• 22 agosto, 2008

 

No todo se juega en la racionalidad de las políticas públicas. Las irracionalidades a veces también tienen algo que decir. Por Héctor Soto.

Para el cinismo de esta época, el único político que debería cantar victoria es aquel que habiéndolo hecho mal es reconocido, aplaudido, reelegido o coronado como gran estadista una y otra vez. No tendría gran mérito hacerlo bien y ser apreciado por la ciudadanía en función de los resultados. La gracia por la inversa estaría menos en ser que en parecer.

Alan García podría entregar experiencias interesantes a este respecto. A pesar de haber hecho uno de los peores gobiernos de la historia del Perú, García volvió al Palacio Quemado hace dos años y, para que se vea que en la política no todo está escrito para siempre, ahora está haciendo un gobierno que ha inducido a muchos observadores a hablar con entusiasmo de un supuesto “milagro peruano”.

Su caso es también notable porque es el único político del Apra que ha llevado dos veces a su partido al poder. Es cierto que la segunda lo pudo hacer porque su candidatura representó el mal menor para el centro y la derecha peruanos. La otra alternativa era Ollanta Humala. Pero sería una pequeñez no reconocer que el presidente tiene conexiones fuertes con el Perú profundo, que es un político de muchos recursos, que a veces puede ser un encantador de serpientes y que si de algo sabe –y sabe mucho– es de política. De política entendida no como la ciencia del diseño e implementación de políticas públicas eficientes, sino como ese arte un poco oscuro que consiste en tocar, con la astucia de los zorros pero también con la convicción de los misioneros, la tecla justa en el momento preciso.

A lo mejor no tenemos a alguien así en la política chilena. Pero a lo mejor ese alguien es ni más ni menos que Patricio Aylwin. El ex presidente sabe poco, muy poco, de economía, pero nadie en Chile podría darle lecciones de política. Es más: en este plano la cátedra la imparte él. No hay político en nuestro país que puede decir que jugó un rol tan decisivo como el suyo en los dos momentos que dividieron las aguas de la historia chilena del siglo XX. Uno fue el derrumbe del sistema político en 1973. El otro, la recuperación de la democracia el año 1989.

Un político que logra estar en la línea de fuego de ambos acontecimientos no es sólo alguien con buena elasticidad muscular y política. También es alguien que se las ingenia o tiene el talento natural para estar donde debe estar. En este caso específico, para estar al lado de las mayorías y tener un cuento cívico, un discurso le dicen ahora, verosímil y convincente. Tan convincente, de hecho, que el primer convencido es sin duda el propio ex presidente.

En este talento, por más que la ciencia política se devane los sesos y por más que las tecnocracias crean que el buen gobierno se reduce a un aséptico asunto de concepción de políticas públicas bien orientadas y sensatas, los políticos son insustituibles. Necesarios e insustituibles.

Invitados de piedra a la escena pública, por lo general despreciados, especialistas en todo y al mismo tiempo en nada, turbios a la hora de la maquinación o el complot pero diáfanos en los pocos momentos de encuentro de los países con la Historia, los políticos de envergadura, los estadistas, no sólo saben poner la vela donde sopla el viento y encarnar las aspiraciones colectivas en un momento dado. También saben darle un sentido colectivo, una urgencia épica, a las causas que abrazan. Y por eso se ganan el derecho a situarse al centro en la foto colectiva.

¿Cuánto de política, entendida en estos términos, sabrán los próximos candidatos presidenciales? Respecto de Lagos, obviamente, la pregunta está de más. El ex presidente, hay que reconocerlo, lo hizo bien en estos dominios. Su gobierno fue una lección respecto de que -más allá de las prioridades y agendas de una administración- el ejercicio del poder supone un ethos y una cierta majestad pública que no viene incluida en el cargo de presidente. A Lagos le fallaron las políticas públicas –la redistribución, la energía, el Transantiago, la educación– pero la política no le falló.

El caso de Insulza es más dudoso porque, sin desmerecer su enorme experiencia de gobierno, el riesgo en que constantemente está incurriendo el ex ministro es entender la política como pura negociación. Sin duda que es eso. Y sin duda también que es algo más.

Queda el nombre de Piñera. Está claro que es un político de inteligencia amplia y que fue un gran senador. Pero hasta ahora, estando bien rankeado en las encuestas, no ha logrado desplegar ante el país su proyecto político y los alcances de su relato. Tampoco ha logrado poner su liderazgo a las alturas del futuro. Su gente, en todo caso, dice que la campaña todavía no comienza. El tiempo sin embargo ya está corriendo y en esto los ciclos son distintos. Como lo saben Frei y Bachelet, una cosa es llegar a la presidencia y otra un tanto distinta es entrar a la Historia.