• 20 abril, 2007

Cuando la política está tan devaluada que al fi nal importa un bledo, es que estamos en problemas.
Por Héctor Soto

Dicen que un fantasma recorre Chile. Sería el de la farándula.
Porque efectivamente nunca hemos sabido tanto de las Fieras y las Marlenes, nunca fuimos tan expertos en siliconas y botox y nunca los temas íntimos de la gente del mundo del espectáculo fueron parte tan sustantiva de la conversación nacional. Todo eso es cierto, pero ¿y qué?
La pregunta es válida porque, por otro lado, posiblemente nunca antes la farándula fue más irrelevante que ahora. No tiene peso, no dura y todavía no acaba de desplegarse cuando ya está superada. Se disipa como el humo de un cigarrillo y tras sí solo queda el olvido. Que el rating de la televisión la compre con entusiasmo y convicción no signifi ca mucho. Al revés, signifi ca poco y de lo único que habla el fenómeno es de la decisión de los canales de perder relevancia y poder. Que nadie rasgue vestiduras: siempre fue más fácil ser comparsa que protagonista.
Cuando se dice que el virus de la farándula también está contaminando a la política, a lo mejor también se está diciendo algo que es cierto. Pero no porque los políticos anden ventilando ahora sus problemas de alcoba en público sino más bien por la intrascendencia de lo que digan, omitan o puedan hacer. El gran riesgo de la política es que al fi nal importe menos que un comino y no sirva ni para cortar ni para pinchar.
Las declaraciones de la presidenta sobre lo que le dijo su instinto en vísperas de la decisión de la puesta en marcha del Transantiago son eso: anécdota, fruslería, comidillo. Anécdota perturbadora, claro, si se tiene en cuenta que el supuesto rigor técnico de las políticas públicas en Chile está expuesto a la lógica de la corazonada o el animismo, que en este caso al menos habría librado al gobierno de un error de proporciones.
¿Está interesada la presidenta en degradar el nivel de la política y de las decisiones gubernativas? Por cierto que no. ¿Cambian en algo estas declaraciones los padecimientos que se han llevado millones de santiaguinos con la incompetencia gubernativa en materia de transporte público? No, no cambian nada. Entonces, ¿por qué, para qué? Misterio.
Al reivindicar su instinto, su sexto sentido o sus percepciones gnósticas del acontecer, lo que en realidad la presidenta quiere es atenuar su responsabilidad personal y la de su gobierno en un despropósito gigantesco. Pero lo que consigue es devaluar un proceso de toma de decisiones que la ciudadanía suponía que era serio, que estaba bien fundamentado en sus motivaciones y era responsable en sus consecuencias. “Algo” le dijo a la mandataria que no era así pero, en vez de encargar un estudio acabado o de exigir a su equipo clarifi caciones concluyentes sobre los aspectos que le merecían dudas, hizo
de tripas corazón y le dio el vamos. Que sea lo que Dios quiera y que todo salga bien. El problema es que “salió” mal, tal como “salen” picadas las manzanas cuando las sacamos del cartucho en que las envolvió con especial destreza minutos antes el vendedor.
Chile tiene cada vez menos razones objetivas para quejarse del desprestigio de la política y de los políticos si hasta el propio gobierno se deja arrastrar a las arenas movedizas de la tincada y la temeridad.
Por lo mismo, son cada vez menos convincentes los lamentos y gimoteos que se escuchan en este sector sobre los espacios que ha ido perdiendo la acción política, sea en benefi cio de la tecnocracia económica, capaz de oponer la racionalidad de las cifras a las puras emociones, o bajo las pulsiones e inercias de las máquinas de poder, que manejan como nadie el discurso de hacer las cosas como siempre se han hecho, esto es, a la diabla. Es cierto que bastante de esto ha ocurrido. El problema está en que el fenómeno es más el efecto que la causa de la propia autodeserción de la política como instancia orientadora de los rumbos de la sociedad.
La presidenta tuvo una corazonada y, lamentablemente en este caso, la desestimó. Peor que eso, le aseguraron que el plan estaba bien pensado y que faltaban solo detalles que se irían arreglando en el camino. Todavía no sabemos quién se lo aseguró ni quién le pintó el cuadro de color de rosa. Lo más probable es que los responsables sigan trabajando en el aparato público y nuevamente la hayan sacado barata. Entre otras cosas porque en Chile desde hace mucho tiempo el mundo de la política corre disociado del concepto de la responsabilidad. Y vaya que corre.