Aunque renuncie a toda intervención, la impronta del gobierno de turno es tal, que se transforma en el gran plus para su candidato presidencial. La teoría indica que mientras más cerca del poder esté ese aspirante, mayor será el terreno ganado frente a sus adversarios. Por eso no es raro que los sucesores de Frei […]

  • 5 octubre, 2007

Aunque renuncie a toda intervención, la impronta del gobierno de turno es tal, que se transforma en el gran plus para su candidato presidencial. La teoría indica que mientras más cerca del poder esté ese aspirante, mayor será el terreno ganado frente a sus adversarios.

Por eso no es raro que los sucesores de Frei y Lagos hayan provenido de sus respectivos gabinetes, algo que difícilmente se repetirá en 2009. Cierto es que la carrera presidencial partió casi el mismo día en que asumió Bachelet, que la lista de aspirantes se completó de inmediato y que no es fácil competir contra Lagos o Insulza. Pero aun acogiendo esas atenuantes, la práctica del semillero tiene características atractivas para cualquier presidente: la posibilidad de perpetuar su estilo, entregar la banda a alguien con mayor compromiso de lealtad o aportar futuros candidatos. Para una administración que prometió renovación de caras, la incapacidad para colocar entre los presidenciables un representante de este cambio se vuelve más crítica. Y los que ganan espacio, como Osvaldo Andrade, obedecen más a una agenda propia.