“René Olivares es uno de Los Jaivas. No hay Jaivas sin René Olivares ni René Olivares sin Jaivas. René es el Jaiva de rostro incógnito y casi nada conocido por seguidoras y seguidores. Sin embargo, su presencia pictórica y estelar persiste en la conciencia de los que gustan de nuestra música”. El que habla es […]

  • 9 agosto, 2013

Rene Olivares

“René Olivares es uno de Los Jaivas. No hay Jaivas sin René Olivares ni René Olivares sin Jaivas. René es el Jaiva de rostro incógnito y casi nada conocido por seguidoras y seguidores. Sin embargo, su presencia pictórica y estelar persiste en la conciencia de los que gustan de nuestra música”.

El que habla es un orgulloso Eduardo Parra. Orgulloso de tener entre los suyos a este artista, autor exclusivo de las carátulas de sus discos, pero por sobre todo testigo silencioso de los 50 años que cumple la agrupación. Porque René Olivares es uno más. Y como sexto Jaiva, está instalado en Santiago desde principios de año, preparando las dos exposiciones que se realizan en el Museo Nacional de Bellas Artes: “Los Jaivas Medio Siglo” y “Cinco Décadas de Rock Chileno”.

Un lugar destacado en el hall central de la exhibición fue destinado a montar una galería con las más de 20 carátulas que contiene la discografía de la banda, y además mostrar una selección de óleos, dibujos y acuarelas que Olivares ha realizado en forma paralela. También estará allí el llamado “atelier”: lugar donde se ubica un atril con una tela en blanco que hace uso René, mientras a un costado está un piano de cola que tocan de manera espontánea Claudio o Eduardo Parra. La idea es que el público que visite la muestra vea el método de trabajo tanto del pintor como de los músicos a la hora de crear en conjunto, tal como lo hacían cuando vivían en comunidad.

Una historia

La historia “providencial” de René con el grupo comienza el año 1972. “Providencial porque fue en Providencia”, cuenta hoy con humor y emoción, sentado en una de las bancas del museo días antes de que se abra la muestra.

“No hace mucho había llegado junto a mi familia de un largo periplo por Europa, donde viví en una Combi pintada con flores, al estilo de la Revolución de 1968. Entonces conocí al Gato Alquinta, quien me comentó que estaba escribiendo Indio Hermano. Yo le dije que trabajaba en un pintura que llevaba la imagen de un indio con un sol en las manos emergiendo detrás de las montañas, así que partimos raudos a mi taller a verla. Le gustó de inmediato. Luego se la mostramos a Mario Mutis y a los hermanos Gabriel, Eduardo y Claudio Parra, quienes decidieron que el indio de mi pintura sería la carátula del disco. Gracias a esta coincidencia, trabamos una amistad incondicional que luego se convertiría en un camino en el que arte y existencia se hermanan”.

El cuadro original, en todo caso, fue robado de una galería en París en la década de los 90. El grupo no pierde la esperanza de recuperarlo.

Topaze, Pepo y Marcela Paz

Hoy es bisabuelo. Sus hijos y nietos viven en Suecia, Francia y Chile, lo que permite que su espíritu inquieto pueda lograr paz gracias al constante movimiento. Cuenta que jamás ha sido capaz de comprar un pasaje de avión, que los aspectos prácticos de la vida cotidiana no son su fuerte. En un principio Gabriel hacia el trámite, después fue el turno del Gato, y luego de Claudio. También su señora o sus hijos se preocupan de los detalles mundanos, mientras su mente vive en una dimensión poética y espiritual. Según Claudio Parra, es de otro mundo.

Desde pequeño corre por las venas de René una sensibilidad artística y una mirada crítica al mundo que lo rodea. Su madre, Laura Espínola –quien acaba de cumplir 90 años–, es pintora, y su papá, René Olivares Becerra, fue director de la revista Topaze. Y así creció; en medio de la reunión de pauta que su padre hacía en su casa con el equipo de periodistas y dibujantes, o visitando a Pepo, quien dibujaba su Condorito un piso más arriba de la oficina de Olivares papá.

