Por Pablo Marín “Me dicen Che por Joche”, explica José Manuel “Che” Sandoval. Y no es que ande por la vida con la necesidad de explicarlo, pero a causa de las entrevistas que ha dado desde que estrenó Te creís la más linda (pero erís la más puta), en 2009, ya está medio acostumbrado. Eso […]

  • 30 mayo, 2014

Por Pablo Marín

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“Me dicen Che por Joche”, explica José Manuel “Che” Sandoval. Y no es que ande por la vida con la necesidad de explicarlo, pero a causa de las entrevistas que ha dado desde que estrenó Te creís la más linda (pero erís la más puta), en 2009, ya está medio acostumbrado. Eso sí, cada vez que cuenta la historia la cuenta más corta: cuando muy chico trataba de decir su primer nombre, pero no le salía José, sino “Joche”. Por eso le dicen Che. No por el “Che”, aun si algunas fotos que muestran su barba y sus rizos cayendo sobre los hombros, le confieran un aura guevariana.

Aclarado el punto, el guionista y realizador de 28 años va a lo que le interesa, que no es menos importante por flirtear con la comicidad y las palabrotas. Lo suyo son las películas, que ya son cosa muy en serio, y más en serio aún tratándose de la comedia. Eso sí, no le parece que al circuito le haga tanta gracia. “A los festivales no les gusta mucho el humor, a menos que seas un consagrado”, comenta desde Buenos Aires. “Aunque me va bien en algunos festivales, hay otros que ven mi cine como ‘burdo’. No lo entienden”.

Sandoval ha estado en festivales por su segundo largo, Soy mucho mejor que voh, pero le hacía ilusión que llegara a salas locales, para que las risas se contagiaran y la experiencia se compartiera. Dice que en esa instancia, colectiva al tiempo que individual, él mismo fue dando forma a su cariño e interés por caminar la ciudad a la salida de una película, por ejemplo. O por habitar espacios que más tarde serían las locaciones de sus películas. Si Te creís la más linda escenificó las errancias de Javier, un veinteañero locuaz, entrador, bueno para la cerveza y víctima de una disfunción que le ha ganado el mote de “Precocito”, lo que la última cinta sigue son los pasos del Naza, un cuarentón derrotado por la vida y abandonado por su mujer, que ya había aparecido en su cinta debut (lo que hace de ésta un spin-off).

El personaje es encarnado por otro cineasta, Sebastián Brahm, y la intriga es una pendiente donde los rasgos antiheroicos, si no derechamente patéticos, se expresan en un personaje pródigo en verborrea sexista, clasista y misógina, y que suele dejar ver una gran falta de dignidad y de compromiso. Pero también una humanidad y una masculinidad magulladas que acechan al espectador compasivo. Una cinta para la cual vale lo que el crítico argentino Javier Porta Fouz decía de la anterior: sus personajes “hablan desde su lugar en el mundo y cartografían ese lugar hablando”.

Instalado en el barrio Monserrat de la capital argentina, este egresado de la Escuela de Cine de Chile vive “bien central”, cerca del Congreso y de San Telmo. “Vivo con mi novia [la actriz Antonella Costa] en un departamento. Acá tengo mis amigos, tanto argentinos como chilenos y tanto colegas como personas de otros rubros. Y hago mi vida: juego al fútbol, salgo de noche, escribo, soy novio y ahora preparo mi próxima película, que es una coproducción chileno argentina”.

-Tiendes a ocupar locaciones poco usadas o inéditas en el cine chileno. ¿Son lugares que veías ya en tus películas, incluso antes de concebirlas?
-A veces digo que cuando escribo un personaje ya sé su rostro. Eso es cierto en un 30%; con las locaciones, quizás llegamos al 80%. En general, escribo sabiendo dónde quiero filmar. Me interesa mucho que el recorrido del personaje sea tal cual lo es en la ciudad. Por ejemplo, el Naza sale de [la disco] Onaciu, en Loreto, quiere cruzar por Recoleta para ir a Santa Rosa, a la Fuente Holandesa. O cuando se pelea junto a un carro de completos en Puente Pío Nono corre hacia abajo, se sube en Estación de Metro UC, anda dos estaciones y se baja en Salvador para cruzar el Puente del Arzobispo. Tiene que ver con los recorridos que hice en mi juventud anterior a los 25. Siempre terminaba en la Fuente Holandesa.

