Un sello español rescata la versión gráfica de La Ciudad Ausente, de Ricardo Piglia, notable ejemplo de la tradición fantástica argentina.

  • 10 julio, 2008

Un sello español rescata la versión gráfica de La Ciudad Ausente, de Ricardo Piglia, notable ejemplo de la tradición fantástica argentina. Por Marcelo Soto.

La figura de Macedonio Fernández (1874-1952) es una de las más enigmáticas y perdurables de la literatura argentina y su huella se advierte a lo largo de las páginas de la novela La ciudad ausente, de Ricardo Piglia, que acaba de ser reeditada en la magnífica versión gráfica que realizó Pablo de Santis con ilustraciones de Luis Scafati, hace ocho años.

Rescatada por el sello español Libros del Zorro Rojo, se trata de una adaptación de la novela original de 1992, donde el cruce de cómic y literatura alcanza una nueva estatura artística: a la punzante y corrosiva prosa de Piglia se suman los trazos expresivos de Scafati para recrear esta cumbre de la tradición fantástica trasandina, una de las más notables de la lengua.

La historia se desarrolla en una Buenos Aires en penumbras, al borde del colapso, con habitantes que caminan como autómatas; una visión de pesadilla que se adelantó a los sucesos de 2001 que convulsionaron a la ciudad. Piglia es capaz de ver el horror en las acciones más simples : “El ascensor era una jaula y el techo estaba lleno de inscripciones y grafitis. Se miró la cara en el espejo y le pareció que estaba atrapado en una telaraña”.

Junior, el protagonista, es un viejo reportero que sigue la pista de extraños sucesos que involucran a una máquina que inventa relatos como un dios de fierro; un científico de pasado borroso obsesionado con recuperar los restos perdidos de la memoria y un escritor cuya esposa ha muerto y que ve en el mencionado artilugio mecánico la posibilidad de recuperar la voz de la amada.

El relato, que trascurre en escenarios irreales y confusos, marcados por la violencia política, posee innumerables capas que nunca ven la luz, pues todos los caminos conducen a la locura, a la oscuridad, a la incomprensión.

“Añoramos un lenguaje más primitivo que el nuestro”, escribe el narrador. “Los antepasados hablan de una época en la que las palabras se extendían con la serenidad de la llanura. Era posible seguir el rumbo y vagar durante horas sin perder el sentido, porque el lenguaje no se bifurcaba y se expandía y se ramificaba, hasta convertirse en este río donde están todos los cauces y donde nadie puede vivir, porque nadie tiene patria. El insomnio es la gran enfermedad de la nación”.

En definitiva, La ciudad ausente busca esa utopía anterior a la historia, cuando el lenguaje, es decir el “yo”, no era “otro”, sino “uno”. Quienes duden de las posibilidades de la novela gráfica como expresión artística deberían acercarse a este volumen, que parece el viaje de una sonda hacia el abismo.