El celebrado autor de La ciudad anterior (1991) habla de su próxima novela, que será una continuación de la ley natural, y analiza la nueva narrativa de la que fue protagonista, a 20 años de su inicio. Además critica el premio a Isabel Allende, matiza el Nobel a Vargas Llosa y sostiene que "la cultura digital en Chile encubre cierto analfabetismo".

  • 2 noviembre, 2010

 

El celebrado autor de La ciudad anterior (1991) habla de su próxima novela, que será una continuación de la ley natural, y analiza la nueva narrativa de la que fue protagonista, a 20 años de su inicio. Además critica el premio a Isabel Allende, matiza el Nobel a Vargas Llosa y sostiene que "la cultura digital en Chile encubre cierto analfabetismo". Por Marcelo Soto; Foto, Verónica Ortiz.

 

Como pocas veces, la publicación en 2004 de La ley natural, cuarta novela de Gonzalo Contreras, desató un guerrilla de declaraciones cruzadas en la crítica. Para Ignacio Valente se trataba de la mejor narración del autor, mientras que Juan Manuel Vial consideró que era una obra “compuesta, de capitán a paje, por retratos sin alma”. Arturo Fontaine, a propósito del libro, escribió: “el comienzo es directo, simple, convincente. Gonzalo Contreras tiene el don; logra desde la primera escena esa ‘suspensión de la incredulidad’ y el lector se entrega”.

La novela tuvo resultados decepcionantes para un autor que había vendido 40 mil ejemplares de su primera novela (La ciudad anterior) y 20 mil de la segunda (El nadador). Contreras inició una especie de silencio narrativo y desde entonces (salvo una elogiada recopilación de sus relatos) no ha vuelto a publicar.

Seis años después de esa experiencia, el autor santiaguino –que protagonizó en los 90 el fenómeno de la nueva narrativa chilena– sigue conviviendo en su cabeza con los personajes de La ley natural, una narración que mereció mejor suerte. Leída sin ánimos beligerantes, la novela conforma un relato atrayente y sofi sticado, que aborda temas complejos (la relación fi lial, la posibilidad del aborto, el desorden de las familias) desde perspectivas inusuales y provocativas.

Contreras piensa que si ciertos temas y personajes subsisten en la memoria de un escritor, significa entonces que hay una novela en camino. Por lo mismo, el narrador está trabajando en una especie de continuación de La ley natural. Obstinado como los creadores auténticos, el autor de El gran mal está decidido a insistir en los caracteres que dieron a vida a su última y cuestionada novela.

De eso y otras cosas –como los 20 años de la nueva narrativa, el premio a Isabel Allende y el Nobel a Vargas Llosa– hablamos con el escritor en su departamento de Providencia. En las paredes hay un par de cuadros de su amigo Eugenio Téllez y desde la ventana se observa una preciosa piscina, que sin embargo (y pese a haber sido deportista en su juventud) nunca usa. Sobre muebles y estantes aparecen libros de Vladimir Nabokov de manera desordenada y, consultado al respecto, el autor es tajante, como suele ser: “si a alguien no le gusta Nabokov es un idiota”.

Sobre críticos y editores

-¿Por qué decidiste escribir una especie de segunda parte de La ley natural, teniendo en cuenta que no tuvo una gran respuesta entre lectores y críticos?

Premio Nacional para Isabel Allende
“Nunca es bueno que un premio sea tan predecible. Tampoco es razonable que el premiado haga un lobby tan desvergonzado… dar 500 mil dólares para la reconstrucción… Lo bueno es que de ahora en adelante nos ahorramos esa discusión y vamos a pensar en escritores de verdad”.

-Lo que ocurre con esa novela es que tiene un final feliz, y me di cuenta de que los finales felices dejan demasiadas puertas abiertas. Es como que si terminaras una historia cuando los amantes se casan. Obviamente, la historia verdadera es qué pasó después de que se casaron… Los personajes no dejaron de interesarme una vez que hube terminado la novela. Hay una forma de saber cuándo una novela va, cuándo tiene sentido. Cuando una novela durante un año o más da vuelta en tu cabeza y no se te cae, es que esa novela va. O mejor dicho debe ir.

-Un tema importante de ese libro era la paternidad.

-Más bien, la filiación. Ese es un tema que en la primera novela se concluye, pero no es el más relevante en la segunda. Mi nueva novela debiera leerse de forma autónoma, es decir, sin que el lector haya leído necesariamente La ley natural. Si la filiación era clave en el primer libro, en el que escribo ahora lo importante son la sospecha y la duda.

-Es un tema recurrente en tu trabajo.

