La regulación debe esforzarse en proteger a los ahorrantes pequeños. Sobre los demás… grandecitos están para los cuentos de Madoff.

  • 22 diciembre, 2008

 

La regulación debe esforzarse en proteger a los ahorrantes pequeños. Sobre los demás… grandecitos están para los cuentos de Madoff. Por Juan Foxley Rioseco.

La estafa piramidal de Madoff llama la atención no solo por los montos. En dólares de similar valor es 312 veces superior a lo robado por Carlo Ponzi con el pionero cuento de las estampillas en los años 20. La estafa sorprende también por las partes involucradas.

Primero, el regulador. Despertaba recién del sueño autorregulatorio y se encontraba ahora distraído en otros afanes, como torcerle la nariz a los precios prohibiendo la venta corta de acciones. Está claro que desatendió los indicios que ya tenía sobre captaciones truchas escondidas tras la fachada de un broker-dealer.

Las omisiones de la SEC nos recuerdan la falta de incentivos que enfrentan los reguladores para actuar preventivamente. Como los premios y castigos se estilan poco en funcionarios públicos, raras son las veces en que éstos logran reconocimiento en su gestión para evitar catástrofes. El aplauso se lo llevan a menudo los que salen tarde a cazar las brujas, no los que anónimamente evitan las desgracias con anticipación.

El lamentable resultado de esta lógica es un sinnúmero de pequeños inversionistas desprotegidos y desconfiados, pero también muchas veces inocentes contribuyentes que terminan pagando perdonazos a los frescos (¿recuerda quién financió a los que alcanzaron a arrancar de Inverlink? Sí pues…la CORFO).

Segundo, la estafa también sorprende cuando se observa la nómina de víctimas (aparte de Steven Spielberg). Del total de 74 depositantes conocidos hasta ahora, 22 corresponden a bancos y otros inversionistas “calificados”. Nadie diría… pequeños ingenuos engañados por “madame de los quesitos”. Ejemplo: Fairfield Greenwich, un fondo de fondos que cayó con 7.500 millones de dólares y que en su prospecto para captar platas enumera una batería impresionante de controles que supuestamente aplicaría en la selección de administradoras. Felizmente, sabemos de una mayoría de inversionistas institucionales serios –entre otros, los fondos de pensiones chilenos- que siguen reglas objetivas, lejos de vendedores flamboyantes y mal auditados. Así salvamos esta vez el daño sistémico.

Una de las lecciones más repetidas es quizá la peor aprendida en finanzas: nunca invierta en algo que no pueda explicárselo a un egresado de educación media. Al menos, saber y doble-chequear de dónde vienen los flujos que pagan los papeles. Ciertamente, la regulación debe reforzar la presión por la transparencia pública en la protección de los ahorrantes pequeños, los menos educados financieramente. Sobre los demás… grandecitos están para cuentos de quesitos.


El autor es profesor de la facultad de Economía y Negocios de la Universidad Alberto Hurtado.