Jorge Edwards compone el evocador relato de una generación que apostó por el fuego de la poesía, pero terminó chamuscada por los incendios de la época. Por Marcelo Soto.

  • 13 junio, 2008

Jorge Edwards compone el evocador relato de una generación que apostó por el fuego de la poesía, pero terminó chamuscada por los incendios de la época. Por Marcelo Soto.

Puede que Internet haya democratizado la información, pero al mismo tiempo con la llegada de la red se ha perdido aquella faceta iniciática del intercambio de datos, esa costumbre, tan típica de la adolescencia y la primera juventud, de compartir códigos, nombres, descubrimientos, con un grupo de amigos, de elegidos. Antes de las bibliotecas y enciclopedias virtuales, antes de las descargas gratuitas de discografías enteras, había ciertos músicos o autores cuyo
conocimiento era el privilegio de unos pocos, de un puñado de tipos aventajados.

Tal nostalgia por una época en que haber leído a Rimbaud o conocer a los compositores contemporáneos era un signo de distinción, de estar a tono con los tiempos, años luz por delante de las masas, tiñe de manera crepuscular la primera parte de La Casa de Dostoievsky, la nueva novela de Jorge Edwards, ganadora del último Premio Planeta-Casa de América.

Inspirada libremente en la figura de Enrique Lihn, pero también en otros autores de la generación del 50, la novela repasa la vida de “el Poeta”, personaje mítico, incomparable, carismático y brillante, lo mismo que bohemio, desastrado e iconoclasta, desde sus tiempos de joven promesa de la lírica chilena, vagando por el Forestal o fumando opio en un antro de Bandera, hasta su muerte en un país fúnebre y autoritario, donde la sensación de derrota domina el panorama.

Entre esos dos extremos, que son las dos caras de la moneda, aparece en París, que era una fiesta y La Habana con sus delirios alcohólicos y revolucionarios. En Cuba, el protagonista, cuyo nombre no conocemos, sobrevive al castrismo y es testigo de primera fila del vergonzoso caso Padilla. De vuelta en Chile, experimenta el absurdo y la violencia de los años de la Unidad Popular y luego el oscurantismo del régimen de Pinochet.

En resumidas cuentas, el Poeta tuvo grandes amores y vivió aventuras memorables, fue admirado y conoció los rigores de la fama (en algún momento lo tildan de pedófilo), pero nunca salió del “horroroso Chile”, nunca dejó la casa de Dostoievsky, una destartalada e inmunda mansión del centro de Santiago donde pasó la juventud junto a una pandilla de artistas impresentables.

El desenlace no tiene segundas oportunidades. Así lo describe Edwards: “Había viajado siempre alrededor de sí mismo (alrededor de su ombligo, diría alguno de los criticones de turno), y a pesar de eso se había extraviado (o, quizá, precisamente, a causa de eso). No había tenido país, no había tenido casa, mujer, hijos, no había tenido nada”.

Sería interesante leer esta novela como el complemento, o el lado B, de Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño. Ambos libros, con tonos muy diversos, casi opuestos, recorren esa corriente subterránea de la poesía chilena, “el río invisible”, del que hablaba Neruda y que en el caso de Edwards le sirve al autor para dar forma a un relato que crece y alcanza vuelo, mientras sus protagonistas chocan con el asfalto.