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-Tienes también al Mapocho, que figura en películas como Largo viaje.
-Alguna vez pensé que todo pasaría al lado del Mapocho, pero era una mierda de río (de hecho era falso que un tipo se quisiese suicidar en el Mapocho, si está seco hasta en invierno). Así que dejé sólo algunas escenas. Pero sí tengo un gran amor a cruzar el río. Es feo. Me gusta el Santiago feo. Le veo más vida que al limpio, que es de plástico. Que sea feo no quiere decir que no lo ame. Amo Santiago, pero cuando es feo.
Respecto de Largo viaje, sólo puedo decir que la amé y que no entiendo qué pasó con el cine chileno que no se han hecho más películas con el cariño que, por ejemplo, esa película tiene por la ciudad.

-¿Hay en el Naza algo de tu mirada respecto de los 40, como un momento jodido y cuesta arriba, pero al mismo tiempo con vértigo y cierto peligro?  
-Fue re difícil hacer este personaje, por el tema de la edad. Tenía un respeto por “los 40” muy grande. A esa edad, para mí al menos, mi padre [el ex ministro DC Felipe Sandoval] era un padre ejemplar. No veía en él rasgos de inmadurez, de indecisión, de debilidad (aunque obviamente los había, pero muy lejos del nivel que quería mostrar yo). Contando esto como una preocupación, empezaron a salir mis amigos de 40 a decirme que tenían 40. Y yo no lo había asumido. Eran unos adolescentes. Y ahí fue todo más fácil: podía dar rasgos adolescentes al personaje sin pudor. Si bien no era tan consciente de estar haciendo a un personaje tan oscuro, sabía que estaba haciendo a un macho herido que no quería ser padre. Además, me las iba a jugar por hacer un antipático: no creo en la empatía como gancho seguro, ni como único gancho, para seguir a un personaje. Porque tenía a un hombre despechado, sin nadie que lo enjuiciara… No lo iba a detener nada. Iba a decir lo que fuese, iba a tratar a la gente como se le cantara, iba a actuar desde el desmadre absoluto… obviamente desde sus bases como persona, que eran negativas. Todos tenemos un “mini Naza” adentro.

-Tus personajes parecen estar hechos, antes que de otra cosa, de lo que dicen y de cómo lo dicen. ¿Cómo elaboras esta parte? ¿Qué tan relativo es el peso del guión?
-Ensayo mucho. El casting es de rostro, pero también de habla: si no me gusta cómo habla, es peor que si no me gusta su rostro. Tengo fe en que lograré sacar la actuación ensayando. Leemos mi guión con los actores y vamos cambiando cada frase que dicen, para que les acomode. Y ellos inventan cosas y las cosas varían y yo creo que ahí recién comienzo a encontrar la película. Me gustan los personajes conscientes de sí mismos y que verbalizan todo, hasta lo que no saben. El sinsentido del habla. Creo que Chile es un país de habladores; de hablamiento, como diría el Zafrada. Creo que nos gusta más ofrecer combos y contar que peleamos, que pelear; y que nos gusta más calentar al otro, que tener sexo. Mucho blablá. Para entrar más profundamente en esto, leánse a Ruiz: no lo puede explicar más clara y elevadamente.

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-¿Ves una filiación de tu cine con los de Raúl Ruiz o Cristián Sánchez?
-Me encantan Ruiz y Sánchez, y amo que me comparen con ellos, aunque no creo llegar en ningún sentido a esos niveles en cuanto a cine y en cuanto al habla. Pero me gusta trabajar desde el habla, creo que ahí está la esencia cultural de Chile. Para cuando hice Te creís la más linda… los había visto, pero en ningún caso pensé estar haciendo algo de ese estilo. Siempre he pensando que los referentes salen solos, que uno no debe intentar que aparezcan. Si algo de ellos te quedó, algo de ellos saldrá. El otro día me hablaban de Bukowski. Amé a [el personaje de Henry] Chinasky toda la vida; no lo leo hace unos 5 años, pero lo amaba. La primera vez que me enamoré de los libros fue cuando lo leí. Nunca pensé que mi cine podría estar influido por él, pero finalmente, sí. Creo que lo está. Algo de su literatura y de su modo de escribir caló hondo en mí y hoy sale algo que se parece un poco a lo de él. Me gusta que sea así, inconsciente. Soy una persona muy metódica y creo que mis películas, si bien las hago de forma metódica, son muy vivas. Las hace mejor de lo que las haría mi consciente, cosa que no sé qué es. Puede tener que ver con el método, o con algo que desconozco de mí. Desconozco si me parezco al Naza, por ejemplo. No sé… mucho sicoanálisis.

