No hay que complicarse mucho para definir cuál será el momento mediático de 2019. Ya se produjo. La enorme locura desatada por Avengers: Endgame, a fines de abril, fue mucho más que funciones agotadas, gente disfrazada, millones de posteos, guerra de spoilers y arcas repletas de dinero para Disney. En rigor, se trató de un severo sacudón para la industria, uno que traerá serias consecuencias.

  • 10 mayo, 2019

El 26 de abril pasado, James Cameron finalizó la filmación de Avatar 2 y tomó un respiro antes de sumergirse en año y medio más en post producción. Al mismo tiempo, Steven Spielberg continuó con los ensayos de su remake de Amor sin barreras; mientras, Francis Coppola preparaba la presentación de un nuevo corte de Apocalypse Now en el Tribeca Film Festival, Woody Allen continuaba la búsqueda de un editor para su libro de memorias, Wes Anderson se tomaba unos días tras finalizar el rodaje de The French Dispatch, Scorsese seguía monitoreando los complejos efectos especiales para The Irishman, Almodóvar iba ultimando los detalles para el estreno europeo de Dolor y Gloria, y Quentin Tarantino figuraba encerrado, trabajando para llegar a tiempo con Érase una vez en Hollywood a la próxima edición del Festival de Cannes.

Pero la atención del mundo audiovisual –qué va, la atención de millones en el mundo entero– estaba puesta en otra parte. En una sola cosa. Ese día, a las 10.20 AM, yo figuraba junto a una horda de gente entrando a la función matinal de Avengers: Endgame; listo para salir de dudas y ser testigo del último capítulo –la película número 22– de la saga Marvel; once años de exitosas producciones orientadas en esta dirección, decenas de actores involucrados, billones y billones de recaudación y redes sociales colapsadas en pos de un único objetivo. Presenciar el final. Al fin. Nueve de cada diez tickets cortados en los principales mercados cinematográficos del mundo –y también en nuestro minúsculo circuito local– correspondieron a Avengers. 1,2 billones de dólares en ganancias en tres días. Cifras récords de preventa y de asistencia. Dominación total. Global. Y ahí radica el problema.

En medio de los aplausos, los gritos y las lágrimas de la fanaticada, las cuentas alegres de los ejecutivos y los turnos de casi 24 horas en los cines, hay algo muy inquietante en esta “vuelta de la victoria” de Marvel Studios y su compañía madre, Disney. Nadie cuestiona lo increíble del logro ni su logística ni su extraordinaria fidelización de audiencias; pero considerando que cinco de las diez películas más vistas ese fin de semana emanaron de la misma casa productora, y que una de ella acaparó el 90% de la taquilla, es como si hubiesen corrido la carrera solos. Como si el resto de la competencia hubiera sido borrada del mapa, convertida en partículas que se disuelven en el viento, igual que los héroes eliminados por Thanos al final de Infinity War, dejando un solo titán en pie: Disney.

Una trama perfecta

Como toma de poder e historia de negocios, es fascinante. En poco más de quince años, la compañía del ratón se ha posicionado como un gigante sin igual en la industria del audiovisual. Aparte de Walt Disney Pictures, posee ESPN, el canal ABC, los estudios Walt Disney Animation, Pixar, Marvel, Lucasfilm y hace unos meses completó, por fin, la adquisición de la joya de la corona: 20th Century Fox, sus franquicias y, por cierto, su catálogo.

Tal como en las películas de los Avengers, ese poderoso conjunto de marcas ahora se unirá para enfrentar al que hoy parece su principal enemigo, Netflix. El asalto se llevará a cabo en los últimos meses del año, cuando se dé el vamos a Disney +, el servicio de streaming del holding. El choque se anticipa gigantesco, pero de la misma forma que ocurre en los filmes, entre tanta batalla uno tiende a pensar qué será del espectador y los creadores atrapados en medio del fuego cruzado; porque, sinceramente, ¿les gustaría que sea una sola compañía la que imponga los contenidos de lo que verán en los cines y en sus smart TVs?