-Claro, ¿quién es realmente el otro? En el fondo uno nunca termina de saber o de tener certezas respecto de los aspectos más profundos del otro, y ese otro puede ser alguien que está contigo de manera íntima.

-En El nadador estaba esa sospecha brutal del protagonista de no saber quién era de verdad su mujer.

-El suponía que la conocía, pero al parecer no. Los personajes cambian, evolucionan. ¿Por qué cambian y en qué dirección evolucionan? Tal vez eso sea lo más interesante. Se vuelven seres autónomos, independientes de uno. Lo ideal sería que la otra persona fuera una especie de sombra mía, una sombra que yo proyecto, pero muchas veces esa sombra se desplaza. Esa sombra no es inmóvil, sino dinámica.

-Llevas más de un año trabajando con esta novela. ¿Cuál es tu estrategia para escribir? ¿Eres tan obsesivo como Donoso, que armaba esquemas y diagramas?

-Ese es el método Flaubert. Yo no soy así, para nada. Para mí en la novela hay un punto de partida, que habitualmente es una intuición. Más que una manera de información, la escritura la veo como un acto de averiguación. Y lo que me interesa es aquello que quiere ser contado, y esa es mi tarea. Si supiera exactamente lo que voy a escribir, sería una lata. En realidad lo interesante de la escritura ocurre con el hallazgo. Con aquello que no estaba en tus planes. Y es ahí cuando encuentras la pepita de oro. La sobre racionalización del acto creativo no es mi camino.

-Llama la atención la escasa repercusión que tuvo La ley natural. ¿Tienes alguna teoría al respecto?

-Mi editor, no la casa editorial, no fue muy favorable a la novela, nunca, me lo hizo saber de una manera muy desagradable. Era Germán Marín, y como no le tenía aprecio al libro no hizo lo necesario para que tuviera una mayor difusión. Esa podría ser una razón. El editor debiera ser un partner, pero en ese caso tuve una muy mala experiencia.

-¿Qué lección aprendiste?

-Ninguna, aparte de no querer ver nunca más a Germán Marín. Un editor, si es bueno, puede ser una gran ventaja. Pero si es malo, Dios te libre.

-¿Qué le desagradaba a Marín de tu novela?

-Creo que yo. Y eso no se podía arreglar (risas). Pero escribí el libro que quería escribir.

-A ti la crítica te ha tratado o muy bien o muy mal. ¿Qué papel le asignas?

-En general la crítica, actualmente, no influye en forma decisiva en el destino de un libro. Tanto si es buena o es mala, para las pocas ventas o las buenas ventas, su incidencia es muy marginal. Tengo una sensación de que en Chile se está leyendo muy poco. O peor: muy mal.

-¿A qué se debe?

-La gente, en vez de leer libros, gasta el tiempo en facebook. Hay 7 u 8 millones de suscriptores de facebook en Chile, que son gente de entre 20 y 35 años, principalmente. Y le dedican un promedio de dos horas diarias. Esas personas no leen libros. Chile se ha convertido en un país tremendamente digitalizado, probablemente mucho más que otros países en el continente. Pienso que la cultura digital de alguna forma puede estar encubriendo un cierto analfabetismo. Casi no quedan buenos lectores.

La nueva narrativa y Bolaño

-Cuando publicaste El gran mal (1999) se empezó a hablar de que la nueva narrativa era una burbuja que se había desvanecido. ¿Qué rescatas de ese fenómeno del que fuiste protagonista?

-Hay toda una generación de escritores de entre los 25 y 35 años que quieren negar la existencia de la nueva narrativa, cuando en realidad es un ejercicio que no tiene ningún sentido. Porque, se quiera o no, existió. Yo no digo que sea un movimiento, sino una especie de fenómeno cultural o social. Y no pasó sólo en Chile, sino también en España y en Argentina; los lectores de esos países se volcaron a las literaturas nacionales después de sus respectivas dictaduras. Eso obviamente tuvo un apogeo que no podía durar eternamente. Pero todos los escritores que estuvieron en ese momento han continuado escribiendo hasta el día de hoy. Prueba de ello es la nueva novela de Arturo Fontaine. Y esos escritores van a seguir escribiendo. La generación actual va a tener que acostumbrarse a eso, le guste o no.

-Hubo una época de fiesta con grandes lanzamientos, en que tiraban la casa por la ventana. Todo eso parece irreal comparado con la pobreza de hoy.

-El momento editorial era muy distinto al que se vive hoy. Nuestras primeras ediciones eran de 5 mil ejemplares actualmente son de mil quinientos, con suerte. La ciudad anterior vendió el primer año 36 mil ejemplares. Y tengo casi la seguridad de que no se va a volver a dar algo así y hay que acostumbrarse a eso, no queda más remedio. Los escritores que nos siguen no van a tener ese veranito que tuvimos nosotros.

