Por primera vez en Chile –en la galería Patricia Ready- se presenta una coleeción importante de obras de Eduardo Chillida, uno de los artistas esenciales del siglo XX. Aquí, su hijo Luis lo recuerda. POR M.S.

  • 7 octubre, 2011

 

Por primera vez en Chile –en la galería Patricia Ready- se presenta una coleeción importante de obras de Eduardo Chillida, uno de los artistas esenciales del siglo XX. Aquí, su hijo Luis lo recuerda. POR M.S.

Volúmenes de tierra, de formas rectangulares, macizos, consistentes, que no apelan a modelos ni a figuras sino que son una entidad, una totalidad, en sí mismos. De pronto, en medio de esa impenetrabilidad concreta aparecen un orificio, una línea, un espacio que llevan a otra parte. A un vacío interior que estaba escondido en la oscuridad y al que se accede de manera fortuita o quizá mágica. El ser y la nada de la materia.

Tales imágenes genera la obra hecha en tierra chamota de Eduardo Chillida (1924-2002), que forma parte de la muestra Reflexión-Materia, que se presenta en la galería Patricia Ready. Son 65 piezas que permiten acceder al universo creativo de uno de los mayores artistas del siglo XX. Uno de los pocos que marcan un antes y un después, cuyo trabajo no puede obviarse porque cambia el paradigma.

La tierra chamota –de su natal País Vasco- es sólo una de las materialidades que usó Chillida a lo largo de su prolífica carrera. Como explica Julio Niebla, uno de los curadores de la exposición, el artista “buscaba una especie de hermanamiento con la materia, a diferencia de otros escultores que tratan de doblegarla”. En vez de transformarla o torturarla, trataba de respetar su esencia, de encontrarla. Y así lo hizo cada vez que trabajó con hierro, granito, alabastro, piedra, papel. La misma pureza, que algunos han llamado austeridad, se observa en sus grabados.

“Aita –padre, en vasco- era muy reflexivo”, cuenta su hijo, Luis Chillida, quien tiene un asombroso parecido con el artista y un similar tono de voz, que hace de la experiencia de escucharlo algo realmente emocionante. “Él era un artista que enfatizaba la importancia de la mente. Trabajar en lo desconocido, buscando la densidad. La creación estaba ligada a un proceso mental. Por eso decía que todo arte es una suma de poesía y construcción”.

Como explica la crítica de arte Elisa Cárdenas, “sus avances rozaron el informalismo, el minimalismo, el land art y todos a la vez. El recordado artista puso en el ambiente y en la discusión los conceptos pronfundos de lo que hoy concebimos como Arte Público, llevado a territorios sociológicos y políticos, a realidades puntuales respecto a lo social, en la obra de artistas como Santiago Sierra o Alfredo Jaar, entre muchos otros”.

Nacido en San Sebastián, Chillida legó a su ciudad el famoso Peine de los Vientos, formado por tres grandes estructuras de acero que parecen nacer de las rocas donde rompen las olas. Desde allí surgen tres brazos entrelazados, que forman una especie de todo orgánico junto al mar, el viento y el cielo.

Allí, como en toda su obra, se aprecia la mirada del arquitecto, disciplina que estudió en su juventud, aunque la cambió por el dibujo, sin olvidarla nunca en su equipaje. Su hijo Luis recuerda: “cuando dejó la arquitectura y optó por el arte, trabajaba muy bien el dibujo. Era un prodigio, pero él pensaba que eso no podía ser arte. Era demasiado fácil para él. Simplemente dejar que su mano copiase las cosas. El arte tenía que ser algo más, pensaba. Por eso a los 22 años quemó todos los dibujos. Y él, que era diestro, empezó a dibujar con la mano izquierda. Llegó a ser muy hábil con las dos manos. Al final, era su cerebro el que dibujaba, no la mano”.

