El escritor más popular del mundo vuelve con una novela que aborda el asesinato de Kennedy en 1963. Pero no sólo eso. Como nadie, Stephen King registra la rabia y los afectos del norteamericano medio; también, la nostalgia y cómo las pequeñas vidas habitan –y pueden cambiar– la historia: los verdaderos motivos de su obra

  • 26 abril, 2012

El escritor más popular del mundo vuelve con una novela que aborda el asesinato de Kennedy en 1963. Pero no sólo eso. Como nadie, Stephen King registra la rabia y los afectos del norteamericano medio; también, la nostalgia y cómo las pequeñas vidas habitan –y pueden cambiar– la historia: los verdaderos motivos de su obra. Por Francisco Ortega

 

 

 

Primero los datos duros. Los que no hay que olvidar. Stephen King es un bestsellerista. Esa es su cancha, son las reglas y los números en los cuales se mueve su carrera. De acuerdo a la revista Forbes sus ingresos durante 2011 fueron de 48 millones de dólares, lo que lo ubica por encima de cualquier otro colega suyo, incluidas estrellas como J.K.Rowling y Dan Brown, que tal vez hoy vendan más pero están muy por debajo de las cifras totales del “rey”.

Un sitial imbatible que se ha mantenido desde 1973, cuando dejó de ser un profesor de literatura de Maine para convertirse en el monarca de las ediciones de tapas blandas y de los miedos populares del llamado ciudadano americano medio. Desde entonces ha firmado 33 libros con su nombre real y otros 8 con el seudónimo de Richard Bachman; ha vendido más de 350 millones de ejemplares e inspirado 54 adaptaciones cinematográficas. A la hora de hacer matemáticas, el saldo de King es más que positivo, convirtiéndolo en uno de los nombres más poderosos de la industria del entertainment estadounidense, a la par con nombres como Steven Spielberg o Bruce Springsteen, por nombrar sólo algunos de los más conocidos.

Y aunque con tal aritmética a favor uno podría pensar que su presente y futuro están más que solucionados, lo cierto es que muy poco ha cambiado desde el King profesor alcohólico y sobreendeudado de inicios de los setenta al actual magnate de las letras. Los millones no le han servido para superar una depresión crónica, ni para abandonar su ciudad de origen; menos, su gusto por el béisbol dominical, las motos y el rock pesado. En la superficie pareciera que todo lo que toca es oro, pero su figura y personalidad resultan harto más complejas. Son sus obras y fijaciones las que mejor sirven a la hora de hacer un retrato.

Es verdad, lo subrayamos al principio: Stephen King es un bestsellerista; pero también una anomalía en su género. La calidad del autor de Misery está muy por encima de la de sus colegas superventas; ponerlo a la par de un Tom Clancy o de un John Grisham es un atentado al buen gusto. Prolífico e hipertrofiado, su ambición, que puede ser su gran virtud, es también lo que suele jugarle en contra al momento de asaltar críticamente su obra.

Entre sus 33 libros hay harto material desechable, pero también un puñado de obras que está entre lo mejor que ha parido la narrativa norteamericana en el último medio siglo; por encima de vacas sagradas como Richard Ford o Paul Auster, tal como sentenció una provocativa editorial de la Revista de Libros del New York Times con motivo del lanzamiento de La Cúpula, hace un par de años. El articulista no sólo enlistaba las virtudes del autor, sino que lo ponía a la par de Mark Twain, Herman Melville y Charles Dickens, sosteniendo que It (Eso era lo más cercano a la “gran novela americana” desde Moby Dick. Algo que, aunque duela a los fanáticos de las traducciones de Anagrama, es más que cierto. It (Eso), su obra maestra, es a estas alturas un clásico que debiera leerse en los colegios, una novela sobre crecer y aprender a creer; sobre ser hombre y no poder escapar de las deudas de la infancia.

King hace rato que dejó de ser un contador de relatos de espanto, el heredero natural de Poe y Lovecraft (que lo es), y se transformó en el narrador más exquisito del lado folclórico del ciudadano norteamericano medio, ese que no vive en Nueva York, Los Angeles ni Chicago; ese que es normal y por lo mismo extraordinario, dualidad que el autor de Christine ha entendido desde que publicó su primera novela, Carrie, en 1974.

Canciones pop
En los próximos días llega a librerías locales 22/11/63, la última novela del llamado profeta de Maine, y es significativo que lo haga en las mismas fechas en que aparece Breaking ball, el reciente disco de Bruce Springsteen, a quien citamos en los párrafos anteriores. La comparación no es gratuita. Con “El Jefe”, King no solo comparte una larga amistad sino una moral común e igual cantidad de prejuicios. Superficialmente puede parecer un rockero con moral de camionero, autor de supuestos himnos patrióticos (Born in the USA), pero la verdad es que Springsteen nada en una piscina bastante alejada de esos conceptos.