-¿Crees que les tienen envidia?

La irrupción de Bolaño
“Yo tuve muchas conversaciones con Bolaño, y conversábamos de escritores chilenos y los odiaba a todos, salvo a mí. Por lo menos eso es lo que me dijo. Básicamente ese era el tema de Bolaño: los escritores chilenos. No tenía otro tema. Los detestaba a todos por igual”.

-Tal vez por eso quieren desahuciarla, enterrarla o declararla muerta.

-Conversando con Javier Cercas, decía que le pesó mucho el éxito de Soldados de Salamina, que la fama es una farsa. ¿Te afectó a ti la exposición?

-Sí, por supuesto. De alguna forma te descoloca. En el caso mío La ciudad anterior aparece junto con el primer premio de novela que daba El Mercurio y tuvo muchísima difusión. Y con el segundo libro también. Y yo llegué a tener la fantasía de que iba a vivir de mis derechos de autor. Fantasía que el tiempo se encargó de desmentir.

-¿Que libros rescatas de esa época?

-Mala onda, de Fuguet, Oír su voz, de Fontaine, Gente al acecho, de Collyer, Morir en Berlín, de Carlos Cerda.

-¿Ninguno de una mujer?

-No… Tendría que nombrar algún libro de la Serrano y no, por ningún motivo.

-Cuando se habla de la nueva narrativa siempre se especula sobre quién fue su cerebro. Se dice que Collyer tuvo un rol, que Ricardo Sabanes o Mariano Aguirre fueron claves.

-Collyer no. Es Sabanes. Fue él quien primero nos contacta, porque estaba muy al tanto de lo que había pasado en Argentina. El tenía la idea de que el fenómeno iba a ocurrir en Chile. Fue Sabanes quien armó la máquina.

-Algunos creen que la llegada de Bolaño fue una bomba que, de alguna manera, terminó de matar a la nueva narrativa. ¿Sentiste como una amenaza su aparición?

-No, para nada. Lo que produjo en escritores muy jóvenes fue una histeria, se llegó a una sobrevaloración de la escritura de Bolaño, como que todo lo que escribía era bueno y cada página que escribía era excelente, cuando mi impresión es que suele ser disparejo.

-¿Cómo fue tu relación con él?

– Yo tuve muchas conversaciones con Bolaño, y conversábamos de escritores chilenos y los odiaba a todos, salvo a mí (risas). Por lo menos eso es lo que me dijo. Básicamente ese era el tema de Bolaño: los escritores chilenos. No tenía otro tema. Los detestaba a todos por igual.

-¿Crees que se ha mitificado su figura, como un James Dean de las letras?

-Es duro lo que voy a decir, pero en arte el morir joven es un plus. Los premios y las sospechas

-¿Qué te parece el premio nacional para Isabel Allende? ¿Hay razones para tanta indignación de algunos intelectuales?

-En parte, sí. Nunca es bueno que un premio sea tan predecible. Tampoco es razonable que el premiado haga un lobby tan desvergonzado… dar 500 mil dólares para la reconstrucción.

-¿Crees que eso fue parte de su campaña?

-Absolutamente. Que diputados y ex presidentes hayan hecho campaña por ella, todo eso me pareció escandaloso. Por otro lado es bueno que se lo hayan dado, porque ya no se va a volver a hablar del tema. De aquí en adelante nos ahorramos esa discusión y vamos a pensar en escritores de verdad.

-¿No piensas que Isabel Allende tiene tantos méritos como otros ganadores? Volodia Teitelboim, por ejemplo.

-Yo me quedo con Volodia. Los primeros libros de Isabel Allende son un clon de García Marquez. Después ha escrito de todo: el zorro; libros infantiles, para saber si le pegaba al palo como la Rowling; los libros que ella supone literarios, como El plan infinito, son francamente malos. El libro que hizo sobre Inés de Suárez es mediocre. Si lo comparamos con el libro que escribió Jorge Guzmán sobre el mismo tema, es lejos muy superior el de Guzmán. Ella cambia de registro con tanta facilidad, que no sabes quién es realmente. Probablemente ahora escriba de vampiros, que están de moda.

-¿Y celebraste el Nobel a Vargas Llosa?

-Creo que lo de Vargas Llosa es una buena prueba de que no hace falta escribir demasiados buenos libros para ganarse un premio como el Nobel. El premio a Vargas Llosa se debe a La ciudad y los perros, Casa verde y Conversación en La Catedral. Obviamente, el Nobel no se lo dan por Los cuadernos de don Rigoberto o Las travesuras de la niña mala, que son libros muy, pero muy flojos.