Uno de los diplomáticos de oficio más experimentados del mundo es alemán y trabajó para Chile. El ex cónsul general honorario de nuestro país en Francfort, Bruno H. Schubert, conversó con Capital en plenos Alpes alemanes. Desde sus “misiones diplomáticas” hasta su destacada experiencia como cervecero.

  • 12 noviembre, 2008

 

Uno de los diplomáticos de oficio más experimentados del mundo es alemán y trabajó para Chile. El ex cónsul general honorario de nuestro país en Francfort, Bruno H. Schubert, conversó con Capital en plenos Alpes alemanes. Desde sus “misiones diplomáticas” hasta su destacada experiencia como cervecero. Por Jenny Pérez, desde Francfort, Alemania.

Quién es Bruno H. Schubert sino la historia de un desafío, muy parecida al dramático devenir de su país. Nació el 25 de octubre de 1919. Fue el mayor de ocho hermanos de una acaudalada familia de Francfort del Meno. Su destino estaba echado, al menos en lo que concernía a su padre, quien desde muy temprano lo educó para que se hiciera cargo del negocio de la familia y también su orgullo: la cervecería Henninger. Bruno conoció a muy temprana edad “los secretos para producir la buena cerveza”, ese importante ingrediente de la identidad alemana. Pero eran en verdad la naturaleza, los animales y, sobre todo, escuchar atentamente las conversaciones de cuanto invitado acudiera a la casona de sus padres en Sachsenhausen, los que despertaban su interés. Libros sobre su vida lo describen como “un niño reflexivo y siempre serio”. Seguramente, Bruno no sabía que la instrucción de “escuchar y después hablar” se convertiría –años más tarde– en su gran herramienta laboral.

Como a todos los europeos, su vida quedó marcada por la guerra y el renacer alemán. Durante la secundaria vio cómo su escuela, la Adlerfl ycht-Schule, fue bautizada por los nazis como la “Adolf-Hitler-Schule”. Más tarde, el joven Bruno fue llamado a las filas e ingresó a la Luftwaffe en Hessen, como auxiliar de una base de artillería antiaérea.

Los detalles, como la mayoría de los alemanes, hoy los prefiere olvidar. Sin embargo, asegura que “guarda en la retina” imágenes de destrucción y caos. De hecho, la casa familiar, pintada en 1928 por el vecino y amigo de la familia Max Beckmann, fue también bombardeada por los aliados, como casi todo Francfort del Meno en la II Guerra Mundial.

Cayó el nazismo. El país en pedazos y la amargura de lo su cedido hicieron que Bruno aceptara el que se trazaba como su inexorable destino: hacerse cargo de la cervecería. En el convulsionado 1945, pasó a ser miembro del consejo directivo del grupo Henninger-Bräu AG, del que once años después sería propietario.

Cerveza y socialité

Hacia 1956, Bruno H. Schubert conducía, en pleno apogeo económico alemán, los destinos de un negocio fundado en 1655. El nombre de la marca se debe al fundador de la cervecería moderna de 1869: Heinrich Christian Henninger.

Pero fue durante la gestión de Schubert que la cervecería alcanzó su mayor expansión dentro y fuera de Alemania. Para muestra, un botón: la cerveza Henninger era la favorita de Colin Powell cuando era un joven coronel de las fuerzas de ocupación estadounidenses en Francfort. Schubert recuerda que años más tarde, ya como secretario de Estado de Estados Unidos, el mismo Powell entregó al ministro de Relaciones Exteriores alemán, Joschka Fischer, una caja con botellas de Henninger vacías. Increíblemente, Powell le pidió a Fischer que por favor se las devolviera llenas.

La marca es sinónimo de prestigio y su Henninger Turm (Torre Henninger) en una de las colinas de Francfort forma parte de la identidad de la pujante ciudad de negocios hasta el día de hoy. Su más eficaz estrategia de marketing a nivel mundial para la marca fue instaurada en 1962 y sigue plenamente vigente. Se trata del World-Cup Rund um den Henninger Turm, una carrera de ciclismo que congrega a deportistas de hasta 40 países de los cinco continentes.

