Mientras a su edad muchos cineastas se van a los cuarteles de invierno, Clint Eastwood mantiene un plan de trabajo envidiable y ahora presenta Gran Torino, injustamente olvidada en los Oscar. A los 78 años, el realizador de Los Imperdonables parece más fecundo y urgente que nunca.

  • 5 marzo, 2009

 

Mientras a su edad muchos cineastas se van a los cuarteles de invierno, Clint Eastwood mantiene un plan de trabajo envidiable y ahora presenta Gran Torino, injustamente olvidada en los Oscar. A los 78 años, el realizador de Los Imperdonables parece más fecundo y urgente que nunca. Por Christian Ramírez.

Cuando en un par de semanas, Clint Eastwood tome un avión a Johannesburgo para comenzar el rodaje de El factor humano –su película sobre cómo Nelson Mandela usó la Copa Mundial de rugby para fortalecer la democracia sudafricana en 1995-, de seguro habrá dejado atrás la inexplicable ausencia en los Oscar de Gran Torino, su sorpresiva taquilla (cerca de 150 millones de dólares, la mejor de su carrera), la escasa atención conseguida por la ambiciosa El sustituto, ni se le pasará por la cabeza que a los 78 años uno sea demasiado viejo para cruzar medio mundo y plantar la cámara otra vez.

Lo más probable es que esté pensando en el equipo que lo espera. En Morgan Freeman, su protagonista y coproductor; en Tom Stern, su director de foto; en James Murakami, su diseñador de producción, en Deborah Hopper, su diseñadora de vestuario. A su modo, ellos también “son” Clint Eastwood; gente que ha contribuido a alimentar las fases recientes de un ya extenso mito artístico, pero que -ante todo- está ahí para lo único que le interesa al director: contar de la forma más simple y efectiva una buena historia.

No se trata de un objetivo muy distinto del perseguido por sus colegas sesentones, claro que con una gran diferencia: Eastwood todavía hace buenas películas. Perdón, corrijo: hace mejores películas. Mientras Coppola juega al incomprendido, Lucas recicla Star Wars para la TV, Scorsese posproduce Shutter island a paso de tortuga, Spielberg duda sobre filmar Lincoln y Woody Allen se desgasta con cada nuevo título, Clint se mueve con tanta velocidad que pareciera tener alas: estrena “a la antigua” (a ritmo de dos películas por año), anuncia proyectos de largo plazo, compone música para producciones ajenas y deja que todos nos solacemos comentando acerca de sus años crepusculares, para hacer luego una finta y volver a dejarnos atrás.

Ingmar Bergman, otro trabajólico de la tercera edad, decía que pasados los 75 uno acelera la marcha y entra en el quinto acto. No todas las obras –ni las vidas– lo tienen, pero si está ahí hay que sacarle provecho. Y vaya qué tremendo quinto acto el que nos está regalando el director californiano.

 

 


 
LA CONQUISTA DEL HONOR (2006). El filme más arriesgado y ambicioso de su
carrera. Un esfuerzo digno de John Ford.
LOS IMPERDONABLES (1992). Uno de los grandes westerns de todos los tiempos  

 
CAZADOR BLANCO CORAZON NEGRO (1990). Recreando las aventuras de John Huston en Africa, Eastwood acaba un tremendo discurso sobre el poder absoluto del director.  

Pragmatismo y adaptación

¿Cuándo comenzó esta explosión de energía? Probablemente en 2002, después del naufragio de Deuda de sangre (Bloodwork), uno de los flojos policiales basados en best sellers de aeropuerto con los que se entretuvo después de Los puentes de Madison, en los que lucía cómodo, bien vestido y claramente fuera de compás con su entorno. Achanchado. Un pálido reflejo del realizador cuya mirada se había puesto más y más sofisticada con los años (Bird, Cazador blanco corazón negro, Los imperdonables, Un mundo perfecto) a punta de refregar en el rostro de la nueva generación ideas que de tan clásicas resultaban sorprendentes.

Mucho se ha comentado sobre su eventual retiro tras Gran Torino, pero realmente fue en ese mal momento –a inicios del nuevo siglo– cuando el Eastwood actor pasó a jubilación. En vez de seguir hundido en el lugar común, dejó de estar al centro de sus cintas, mostrando en su lugar preocupaciones que lo retrataban de cuerpo entero: la brutal administración de justicia (Río Místico), la autodeterminación (Million dollar baby), la historia como ejercicio de objetividad (La conquista del honor) y, con Torino, la refundación de una nación. Nada menos.

¿Se nos convirtió en estadista, Clint? Todo lo contrario. A su manera, la obra de Eastwood es el raro ejemplo de cómo las partes se han ido adaptando a medida que el todo no para de transformarse. Puro pragmatismo y sentido de la oportunidad.

De modo que el tipo que hace tres décadas se daba besitos con un orangután amaestrado es el mismo que hace año y medio filmó a Angelina Jolie aplastada por un espectral Los Angeles de los años 30, en El sustituto, y el mismo que en Gran Torino se mete en la piel de Walt Kowalski, un ajado veterano de guerra que debe ajustar sus prejuicios raciales ante una nueva ola de inmigrantes que, según él, se parecen mucho a los asiáticos que solía perseguir años atrás en Corea.

“Me gustaban los dilemas de este sujeto”, contó hace poco a The Guardian. “Me gustaba el mensaje de una vieja América que tal vez está obsoleta. Y la idea de un personaje, aunque pasado de moda, que tenga la capacidad de aprender cosas nuevas”. Claro, Eastwood está hablando del agrio Walt, pero también de la parte de sí mismo atada a una tradición de valores y creencias que, por un tiempo, parecieron fijados a fuego y que él ha sido capaz de revisar una y otra vez.

Lo curioso es que lo ha hecho apelando a la herramienta más vieja del libro: el melodrama. Que no extrañe entonces que sus producciones se hayan vuelto más y más oscarizables (de sus últimas seis, tres han sido nominadas a Mejor Película). Clint le baja el perfil al asunto y dice que es pésimo a la hora de promoverse: filmó Gran Torino en tres semanas aun a costa de dañar la percepción de El sustituto. Y acertó. Filmó fuera de contrato Cartas desde Iwo Jima porque le parecía que completaba el marco de La conquista del honor. Y acertó otra vez. Hizo Million dollar baby, porque parecía una idea digna de Oscar (lo era), pero en el fondo porque encarna a la perfección el cine de su “quinto acto”: emocional, desgarrado, fatal.