El Centro de Conservación, Restauración y Estudios Artísticos (CREA) lanzó el libro La Restauración que detalla la ardua labor de recuperación de las pinturas del Museo de Bellas Artes de Valparaíso, o Palacio Baburizza. Aquí está el proceso, que duró siete años, con sus resultados. Por María Luisa Vicuña.

  • 15 mayo, 2008

 

El Centro de Conservación, Restauración y Estudios Artísticos (CREA) lanzó el libro La Restauración que detalla la ardua labor de recuperación de las pinturas del Museo de Bellas Artes de Valparaíso, o Palacio Baburizza. Aquí está el proceso, que duró siete años, con sus resultados. Por María Luisa Vicuña.

 

 

 

Hace más de diez años que el Palacio Baburizza, Museo de Bellas Artes de Valparaíso, cerró sus puertas. No por falta de público y mucho menos por falta de obras. Fue por falta de una remodelación adecuada. El museo no estaba en condiciones para seguir funcionando, necesitaba un urgente trabajo de conservación. Clausuró sus umbrales y Valparaíso todavía espera a que vuelvan a abrirse. Al dejar de funcionar, su colección de 244 piezas quedó guardada en un depósito municipal.

Un año después del cierre se formó el Centro de Conservación, Restauración y Estudios Artísticos (CREA) y, para iniciar su ejercicio, demostrar cuánto sabían y la preparación que tenían, buscaron un proyecto a restaurar que fuera emblemático para Chile. Así llegaron a las obras del Palacio Baburizza.

Macarena Carroza, fundadora de CREA, cuenta: “elegimos el Baburizza porque pensamos que era un patrimonio que era necesario rescatar. Además, yo tenía una especial conexión con estas obras porque siempre íbamos a ese museo con mi familia”.

Otra motivación fue que en Chile nunca se había desarrollado un proyecto así, con una cantidad tan importante de pinturas de alto valor, que correspondiera al patrimonio completo de un museo y donde cada una de las piezas estuviera incluida.

En la primera etapa, el Centro propuso el proyecto a la Municipalidad de Valparaíso. Una parte podía acogerse a la ley de donaciones culturales, pero otro porcentaje requeriría de fondos privados. La municipalidad aceptó entregarles las obras, de modo que empezaran a trabajar. Fue entonces que CREA se empeñó en encontrar los fondos provenientes del área particular. Pero esos aportes nunca llegaron.

Las empresas no quisieron comprometerse con la iniciativa porque no conocían la labor de la institución y no sabían cuál sería el resultado. También era motivo de desconfianza que el Palacio Baburizza, que las albergaba, estuviese cerrado, sin fecha de remodelación ni de reapertura. Concluyeron en que el riesgo de que la colección restaurada no pudiera ser apreciada nunca por el público era alto.

Pese a las dificultades, el Centro siguió adelante con el proyecto y decidieron financiar íntegramente la tarea de recuperación de las obras. Este proceso fue dividido en cinco etapas a lo largo de siete años y costó 480 millones de pesos. El equipo a cargo incluyó un total de 19 personas.

 

 

La luz fluorescente resaltó la precensia de repintes pictóricos anteriores que intentaban esconder rasgados en la tela. Se retiraron esas intervenciones para realizar una mejor restauración.
CREA corrigió los avalúos de las obras entre las que se encuentran valiosas piezas, especialmente españolas y francesas

Una tarea científica

 

 

Lo primero fue el traslado de la colección desde la bodega en Valparaíso al depósito que el Centro les tenía destinado en Santiago. Las piezas estaban guardadas en muy malas condiciones, pero estables, lo que implicaba en la práctica que la más mínima alteración –como el cambio de clima del puerto a la capital– las podía deteriorar.

En Santiago comenzó el análisis del estado de cada pintura, a través de exámenes visuales y de laboratorio, para luego definir las técnicas y el procedimiento más idóneo para operar. Macarena Carroza explica que una pintura puede semejarse en este sentido a un sándwich: tiene tres capas. La pictórica, que es la que finalmente el visitante aprecia. La de preparación, que es todo el trabajo realizado inicialmente por el artista como, por ejemplo, las pruebas o los dibujos que después borró. Y, finalmente, la tela o lienzo propiamente tal. Cada una de estas capas es analizada a través de complejos sistemas y máquinas, que CREA debió importar especialmente. “Cada obra es distinta. Es como el paciente de un doctor: no tienes un tratamiento estándar para todos y, al contrario, realizas un diagnóstico por separado y luego decides cuáles serán las medidas a tomar. En la restauración es lo mismo, sólo que aquí el paciente es la pintura”, plantea la directora del Centro.