Luis continúa la semblanza del padre, casi como si lo tuviera al frente. “Sus obras tienen un aroma en común, pero son únicas. Es decir, hay un aspecto moral. La escultura era algo único y así debía mantenerse. No podía hacerse en series como hacían la mayoría de los escultores para vender sus obras y ganarse la vida. Pero había fuertes presiones de su galería en París, le exigían hacer obras en serie para venderlas. Mi padre no estaba de acuerdo. Finalmente, después de mucho discutir, aceptó que se hicieran copias en bronce. Fue el día más horrible de su vida, me confesó él mismo. Sentía que eran unas copias, no arte. Pero su agente en París le decía que de esa manera su arte podría llegar a más gente. “¿Por qué no multiplicamos los dueños, y no la obra?”, le contestó. Y el agente no entendió nada. Eso fue en los años 50 y a lo que se refería mi padre era a la obra pública, que hoy es tan extendida, pero que en ese tiempo no era nada habitual”.

Trabajo en espiral

Uno de los aspectos que descoloca al observar la obra de Chillida es su escala: una miniatura suya observada de cerca mantiene una presencia colosal. Al revés, sus obras más grandes nunca parecen fuera de lugar, como si estuviesen allí desde siempre, en medio del paisaje.

“Mi padre siempre desconfiaba de la pregunta, ¿qué es grande o pequeño?”, recuerda Luis. “Buscaba la escala. El tamaño, decía, era otra cosa. Si trabajas en hierro puedes llegar a hacer una obra de 600 toneladas, pero no más grande que eso. No hay máquinas capaces de trabajar con esas dimensiones. En cambio el hormigón puede ser más pesado, y permite hacer obras de mayor escala”.

Chillida, que era de esos artistas capaces de reflexionar sobre su obra con una elocuencia sencilla pero contundente, comparaba su trabajo con una espiral. “Cada paso, cada nivel se superpone, pero está en otro presente. Aunque sea la misma idea, es diferente. Estoy más arriba, en otro tiempo”, decía.

En la exposición chilena, que llevó 3 a 4 años preparar y que representa la primera muestra de envergadura de este artista fundamental, destacan las gravitaciones, que son trabajos en papel, tan delicados y elementales que parecen flotar en el aire. No irritan, no gritan; sólo aparecen con una impasibilidad que tiene mucho de armonía, de estar en contacto con el orden secreto de las cosas.

“Las gravitaciones son una cosa mágica”, afirma Luis. “Recuerdo que en esa época estaba haciendo collages, pero algo no funcionaba. Era la cola de pegamento lo que no le satisfacía. No le gustaba la manera en que al pegar los papeles se formaba en las junturas una masa sin espacio. El quería dejar el vacío entre los papeles. Entonces se le ocurrió unir los papeles con hilo, para así dejar los espacios a la vista. ‘¡Cómo vamos a comparar la cola con los espacios!’, exclamaba”, recuerda su hijo, riendo.
Luis Chillida también atesora un momento en que lo acompañó a una cantera donde sacaban granitos. Le mostraron las partículas perfectamente redondas, seleccionadas. Pero él no quería nada de eso. “¿Por qué no me llevas donde botaste los desperdicios?”, le pidió al trabajador, que quedó perplejo.

Consultado sobre la visión que tendría su padre acerca de obras contemporáneas como la de Demian Hirst –que exhibió un acuario de formol con un enorme tiburón blanco en su interior-, Luis responde: “a mi padre le hacía ilusión que en algunos museos pusieran sus obras en la sala de clásicos. Sobre la tecnología era cauto. ‘Un ordenador lo usaría sólo cuando me hiciera preguntas. ¿De qué me sirve algo que me da respuestas y no me hace preguntas?’. Ese arte que hoy abusa de la tecnología seguramente no le interesaría. Aunque es válido, todo arte es válido, pero no creo que le interesara”.

En un documental sobre Chillida, el escultor admite: “Yo hago cosas que no se sabe cómo hacerlas. Un hombre que estaba trabajando conmigo en una fundición de acero para hacer una de mis obras, me dijo que nunca había hecho nada parecido, que había sido muy difícil, pero que ‘la próxima vez nos saldrá perfecta. Yo le comenté: ‘Nunca nos va a salir igual, nunca vamos a hacer lo mismo”. El se quedó completamente intrigado. Le expliqué que la próxima vez también tendremos que aprender, todo de nuevo, porque vamos a hacer otra cosa, algo distinto”.

Chillida reflexión-materia se exhibe hasta fines de noviembre
en Galería Patricia Ready. Espoz 3125, Vitacura.