Su fama de empresario infalible fue creciendo junto con la de “rompecorazones”. El reconocido escritor alemán y amigo Hilmar Hoffman escribió en su libro sobre la vida de Bruno Schubert Der Ehrenbürger (El ciudadano honorario) que en 1947 nació fuera del matrimonio su único hijo hombre: Peter Nerger. Su madre, Elinor Nerger, era una bella mujer relacionada al mundo diplomático de aquel entonces. Le llamaban La Rosa de Berlín.

Pero Bruno había escogido para casarse a la espléndida socialité alemana Inge Schubert, con quien en 1941 tuvo una hija: Renata. En 1965, la fortuna de Bruno H. Schubert estaba avaluada en 165 millones de marcos alemanes y su hija era ranqueada entre “las niñas de oro”, como una de las herederas más codiciadas de Europa… pero falleció a los 25 años, víctima de la influenza.

Como uno de los empresarios más exitosos de la época y reconocidos millonarios de la Alemania Federada, Bruno H. Schubert entró de lleno en la vida social y política de su país. Amigo del Principado de Mónaco, un día era convidado por el presidente de Israel Yicsac Rabin y al otro asilaba en su casa al presidente Suharto de Indonesia, asediado por las protestas tras una visita en Holanda.

Su elocuencia y prusiana seriedad le hicieron conocido y reconocido por todos. Por esos días en que el mundo estaba siendo sometido a nuevas pruebas, Bruno H. Schubert decidió comenzar un camino paralelo al de empresario: el de diplomático.

La metamorfosis y Chile

Era la Alemania biestatal los años 50. Los alemanes, bajo la tutela y el atento escrutinio internacional, estaban divididos entre la República Federal de Alemania, vinculada a las potencias ocupantes estadounidense, francesa y británica; y la República Democrática Alemania (RDA), vinculada a la entonces órbita soviética. Como ya se sabe, sólo una de ellas recibió una segunda oportunidad democrática tras la derrota del nazismo: la occidental.

Una de las tareas prioritarias de esta Alemania era recomponer lazos e integrarse tanto como fuera posible a occidente. Volvían, entonces, los tiempos de la diplomacia con todas las naciones; también, con Sudamérica y Chile. Este último, pese a haber suspendido sus relaciones con el eje Berlín-Roma-Tokio de entonces, había sido uno de los países que no habían declarado la guerra a Alemania. El hombre comisionado para retomar los lazos fue el mismo Bruno H. Schubert.

En 1950 integró de una delegación para restablecer los lazos con Venezuela y en 1952, con Cuba. Fue tras arribar de La Habana cuando el gobierno alemán le pidió “hacerse cargo de Chile”. Bruno H. Schubert recuerda que fue el propio presidente Theodor Heuss (1949-1959) quien le encomendó la misión. Heuss le dijo: “necesitamos a un gran comunicador para un gran país: Chile”. Eran los tiempos del canciller Konrad Adenauer y de sentar las bases de una nueva Alemania.

Por aquellos años dirigía los destinos de Chile Gabriel González Videla. “Un señor muy agradable”, recuerda Schubert. Y fue de manos del mandatario que, en 1952, recibió el nombramiento como cónsul general honorario de Chile en Francfort. Desde allí, señala, cumplió una gestión de más de medio siglo destinada a restablecer las relaciones binacionales en todos los ámbitos.

Schubert recuerda que su casa acogió a todos los embajadores que Chile acreditó ante la República Federal de Alemania. Desde su mesa, asegura, tratábamos de “arreglar el mundo y, también, de comprenderlo. Abordábamos todos los temas que pudieran fortalecer las relaciones chileno-alemanas”. Schubert recuerda con especial atención el intenso lobby realizado para alcanzar los derechos de aterrizaje aéreo de Lan Chile en Francfort, cuyo éxito llegó a finales de los años 70.

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Según reconoce el actual embajador de Chile en Alemania, Alvaro Rojas, Bruno H. Schubert no sólo representó a nuestro país en Hessen y Francfort, sino que fue un gran colaborador durante los gobiernos chilenos de turno. Ese reconocimiento quedó reflejado en dos condecoraciones que le fueron otorgadas: Gran Oficial de la Orden al Mérito de Chile y Gran Cruz de la misma orden. A su vez, su ciudad natal lo nombraría en 2002 como “ciudadano honorario de Francfort del Meno”, una distinción recibida por personalidades de la talla del presidente francés François Mitterand y del canciller alemán Helmut Kohl.

