Conocido por sus enormes rectángulos de color con bordes desdibujados, Mark Rothko vivió escapando de la celebridad. A cuatro décadas de su muerte, su figura ha sido rescatada por una gran exposición en Londres y otra en Berlín. Por María Jesús Carvallo.

  • 19 febrero, 2009

 

Conocido por sus enormes rectángulos de color con bordes desdibujados, Mark Rothko vivió escapando de la celebridad. A cuatro décadas de su muerte, su figura ha sido rescatada por una gran exposición en Londres y otra en Berlín. Por María Jesús Carvallo.

Fue una de las exposiciones más esperadas del año pasado y también una de las más visitadas. Luego de décadas de expectativas, los ingleses tuvieron el placer de presenciar en gloria y majestad al norteamericano Mark Rothko. La Tate Modern de Londres tuvo la agudeza de reunir lo mejor de sus creaciones y rendirle un homenaje como corresponde a un artista cuya figura no hace sino crecer a 39 años de su muerte.

Y ahora es el turno de Berlín, donde se presenta una muestra que vincula al máximo representante del expresionismo abstracto con uno de los maestros del Renacimiento italiano, Giotto di Bondone. En la Gemäldegalerie de la capital alemana la exposición busca subrayar la influencia que en el creador estadounidense tuvo el arte italiano de hace seis siglos. Rothko viajó varias veces a Italia y aprendió de los renacentistas el misticismo, la plasticidad y la forma de organizar el espacio.

Markus Rothkowitz nació en Letonia a principios de 1900, pero pasó gran parte de su vida en los Estados Unidos. Los críticos lo califican como un luchador, un artista “puertas adentro”, según el galerista Tomás Andreu. Hay artistas que se dedican a crear en la intimidad más profunda de su taller, sin esperar nada a cambio, y uno de ellos fue Rothko.

La muestra londinense –de la que aún puede verse en Internet una parte en www.tate.org.uk– estuvo compuesta por alrededor de 50 trabajos, entre ellos un grupo de 15 telas de la polémica serie “Seagram”. La historia de estas obras refleja su personalidad: los dueños de un rascacielos de Manhattan le encargaron un par de pinturas para decorar el restaurante que se encontraba en el primer piso. Buscaban darle al lugar un look moderno. Pero cuando Rothko entendió que la gente no iba a mirar sus obras sino a disfrutar de la comida, se arrepintió y decidió no entregar lo pactado. Su trabajo no era para decorar.

Paradójicamente, en el minuto más complicado de su vida –era alcohólico y depresivo– alcanzó la fama. Una vez que dejó a un lado los tonos amarillos y ocres y se centró más en los rojos oscuros, cafés, violetas y negros –siempre en telas de gran formato, llenas de veladuras y trazos firmes– el público y los entendidos empezaron a entusiasmarse con su trabajo.

Rothko no fue capaz de soportarlo y terminó suicidándose en 1970, justo un año después de que había hecho una importante donación, justamente a la Tate Modern de Londres, de algunas creaciones de la ya comentada serie “Seagram”. Aunque con varias décadas de retraso, los británicos decidieron reunir lo mejor de su obra y otorgarle el sitial que se merece entre los grandes del siglo XX.