A los doce años, el niño René ya ocupaba la mesa de dibujo de la revista Pandilla que dirigía Marcela Paz. Recuerda la edad exacta porque la autora de Papelucho lo obligaba a firmar: René Olivares /12 años.

Ya más adulto y tras haber desertado del colegio, vivió pintando en Roma, Madrid, Barcelona, Canarias, París y Rapa Nui. Ahí, en la isla, vivió el golpe de Estado, el que naturalmente le marcó la existencia. En el ámbito personal sufrió la muerte de su tío Augusto Olivares, entonces director de Televisión Nacional, y en el área profesional, el álbum El Indio, que estaba listo para debutar, quedó guardado en una bodega.

De vuelta en Santiago y con Los Jaivas radicados en Argentina, Gabriel Parra lo visitó para proponerle que se fuera a vivir con ellos. Y partió, junto a su hijo de 7 años, a esta aventura que tuvo fecha de inicio, pero no de término.

Durante más de una década, vivieron en comunidad en distintas ciudades de América Latina y Europa, donde René –además de pintar–, tenía la tarea de ser el copiloto oficial de Gabriel, pues velaba para que no se quedara dormido al volante. También ayudaba en el montaje de los instrumentos y estaba a cargo de varias tareas domésticas.

Cuando partieron a Europa, eran más de 20 personas, entre niños y adultos. En un principio fueron pobres como ratas, realizando dos o más presentaciones al día para poder subsistir. De a poco se empezaron a consolidar y hacer giras. Parte de Los Jaivas regresó a Chile a mediados de los 80, pero René se quedó en París porque se había casado con una francesa y deseaba seguir con su vida de pintor y escenógrafo de la joven compañía Aleph, a cargo de Óscar Castro.

“Cuando estás lejos de Chile, pierdes esos mensajes tan profundos que te manda la naturaleza a través de los temblores que afectan a nuestro país. Aquí se vive un espíritu apocalíptico positivo que nos hace mucho más humildes y solidarios”, señala hoy, en pleno centro de Santiago. Movimientos telúricos que también son parte del mensaje que recrea en sus trabajos. Desde sus primeros años como artista, plasmó en su pintura especiales viajes por territorios de la imaginación, recorridos que lo hicieron rodearse de universos secretos.

“Mi trabajo como pintor responde más que todo a un en-sueño casi milenario que defino como sur-realismo, que muestra una cultura alter-nativa”, señala este hombre amante de los juegos de palabras.

“Este acontecimiento en el Bellas Artes me ha permitido re-juvenecer. ¡Imagínate que ahora estoy viviendo de nuevo con mi mamá! La verdad es que a pesar de que están mis pinturas expuestas, no se trata la muestra de una etapa de mi vida o del grupo. Esto es un compromiso hacia el futuro, porque aún hay mucho camino por recorrer”, comenta. Por lo pronto, cuenta que está liderando la realización de un libro histórico eminentemente gráfico de Los Jaivas que aún no tiene fecha de publicación y que, como documento histórico, relata hitos y anécdotas que marcan la historia de la banda.

Le pedimos que adelante una. Él accede. Cuenta que para el disco Cuecas estaban todos viviendo en Francia, y René estaba frustrado porque no quería usar los colores de la bandera chilena por ser los mismos que los de ese país. Cuando llegó a la solución, llamó a Los Jaivas. Les contó emocionado que los colores patrios eran naranjo, negro y gris, los colores de Condorito. Sacó aplausos y Los Jaivas posaron felices para ser caricaturizados.

Registro de la eterna juventud

“Mi juventud fue una generación contestataria, anti conformista, y ésa ha sido mi eterna adolescencia espiritual. Me siento un rock-mántico y seguiré considerándome un incomprendido de la sociedad mientras el materialismo siga gobernando la vida social”, enfatiza el artista de alma joven, que con cierto temor se expone a la admiración de una fanaticada de tres generaciones.•••