Parece que hacia allá vamos. Un botón de muestra: a fines de febrero pasado, cuando la adquisición de 20th Century Fox estaba a punto de cerrarse, la revista The Hollywood Reporter publicó una exclusiva conversación con el arquitecto de ese deal: Alan F. Horn, y el tipo fue enfático. “Con Fox podremos hacer películas a las que ahora tendría que negarme. Por ejemplo, Bohemian Rhapsody. Es un filme exitoso, pero imposible de hacer con Disney porque sus personajes fuman (…). La audiencia de un filme de Disney tal vez no sepa por anticipado qué saldrá en sus películas, pero tienen muy claro lo que no aparecerá en ellas”.

A propósito, ¿qué fue de las producciones para audiencias adultas que solía impulsar FOX 2000?  Nada. Hace unas semanas, ese brazo indie de la compañía fue cerrado. ¿Y de los títulos clásicos que no calcen con los criterios de la empresa madre? Nadie sabe, aunque tal vez salgan silenciosamente de circulación. ¿Y de Los Simpson? Continuarán, de seguro; pero no creo que se burlen de Disney con la misma libertad que se reían de Fox.

Las buenas y las malas noticias

Todo eso es la punta del iceberg. Hay muchas otras consecuencias de tamaña dominancia sobre el mercado de la imagen, que afectan tanto al usuario como al propio medio audiovisual.

-Los servicios de streaming se segmentarán. Hasta el infinito (y más allá). Si usted pensaba que al suscribirse a Netflix solucionaba por fin el dilema de la entretención casera, lo siento mucho. Cuando Disney + asome la cabeza (y después de ella aparezcan los servicios de Warner, Sony Columbia y otros), todo el material de esa compañía desaparecerá gradualmente de su app. De hecho, Netflix tuvo que pagar 100 millones de dólares a Warner con tal de conservar la serie Friends en su catálogo hasta fines de 2019. Pronto, la gran N roja solo tendrá material propio y unos cuantos programas menores. No diga que no le avisaron.

-Más filmes de superhéroes, más franquicias, más secuelas. Si un modelo es exitoso, si la gente compra sin parar, ¿para qué cambiarlo? Bajo la conducción de Bob Iger y Alan Horn, Disney ha reforzado su política de fortalecer y expandir marcas prestigiosas. Sin embargo:

– La fórmula Marvel no parece replicable. Por más que los estudios hayan intentado seguir los pasos de los Avengers, la cosa no resulta. Warner intentó crear su Liga de la Justicia, solo para ver cómo Batman y Superman quedaban reducidos a oscura parodia y material para trolls digitales.

-Disney no es invulnerable. El inmenso éxito de Marvel Studios tiende a esconder que no todas las estrategias de la gran D resultan: después de alcanzar la madurez creativa con Ratatouille (2007), Wall-E (2008) y UP (2009), los únicos triunfos artísticos de Pixar en esta década han sido Intensa Mente (2015) y Coco (2018), pero buena parte de su suerte dependerá de cómo funcione Toy Story 4 (programada para el 20 de junio). Algo similar ocurre con Star Wars, que a pesar de ser adquirida con gran pompa en 2012 y romper récords con Episodio VII, en 2015, se encuentra en medio de una guerra entre los productores.

-El factor “Dumbo”. Quizás la movida más arriesgada de Disney sea la de versionar sus viejos clásicos animados con la técnica del motion capture, usando una densa mezcla de actores y animación digital. Lo mejor que ha salido de ahí es Maléfica (2014) y El libro de la selva (2016). Entre lo peor, el reciente Dumbo de Tim Burton (ignorado en cartelera) y, por ahora, nadie tiene sus fichas puestas en Aladdin, con Will Smith. Mientras se espera el estreno de El rey león (17 de julio), hay varios que ya están pensando si acaso el mercado no se saturó con tanto remake.

-Consumo masivo en una era fragmentada. Si Endgame ha causado tanta conmoción mediática es porque se trata de un fenómeno global en una era donde lo único realmente masivo parecen ser las olas de posteos en las redes. Es interesante que la película se haya estrenado el mismo fin de semana en que HBO programó la batalla de Winterfell, el episodio más esperado de la última temporada de Game of Thrones. La locura en las redes fue similar a la generada por Avengers, salvo por un importante detalle: se produjo en vivo y en tiempo real. Thanos, Iron Man y compañía, en tanto, han conseguido mantener el momentum durante más días, pero ¿habrá en el futuro próximo algo que nos consuma con esa misma intensidad?