-¿Te ha estimulado ver cierto cine chileno de los 60 y 70?
-Me estimuló ver que ahí hay algo de la literatura de los 30-60, que es la esencia del arte en Chile. Para mí, simplificando, hay dos Chiles: el ordenado, que ganó la batalla y que se enorgullece de que hagamos la cola para pagar 650 en la BIP sin alegar, para luego irnos a encerrar en nuestras casas a contaminarnos con mierda extranjera; y el del borracho de cantina. El del personaje errante, que habla y no piensa, pero que en el fondo es una mente brillante. Un Chile que ama el espacio público, con personajes que andan en la calle. En los barrios, vagabundeando. Fallando. Ese Chile mucho más poético es el que tiene que ver con nuestra gran literatura, de arrabales o de Santiago Centro, y con el cine de los 60 y los 70. Un Chile mucho más pasional, más nostálgico. Largo viaje es un gran ejemplo de eso. También Tres tristes tigres: uno se acuerda de la formalidad de la película, pero por sobre todas las cosas se acuerda de la miseria. Y yo creo que la miseria humana, la profunda de una persona (no hablo de “la miseria” en general) es hermosa. Y también la esperanza humana, de una persona (no en general) es hermosa. Entonces, creo en la formalidad, porque el cine es formal, pero esa formalidad debe tener carne humana. Y es ahí donde creo que el cine de los 60-70 nos da mil patadas. Ese sentimiento humano, pasen las modas que pasen y se renueve el lenguaje cuantas veces se renueve, nunca debe dejar de estar.

-¿Te sientes trabajando dentro de la camisa de fuerza de un género, o sientes que la comedia te permite crear películas de expresión personal que hacen reír?
-Ahora estoy haciendo otra comedia dramática, pero creo que tengo un personaje tanto o más perdido que el Naza. Y ahora es mujer, y quizás salga algo más dramático que cómico. No tengo idea. Esas cosas se van viendo por proyecto. Pero siempre parto un proyecto pensando en cosas “cómicas”, pero luego las voy bajando a terreno personal y luego sale lo que sale. Me parece que Soy mucho mejor que voh salió bastante más dramática de lo que buscaba en un comienzo, pero estoy feliz por eso.

-Horacio Altunaga, el guionista cubano, dice que el cine chileno es muy falocéntrico y que sus machos son “protagónicos insuficientes”. Pensaba en eso cuando vi la escena inaugural de tu segunda película, con el par de chicas descuerando al sexo masculino. ¿Es muy ninguneable el macho chileno? ¿Cuál es su lado amable?
-No sé si estudié esa parte. Simplemente salió así. Yo creo que somos un país hecho a medias; por lo tanto, somos hombres hechos a medias. Pero no sabría profundizar por ahí: soy un macho chileno y creo tener varias cosas amables.

-¿Cómo ves los llamados a que el independiente chileno se despida del circuito de exhibición comercial y se vaya por el lado alternativo (internet incluido)?
-Es cruel el circuito comercial, pero a mí me gusta la sala de cine. Después, ok, internet, Netflix, etc. Pero lo pienso súper egoístamente: quiero que mis películas se vean en el cine porque creo que se ven de otro modo, pero de ahí en más, salvando excepciones, no me hace mucha diferencia ver una película en la compu conectada a una buena tele, o verla en el cine. Entonces, no sé. Sí creo que la experiencia cine es más nostálgica. Algo genera el después: el salir de la sala, caminar. Si no hubiese habido salas de cine, yo no me habría enamorado de esto. Me enamoré del cine yendo de 2do a 4to medio al Normandie, como 3 veces a la semana. Yo vivía en La Reina y mi colegio quedaba en Pedro de Valdivia con Sucre, e ir al cine era la experiencia de estar toda la tarde en el centro. Sin plata, vagando, sentándome en los bancos, tomándome una cerveza solo, en la calle, escuchando música, conociendo una mina quizás, leyendo mientras hacía hora para entrar al cine. No fumaba, pero fumaba cuando salía del cine. Me compraba un cigarro suelto a 60 pesos. Y creo que me gustaba más toda esa experiencia que las películas en sí. Entonces, le tengo un cariño inmenso a ir al cine, pero ya no voy mucho. La cartelera, en general, es una porquería.

-¿Visualizas a Javier y/o a el Naza en una serie de TV? ¿Has explorado ese territorio?      
-Estoy escribiendo una serie que se llama Gorda, puta y feliz. Es lento escribir, no sé si me daría para escribir estos personajes de nuevo. Pero si sale, quizás sí. Quizás los use de secundarios, más viejos, porque creo que le voy a dar a los spin-offs forever and ever, aunque no me quiero comprometer. Pero en una de esas sí. Por qué no. •••