura infantil, como Alicia en el país de las maravillas o El principito, nacieron casi como un juego o experimento y pueden ser disfrutadas por chicos y grandes, del mismo modo que las mejores novelas de aventuras, como La isla del tesoro, no tienen edad: cualquiera que sepa leer las gozará de punta a cabo.

Ian McEwan, uno de los escritores británicos más elogiados de la actualidad, escribió en 1994 una colección de relatos infantiles que leídos en forma sucesiva hacen la idea de una novela de iniciación. Es la historia de un chico de 11 años que vive “en las nubes”; así, por cierto, se ha traducido el título original, The daydreamer, que llega ahora en español una década después.

Nunca hay que creer en las contratapas y la de este libro dice que es “el mejor McEwan”. Firmado por The New York Times, nada menos (se podría hacer una antología de declaraciones pomposas, una especie de canon del absurdo referido a libros olvidados que han aparecido en el matutino de Manhattan). La frase, dedicada al autor de Expiación y El placer del viajero, resulta en esta ocasión bastante desproporcionada.

En las nubes es un librito simpático pero algo artificioso. Tiene un puñado de momentos entrañables, como cuando el protagonista, Peter Fortune, se despierta un día convertido en adulto y se enamora. “Peter sintió otra vez la opresión en el estómago. Era una sensación fría, de caída… Se juntaron más, y con el sonido de los animales que huían y el goteo del agua en los charcos, se besaron. Peter supo que, en todos los años de una niñez feliz, incluso en sus mejores momentos, como cuando había jugado con La Banda de la Playa en un anochecer de verano, nunca había hecho nada mejor, nada tan emocionante y extraño como besar a Gwendoline en el túnel del ferrocarril”.

Otro capítulo que disfrutarán sobre todo los amantes de los gatos es aquel en que el muchacho se encarna en su viejo felino William y sale a pasear de noche, sintiendo el placer de la experiencia animal. La mirada del niño sobre el gato es honesta, sencilla, divertida, de igual forma que su hastío por ir al colegio y levantarse en las mañanas frías, pero otras veces Peter parece demasiado “inteligente”, demasiado consciente de su talento para inventar historias.

Hay algo que no atrae en el carácter del protagonista. Tiene algunas costumbres neuróticas (le habla a las muñecas de su hermana menor) y el poder de su imaginación está sobrevalorado, en especial considerando que la literaria idea de que al crecer se pierde un mundo de sueños resulta aquí un tanto machacona, aparte de trillada. En las nubes, antes que una novela para niños, es la novela de un adulto que quiere recordar lo que era ser un muchacho de pantalón corto. En ese sentido parece más apropiado para los padres que para los hijos.

Nota aparte merece la traducción, colmada de modismos españoles. En solo cinco líneas, para tener una idea, se ven expresiones como majara, camorra, borrego y ¿te enteras?, todas difícilmente asimilables para un chico de 10 años.