La enóloga y fundadora de Casa Marín vuelve a sorprender con un syrah de 12,5 grados de alcohol, que recupera en cierta forma la vieja alegría de beber. Y apuesta también por el riesling.

  • 23 enero, 2009

 

La enóloga y fundadora de Casa Marín vuelve a sorprender con un syrah de 12,5 grados de alcohol, que recupera en cierta forma la vieja alegría de beber. Y apuesta también por el riesling. Por Marcelo Soto.

Palabras como “pasión” y “vino de autor” se escuchan mucho cuando los departamentos de marketing de una viña intentan vender sus productos. Están haciendo su trabajo, desde luego, aunque la mayor parte de las veces sea más un eslogan que la realidad.

Hay contadas excepciones, sin embargo, y una de ellas es la de María Luz Marín, enóloga y fundadora de Casa Marín, probablemente la viña chilena más jugada de los últimos años. Para empezar, fueron pioneros en elaborar vinos en Lo Abarca, a 4 kilómetros del mar en el valle de San Antonio, una zona húmeda y ventosa donde se
necesitan malabares para que las uvas maduren sin problemas.

No sólo eso. Cuando ningún sauvignon blanc chileno superaba los 9 mil pesos, ella lanzó uno que valía el doble. Una locura. “Hice lo contrario de la lógica y empecé apuntando a lo más alto”, cuenta María Luz Marín –o Mariluz– una calurosa tarde de enero, en el jardín de las oficinas comerciales de la viña, en el cerro San Luis.

“En Inglaterra y EE.UU. no estaban acostumbrados a pagar tanto por un Sauvignon blanc chileno, sí por los neozelandeses. Ahora hay varios ejemplares nacionales de 15 mil pesos, pero en ese tiempo a muchos les pareció un escándalo. Costó muchísimo convencer a los mercados, pero le achunté”, agrega.

Hoy, Cipreses y Laurel Vineyard de Casa Marín están entre los mejores Sauvignon blanc chilenos, pero la enóloga de la viña de San Antonio sigue innovando.

Aparte de un extraordinario Estero Sauvignon Gris 2008, María Luz Marín apuesta por el riesling y el syrah. De la primera variedad, con un entusiasmo que un tipo desconfi ado podría tildar de excesivo, dice: “aunque no somos conocidos como productores, creo que se puede hacer con esta cepa en Chile algo parecido a lo que se hizo con el sauvignon blanc. Hay asidero”.

En la mesa hay dos botellas de Miramar Riesling: 2006 y 2008. La enóloga explica que la primera se vio afectada por una helada justo antes de la cosecha, por lo cual tenía una acidez “que era como un cuchillo”. Hoy se ha ido domesticando. No está resuelto del todo, pero es un vino de gran personalidad y prestancia, que no deja indiferente.

En contraste con el lado salvaje de 2006, la versión 2008 (que cuesta 18 mil pesos) es un vino más contenido, de fruta sutil y elegante, con notas a damasco principalmente. Según Marín, los tonos a petróleo –que son característicos de la variedad– aparecen un año después en la botella. Al final de la cata llegó la sorpresa mayor: un syrah de alta gama que no tiene más de 12.5 grados de alcohol. Mientras la mayoría de los grandes vinos chilenos se acerca a los 15 grados, este Miramar Syrah 2006, de Lo Abarca, recupera el viejo placer de beber sin aspavientos, casi sin que se note.

El tema es polémico. Un alto grado alcohólico no es un problema mientras el vino sea equilibrado, pero no son pocos los que piden bajar un poco la graduación en busca de botellas más amables y fáciles de beber. Y un vino como Miramar 2006 (38 mil pesos) es lo que estaban esperando: un tinto jugoso, intenso en sabor, con un toque herbal distintivo, un vino que no destaca por la musculatura sino por la gracia, la alegría con que se bebe.

La cosecha 2008 llega incluso a los 11.7 grados de alcohol, pero para Marín tal dato no es relevante. “Sobre todo son los críticos ingleses los que piden menos alcohol, menos de 13 grados. Pero no es crucial. Para saber si un vino es bueno no tienes que ver los análisis de laboratorio, sino que hay que catarlo”.