Chile: “sweet country”

Schubert recuerda haber viajado a Chile varias veces. Lo enamoraron Viña del Mar, su brisa marina, la dulzura de su gente y su comida. Pero son sus buenos amigos santiaguinos y porteños los que atesora hasta hoy. “En Chile tenía a mis amigos –recuerda– y en Argentina, algunos negocios”. En los 70 decidió participar en las compañías cerveceras trasandinas Bieckert in Llvall, Schneider y Córdova.

Durante 56 años como cónsul general honorario de nuestro país, Bruno H. Schubert conoció a casi todos los presidentes chilenos. Recuerda, por ejemplo, su primer encuentro con Salvador Allende. “Un hombre muy acogedor, conversador y simpático”, asegura.

Con Augusto Pinochet el contacto fue mayor. En 1973, las relaciones entre Chile y Alemania se enfriaron y gran parte de los dirigentes políticos germanos jugaron un papel activo recibiendo a miles de chilenos como asilados, huéspedes o becarios. Bruno H. Schubert tenía en mente –y “con mucho dolor”– dejar el cargo, pero un repentino llamado del general Pinochet a su despacho le hizo cambiar de opinión. Le pidió que se mantuviera como cónsul general honorario, asegura Schubert, diciéndole que más que nunca se necesitaba gente “descomprometida políticamente que luchara por el bien del pueblo chileno en conjunto”. Schubert aceptó. “Me dio la sensación de estar frente a un antiguo general alemán, tan fuerte y silencioso”, recuerda tras su primer encuentro con Pinochet.

Pero es del comandante en jefe de la Fuerza Aérea, el general Fernando Matthei, de quien conserva la mejor anécdota. Relata que durante una cena en su casa se contaba entre 15 invitados al ex ministro de Relaciones Exteriores alemán e íntimo amigo de Schubert Hans Dietrich Genscher (quien jugó un papel central en la unificación tras la caída del muro de Berlín). Genscher quedó sentado en la mesa junto a Matthei. Después de una hora de conversación en el aperitivo y otra más en la mesa, los invitados comenzaron a despedirse. Fue entonces cuando Genscher le dijo: “oye Bruno, ¿quién es ese joven tan simpático con el que estuve conversando?” Schubert respondió: “pero cómo no te diste cuenta, es el comandante en jefe de la Fuerza Aérea chilena, Fernando Matthei”. Bruno Schubert recuerda que el rostro de Genscher palideció, seguramente no sólo por no haber sabido quién había sido su ameno interlocutor, sino porque era acérrimo opositor del régimen militar.

Schubert se mantuvo colaborando desde su oficina en Francfort durante los distintos gobiernos de la Concertación. Conoció a los ex presidentes Aylwin, Frei y Lagos, pero no a la actual mandataria. “Me hubiese gustado conocer a Michelle Bachelet. Especialmente porque vivió en Alemania cinco años y porque hubiésemos podido hablar en alemán”. Schubert reconoce que nunca fue un impedimento en su trabajo el no saber hablar español.


El fin del cargo

Se entristece cuando le preguntamos si echa de menos el cargo. Y es que en febrero pasado, un dictamen del ministerio de Relaciones Exteriores de Chile, ratificado por la Contraloría General de la República, determinó que Bruno H. Schubert ya no podría ser más “el cónsul general honorario de Chile en Francfort”. De acuerdo con la Convención de Viena sobre Relaciones Consulares de 1961, el Reglamento Consular de Chile de 1977 establece que los cónsules son honorarios o de profesión –es decir, de carrera diplomática–, lo que no sucedía en el caso de Schubert. La normativa especifica que los cónsules honorarios lo son sólo en esa denominación, razón por la cual no admiten la categoría de “cónsul general”.

Fue así como ante la petición del ex cónsul de Chile en Francfort, Pedro Aguirre, el órgano contralor instruyó a la cancillería chilena para que corrigiera la situación anómala que se producía en el consulado en Francfort. Fuentes cercanas a Schubert reconocen que en un momento existían dos cónsules, pero los privilegios diplomáticos, llámense transporte oficial o inmunidad, eran sólo para él y eso, naturalmente, generaba resquemores.

