• 26 diciembre, 2008

 

¿Qué libro comentar para terminar el 2008? ¿Una historia de la caída de los grandes imperios? ¿Una guía de primeros auxilios? Difícil encontrar un libro capaz de resumir un año como este, uno de los más públicos que algunos recordamos. Pero, precisamente por eso, este reseñista ha elegido uno que, inaudible en el fragor de elecciones y crisis financieras, celebra la introspección y la serenidad interior.

 

Es fácil prejuzgar Enemigos públicos, el libro que han escrito a cuatro manos Bernard-Henri Lévy y Michel Houellebecq, como un producto de poca monta. Un filósofo acusado de mediático y frívolo intercambia dos docenas de cartas con un novelista acusado de efectista y escandaloso. ¿Qué podría ser, salvo otro golpe publicitario? Sin embargo, algo sucede realmente en el curso de esa correspondencia; la discusión es real y profunda, y ninguno de los dos sale de la experiencia intacto.

Houellebecq propone, no sin ufonería, las premisas del debate: “Todo nos separa”, dice, “salvo un punto fundamental: somos individuos bastante despreciables”. Y enumera las acusaciones: representante de
la gauche caviar, filósofo sin pensamiento, autor del film más ridículo de la historia del cine (BHL); nihilista, reaccionario, autor sin estilo que accedió a la notoriedad por culpa de algunos críticos desorientados (Houellebecq). Uno y otro —le responde Lévy— han manifestado toda su vida un agudo deseo de desagradar.

¿Pero a quiénes y por qué? Aquí es donde este diálogo empieza a ser también un retrato en negativo de Europa, y acaso del Occidente todo. Porque si Lévy ha logrado irritar a críticos, políticos y clases cultivadas en general por su obstinación en jugar el papel de intelectual comprometido, de denunciador de injusticias y enemigo de la complacencia, Houellebecq ha logrado lo mismo por las razones opuestas: por su negativa a moverse un milímetro de sus propensiones naturales, por su desfachatado reconocimiento de que sólo aspira a cierto confort y que el conflicto árabe-israelí, la guerra en Chechenia, la desaparición de la religión en Occidente o la museificación de Francia le son indiferentes. Houellebecq encarna a conciencia al europeo medio: confiado en la ciencia (pero no experto), funcionalmente ateo (pero nostálgico de la religión), incapaz de impulsos belicosos, irónico y en el fondo sentimental.

Y como ambas posiciones producen, efectivamente, un escozor duradero, hay que concluir que Europa no soporta ni una conformidad demasiado completa, ni que se le reclame con demasiada insistencia que se eleve por encima de sí misma. Las cosas, claro, no son tan simples: al cabo de esta introspección à deux —en la que son examinados, entre muchos otros factores, Kant, Schopenhauer, Le Monde y Paris-Match, los críticos literarios y las madres de los poetas, la infancia religiosa de uno y la infancia comunista del otro— resulta que Houellebecq estaría dispuesto a luchar por ciertas cosas, y que las publicitadas luchas de Lévy obedecen acaso al deseo de ocultarse su propia naturaleza.

Pero la dicotomía que está en juego en Enemigos públicos importa acaso más que sus conclusiones: se trata de la eterna duda entre aceptarse y pedir algo más de sí mismo, entre el alivio de aceptar lo que hay y la exaltación de perseguir lo que podría haber. Un dilema que no nos deja indiferentes, ni como individuos ni como países