Luego de siete años de estar alejado de los estudios, Leonard Cohen vuelve con una magistral colección de canciones, dotadas de un tono a la vez crepuscular y edificante.

  • 1 marzo, 2012

 

Luego de siete años de estar alejado de los estudios, Leonard Cohen vuelve con una magistral colección de canciones, dotadas de un tono a la vez crepuscular y edificante. Por juan venegas

 

Pocos artistas cruzan generaciones, modas y épocas con el aplomo de Leonard Cohen. En la canción Pennyroyal tea, del álbum In utero (1993) de Nirvana, Kurt Cobain escribió: “dame un más allá al estilo Leonard Cohen y podré suspirar eternamente”. Una frase que, por lo demás, conectaría de manera perfecta con el tono crepuscular del último disco del legendario poeta y cantautor canadiense.

A sus 77 años, Cohen regresa para obsequiarnos Old ideas, su primer trabajo de estudio en siete años. Un álbum invernal, que tiene a la muerte como uno de sus protagonistas. El artista, agudo e irónico, nos urge a observar el mundo desde el otro lado de la calle, desde la línea de meta cuadriculada –la temida tumba- que parece esperar nuestra fatiga final. Pero no hay desesperación en su entrega, no es el típico viaje de despedida y desahucio; aquí la pasión sigue domesticada por el genio musical del autor de Suzanne. Si su espíritu parece más sombrío, es sólo para decirnos que, al pasar los años, su deseo de existir no disminuye sino que crece.

En Old ideas, los anhelos del cantante se tornan personales y no hay espacio para el mundo exterior y sus desdichas sociales. Es una lúcida conversación musical entre el autor y su propio personaje, el encantador poeta del impermeable azul. La voz de “Lenny” nunca se escuchó más profunda ni su respiración más intensa. A ratos, se viene a la cabeza The man comes around (2002), el último disco de Johnny Cash, por ese tono de inframundo. Old ideas, pese a todo, no es un epitafio. Aquí no encontrarán arrepentimientos ni obsesiones con el pasado, sino el simple deseo de que nuestras pocas convicciones no terminen ahogadas en las dudas eternas. Cada palabra grabada en esta placa es realismo musical puro, una operación sin anestesia, asumida con flemático coraje.

La producción musical es primaria y subterránea. Un piano eléctrico, una máquina de ritmos y un solo de trompeta son suficientes para los tonos monocromáticos de la voz del canadiense. La notable elegancia del disco se debe en gran parte a las armonías vocales de las hermanas Webb y de su antigua colaboradora Jennifer Warnes, quienes proporcionan al LP un ambiente esotérico y celestial.

Going home emerge en el primer surco como el arranque de un viaje de liberación. Cohen parece atisbar en el horizonte un lugar mejor, sin dolores ni depresiones, y sin el disfraz que ha debido usar todo este tiempo. Un acto de humildad, de aceptación de tus propias limitaciones. Una descripción en tercera persona que fraterniza con el Leonard que conocemos y que intenta rescatarlo de su pesado rol mesiánico, para darle la libertad de equivocarse y de decir lo que quiera.

El álbum, en resumidas cuentas, es un góspel de sanación, de mitigación del dolor, en el que se aprecia la tristeza por la decrepitud del cuerpo, por la escasez del tiempo, pero también el agradecimiento por la bendición del talento. Es la última instancia de rebelión contra el inevitable crepúsculo humano. Un testamento lleno de entereza y coherencia.

Con un toque distinguido y el encanto natural que recuerda a los viejos trovadores, Cohen ha sobrevivido con asombrosa prestancia a la generación beat, al hippismo y a cada uno de los movimientos que ha visto pasar durante su larga trayectoria. “Si no fuera Bob Dylan me gustaría ser Leonard Cohen”, dijo alguna vez el cantautor de Minnesota como para contextualizar el extraordinario valor de la vida y obra de un cantante y poeta que, tal como Jacques Brel y Georges Brassens, puede ser tildado de clásico.