Bruno Schubert reaccionó con la misma serenidad de siempre, pero no así sus familiares, amigos y la prensa local, que calificaron la decisión de arbitraria. El diario alemán Bild del 17 junio de 2008, tituló Shock por el cónsul general Schubert… Chile le quita el título.

El actual embajador Rojas asegura, en cambio, que “la decisión fue adoptada con el mayor respeto a la dignidad y a la persona del señor Schubert. Por ello –sigue Rojas– apenas asumido como embajador, me informé de los detalles jurídicos y diplomáticos que esta decisión importaba, además de viajar especialmente a Francfort a comienzos de mayo, para entrevistarme personalmente con el señor Schubert en su casa. Le reiteré el reconocimiento de nuestro país y gobierno a su gestión de más de cinco décadas, así como también la ineludible necesidad de modificar su nombramiento. Le hice presente el interés de que se mantuviese como
cónsul honorario, pero sin el calificativo de general, pero el señor Schubert optó por la alternativa de considerar su retiro”.

En verdad, a sus casi 90 años, Bruno H. Schubert está lúcido, pero cansado. Incluso, reconoce que le cuesta moverse por Europa. Hoy sus destinos favoritos están dentro de Alemania.

Entre Francfort y los Alpes

Al margen de la decisión chilena, a Bruno Schubert se le conoce en los estados de Hessen y en Bavaria como el generalkonsul von Chile. Capital viajó hasta los Alpes alemanes para conocer su casona y un zoológico privado que incluye –entre otras especies– unas muy queridas alpacas chilenas. Es un recorrido de unos 500 kilómetros entre Francfort y Berchtesgaden; sí, la misma ciudad alpina donde Hitler tenía su nido de águilas.

La belleza y armonía natural del lugar impresionan, pero más llamativa es la inesperada y calurosa bienvenida de los citadinos. Grüss Gott! (saludos a Dios) repiten cada vez que se cruzan: un distintivo saludo de esa región alemana de mayoría católica. Apenas preguntar por la dirección de Bruno Schubert, una de las dueñas de las docenas de hosterías típicas que hay en el lugar lo reconoce y dice Ja! der generalkonsul von Chile.

A la entrada de su hogar figura una recepcionista que viste un riguroso y colorido traje típico bávaro. Habla en alemán, pero es rumana. Y es que entre sus empleados, Schubert cuenta con una mayoría de inmigrantes. Miguel Gómez es mexicano y uno de los que mantienen la casona en medio de las imponentes montañas. A sus 29 años asegura que “pese a que estudié Derecho en Veracruz me vi obligado a emigrar, se me ha hecho muy difícil especialmente por el idioma, pero la familia Schubert me dio la oportunidad de trabajar en este oficio y seguir con mis estudios”.

¿Y las alpacas? Pues ahí están, visibles desde una de las ventanas del inmueble, muy abrigadas, calmas y, sobre todo, bien chilenas, tal cual como se las llama, porque no tienen nombre específico. Ellas, junto a unas mil especies animales, viven en un jardín colosal que bien merece ser declarado parque natural. Queda claro que esa es la otra cara de este alemán: la pasión por la naturaleza.

Tanto así que 1983 creó la Fundación Bruno H. Schubert para incentivar la preservación del ecosistema. El primer premiado de una lista de conservacionistas internacionales por el organismo fue el mismísimo Jacques Cousteau. Hoy la entidad es la institución privada conservacionista más importante de Alemania y anualmente entrega miles de euros en incentivos económicos, especialmente a quienes trabajen en el sur de América o en Chile, para ser más exactos.

Este año, su fundación premió aquí en Francfort a Douglas Tompkins y Kristine McDivitt-Tompkins por su Parque Nacional Pumalín. Bruno Schubert cuenta que “recibí buenas informaciones acerca del trabajo del señor Tompkins en Chile de parte de mis asesores”, pero de los problemas con el ecologista norteamericano no supo hasta después del premio y por la prensa, asegura.

El reciente premio, confirma –de paso– que Bruno Schubert no pretende retirarse aún de la vida social alemana. Muy por el contrario, mantiene activa su oficina, atiende citas y recibe en su casa de Francfort a distintos actores del quehacer político, económico, social y cultural del país y del mundo. El vino y las uvas de Chile, dice, seguirán en el menú.