 

Su obra nunca ha sido patriótica, sino todo lo contrario: un registro a veces rabioso, a veces triste, sobre cómo el sueño norteamericano nunca se ha cumplido para la clase media del gran país del norte. Tanto Springsteen como King son hijos de la provincia, están lejos de las metrópolis. Lo que les importa son las vidas, las ideas, los personajes, el día tras día sin hacer nada, la apatía y ese resentimiento que es la base de cualquier movimiento social. Las casas viejas, las Biblias en las mesas de centro, los discos rayados, el polvo que se junta en las habitaciones, son parte de su escenario natural.

Springsteen con canciones, King con horrores y terrores, han dibujado el retrato más lúcido del lado sucio y descompuesto de los Estados Unidos desde las pinturas de Hopper y Grant Wood y los primeros relatos de John Cheever. Como ellos, King (y también Springsteen) ha entendido que el tedio de ese mundo puede ser hermoso e incluso poético, porque habla de personas tan comunes como un cuaderno de matemáticas, cuyo letargo es sacudido (en la literatura kingniana) por un elemento desconocido, a menudo –pero no siempre– sobrenatural.

Una historia americana

El 22 de noviembre de 1963, Stephen King acababa de cumplir los 16 años y su vida en Portland, Maine, se resumía a fumar a escondidas, leer historietas de terror de la EC Comics, escribir relatos de espanto y pornografía para sus compañeros de clases; escuchar música y acompañar cada domingo por la mañana a su madre a la escuela dominical de la iglesia metodista, donde era un activo participante entre los jóvenes de la congregación: “más que nada, porque me interesaba mucho el estudio de la Biblia”, describiría años más tarde en la presentación de Mientras escribo, su brillante ensayo, autobiografía y taller de narrativa publicado en 2000.

Ese día la clase de literatura inglesa fue interrumpida por una noticia que dejó a todos los presentes en blanco: en Dallas, Texas, acababan de asesinar al presidente Kennedy. La historia republicana de los Estados Unidos recibía un puñetazo directo a la cara, golpe que con los años se traduciría en una puñalada que abrió el corazón de la nación y que, según el propio escritor, nunca se cerró. Tal vez es mito, tal vez es historia imaginaria, pero el caso es que el futuro autor –según ha contado- llegó a casa esa noche y escribió en un cuaderno “cómo evitar que asesinen al presidente”, premisa que 49 años más tarde acabaría en las casi novecientas páginas de su última novela publicada en español.

A lo largo de su carrera King ha trabajado con muchas obsesiones de infancia. La religión (Carrie), el miedo a los forasteros (Salem’s lot), al gobierno (The stand), sus propios fantasmas (El Resplandor), los temas pendientes de la infancia (El cuerpo: cuenta conmigo) y sobre todo la nostalgia, motivo que está presente en todas sus obras y que se desarrolla en la forma de detalles, diálogos y recuerdos de un ayer que se ve mucho más brillante y menos amenazador que el presente y el futuro.

Claro el autor suele responder que es en ese pasado, en esa nostalgia, donde descansa el origen de la pesadilla, la que en su narrativa es la forma de la cultura y la historia norteamericana del siglo XX. Y en esa línea, King sentía que faltaba su gran novela política-histórica, una que tomara el momento más álgido de los últimos cincuenta años y lo desarrollara en la forma de una narración de género que intenta responder no a la pregunta de qué hubiese pasado si los hechos hubieran ocurrido de forma distinta, algo clásico en el género ucrónico, sino al qué ocurriría si un tipo común y corriente tuviese desde la nada el poder de cambiar los hechos, asumiendo la responsabilidad futura que esa variación pudiera ocasionar.

22/11/63 es una novela de viajes en el tiempo, pero también de responsabilidad política. King construye a Jack, su héroe, un anónimo profesor de literatura, como a un republicano, un votante que cree en el poder de la democracia y que de pronto tiene la oportunidad de hacer algo por ella más potente y radical que sólo marcar un voto: evitar el asesinato de Kennedy, lo que consigue gracias a un misterioso armario que le permite retroceder en el tiempo.

Lo interesante del libro es que su gran tema no es sobre evitar un asesinato, sino sobre el costo de cambiar el futuro, el de todos y el propio. Jack es apático e incrédulo, se hace idealista y luego vuelve a la apatía, porque King entiende que así es la clase media, aunque cambie el mundo (y entretanto mate vampiros y extraterrestres y elimine fantasmas de infancia), a la hora de cerrar la puerta volverá a la idea de que nada cambió dentro suyo.

Son la gracia y el sino de los héroes kingnianos. En ninguna de sus novelas éstos terminan redimidos o convertidos en mejores personas. Todo lo contrario. Asumen más deudas y sobrellevan nuevos pesos. En el caso del protagonista de 22/11/63, lo que queda sobre sus hombros es el peso de la historia de un país entero, no muy diferente de lo que en verdad les ocurrió a los estadounidenses tras el 11 de septiembre de 2001.