El grupo seleccionó los criterios de intervención, que se basaron en los principios fundamentales de la restauración científica, como son el de una mínima intervención, máximo respeto por el original, reversibilidad de los materiales, el principio del caso a caso, el registro de cada proceso y la utilización de materiales probados y controlados. Estos criterios no hacen más que confirmar el compromiso y la rigurosidad con que los restauradores realizaron su trabajo.

Un aspecto interesante es que, tal como uno de los principios lo dice, todo es reversible. En otras palabras, todo lo que se efectuó podría ser deshecho, un factor esencial de recuperación: “uno nunca toca la pintura original. Eso es básico. Todo lo trabajas en otras capas, que podrías retirar. Lo más importante es el trabajo que el autor hizo”.

En el caso de la colección del Palacio Baburizza, se detectó que muchas obras ya habían sido intervenidas, y que dichas restauraciones habían sido muy mal hechas. Hubo, por tanto, que realizar labores adicionales para eliminar esos cambios, volver al original y luego comenzar la conservación.

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Las luces infrarrojas permitieron descubrir
trazados del artista, que después borró,
como se aprecia en esta obra: el tronco
que se visualiza en blanco y negro no
quedó en la pintura definitiva.

 

El proceso de limpieza con solventes permite “lavar” el barniz oxidado. Se dejaron rastros en la obra para comparar la diferencia antes y después de remover la oxidación. Se puede apreciar también la obra definitiva: se trata de Playa de Trouville, de Eugéne
Louis Boudin, una joya de la colección Baburizza
.

 

  

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Cada uno de los tratamientos, así como el detalle de los materiales empleados, fue consignado en una bitácora por cada uno de los profesionales participantes en el trabajo. Toda esta información clave quedó almacenada en una base de datos en línea y también fue respaldada documentándola fotográficamente. Ello, para unificar los parámetros de trabajo de todos los restauradores.

 

 

Un apasionado coleccionista

 

 

Un extranjero, el croata Pascual Baburizza, es el verdadero artífice de la imponente colección del Museo de Bellas Artes de Valparaíso. Enamorado del mentaba el comercio, con el consiguiente desarrollo urbano.

En este ambiente de auge y prosperidad, muchos extranjeros desembarcaron en la zona, y no pocos de ellos eran también importantes artistas. En su paso por Valparaíso, reflejaron en sus pinturas los paisajes de la ciudad, dejando documentos iconográfi cos de gran valor. Pero no fue ése su único legado, porque con su trabajo también incentivaron en los porteños el gusto por la pintura.

Fue en uno de estos viajes que Baburizza, un apasionado coleccionista, llegó para instalarse en Valparaíso.

Compró el palacio en 1925. En los años siguientes comenzó a formar su colección, la que creció con sus numerosos viajes por Europa y su contacto permanente con anticuarios y vendedores en Chile y el extranjero.

 
A pesar de la variada procedencia de las obras, supo imprimir su gusto personal al momento de elegirlas: romántico y de influencia impresionista.

 

 

En la bodega en Valparaiso las obras estaban en pesima condiciones, lo que se demostró al momento de desembalarlas
 
Alejandra Castro y Héctor Quinteros fueron directores de distintas etapas en el proceso de restauración

 

 

 

Un hogar temporal

 

 

Hoy, las pinturas de Baburizza no están en su hogar. Como el palacio que albergaba las obras estaba cerrado, la municipalidad de Valparaíso firmó una alianza con el Senado, que consiste en que mientras el museo no abra sus puertas,
será el Congreso el que conserve la colección. Por esta razón, a medida que cumplía las etapas de trabajo, CREA fue entregando las pinturas a los sucesivos presidentes del Senado.

Las obras restauradas han recuperado su nitidez y su vitalidad expresiva. Sin embargo, no es posible aún admirarlas en su sede original. Si bien el museo cuenta con una documentación, trabajo y estudio de su colección con pocos equivalentes en Chile, debido a la labor del Centro, sus puertas siguen cerradas. Y aunque los planes de restaurar el recinto han sido planteados en numerosas ocasiones, no han podido ser llevados adelante.

Mientras, los porteños pueden apreciar las obras de mayores dimensiones en los salones principales del Congreso; y las más pequeñas, en las oficinas.