Brasil ya no prestará su casa para la cumbre mundial del clima que tendría lugar en 2019. Bolsonaro no cree que el asunto revista de gravedad. Su futuro canciller llegó a señalar que el cambio climático era un complot del marxismo cultural. Emulando a Trump, los nuevos gobernantes brasileños han dicho que se trata de una gran conspiración del gobierno chino para detener el progreso industrial de sus competidores. Es cosa de ver el frío polar que está haciendo en invierno, tuitea el presidente estadounidense en esta época del año. Sencillamente no puede haber calentamiento global, concluye, apelando a la percepción común de sus compatriotas.

El nexo entre discursos populistas de extrema derecha y negacionismo científico respecto al cambio climático está comenzando a ser investigado. A Trump y Bolsonaro hay que agregar el UKIP británico y el AfD alemán. Mientras el primero propone seguir los pasos de Trump y retirarse del Acuerdo de París, el segundo insiste que el clima ha cambiado desde que el mundo es mundo y que las simulaciones realizadas por el Panel Internacional del Cambio Climático son solo juegos computacionales. Aunque no han llegado a ser gobierno, UKIP fue el gran ganador del Brexit y el AfD ya es el tercer partido más grande del Bundestag. Casos similares de hostilidad al discurso alarmista de la comunidad científica se han reportado en otros escenarios donde la extrema derecha populista goza de plataforma.

Lo que ha ocurrido en Francia en las últimas semanas añade otro capítulo a la historia. El movimiento “les gilets jaunes”, o de los chalecos reflectantes amarillos, nace para resistir las medidas anunciadas por Macron para combatir el cambio climático, entre ellas, el aumento al impuesto a los combustibles fósiles. Aunque después se ramifica y complejiza, la estructura original del conflicto es más o menos simple: una clase media atosigada por el costo de la vida y que necesita la bencina para moverse de la periferia al centro, se rebela contra una elite progresista y cosmopolita que puede darse el lujo de pensar en el planeta. Dicho de manera aún más sucinta, el pueblo no quiere asumir los costos de una política verde. No es casualidad que el movimiento haya recibido las loas de Marine Le Pen, por la ultraderecha, y de Jean-Luc Mélenchon, por la extrema izquierda. En lo contingente, ambos quieren capitalizar el descontento popular. En lo central, ambos populistas están unidos en un relato contra el liberalismo globalista y la socialdemocracia bienpensante.

Este discurso populista –ese que subraya la oposición moral entre un pueblo virtuoso y una elite corrupta– tiene varios elementos dignos de ser tomados en consideración. No es puro odio ni pura mentira. Sabemos que el chancho está mal pelado. También sabemos que muchas decisiones se toman en cuerpos no electos que emplean criterios técnicos inaccesibles al ciudadano ordinario. En ese sentido, el populismo es la exacerbación del ánimo democrático. Y está viviendo sus mejores días. Como viene repitiendo Steve Bannon, ahora en su calidad de conferencista internacional y proselitista-salido-del-clóset, el dilema del futuro no es democracia liberal versus populismo, es populismo capitalista versus populismo socialista.

Si Bannon tiene razón, es una pésima noticia para el planeta en su dimensión más básica: su ecología. Porque Macron será un pije; el Panel Internacional del Cambio Climático, un consorcio de científicos que nadie eligió, y el Acuerdo de París, un obstáculo a la soberanía de las naciones, pero en esto tienen razón: la amenaza es real y hay que hacer algo al respecto. Ya estamos llegando tarde. Los populistas, sin embargo, florecen en el negacionismo. Es más rentable decir que todo es un invento para que el pueblo no pueda seguir forjando los fierros de la industria. Lo fue para Trump, que hizo campaña con un casco prometiendo que reabrirían las minas de carbón.

Al populismo le cuesta ser verde, porque una política verde implica muchos sacrificios. Es el costo que los chalecos amarillos no están dispuestos a asumir. “La crisis climática es una guerra contra los pobres”, rezaban las murallas parisinas. En esta narrativa, el cambio climático ya no solo es un invento de los chinos o del marxismo cultural, también de las elites económicas e intelectuales para detener el carro del progreso, justo cuando ellos ya disfrutaron de todos sus beneficios. Es un portazo en la cara al pueblo que reclama su derecho al consumo contaminante. Porque el consumo no contaminante tiene precios fuera de su alcance.

El problema de esta narrativa es que su desenlace práctico será el inverso: son los pobres del mundo los que más van a sufrir con los efectos del cambio climático. Como bien decía Joaquín Lavín, los ricos se cuidan solos. Ya circulan series y películas con distopías futuristas donde los pudientes colonizan el espacio mientras los pobres se quedan recolectando escombros en un planeta casi inhabitable. Las crisis migratorias que vienen no serán forzadas por la guerra en Siria ni por la tiranía en Venezuela, sino por la desertificación, el aumento del nivel de los océanos a partir del derretimiento de los cascos polares y las catástrofes naturales. Como siempre lo han hecho, las elites encontrarán la manera de zafar de aquello. Los chalecos amarillos del mundo, no la tendrán tan fácil. La crisis climática es efectivamente una guerra contra los pobres. Pero no en el sentido que ellos sospechan.