El periodista fue el primero en cuestionar la calidad del fallo del juez Alejandro Madrid que determinó que hubo homicidio en la muerte de Eduardo Frei Montalva. Tras sus dichos, varios se sumaron a la tesis de que no existen pruebas concluyentes del magnicidio, mientras otros critican que un conocido concertacionista como él se haya lanzado en contra de una sentencia tan emblemática. la influencia del columnista en la opinión pública quedó en evidencia.

  • 28 febrero, 2019

Por Antonieta de la Fuente y María José Gutiérrez

foto: Álvaro de la fuente

El periodista fue el primero en lanzar la piedra después del fallo en primera instancia que acreditó la existencia de un magnicidio en la muerte de Eduardo Frei Montalva. “El fallo plantea una verdad jurídica muy insuficiente”, dijo en una entrevista a Diario Financiero el viernes 1 de febrero, postura que confirmó al día siguiente en su columna en La Tercera: “Por duro que parezca, la sentencia del juez Madrid está lejos de los estándares de la justicia en los casos de derechos humanos”. Como era esperable, sus palabras generaron una ola de críticas, principalmente desde la DC. Andrés Zaldívar, Matías Walker, Sergio Micco, entre otros, manifestaron su molestia. Mientras que en redes sociales varios salieron a reprochar su atrevimiento al cuestionar un fallo de la justicia. Incluso hay quienes ocuparon este episodio para validar una opinión que hace rato viene dando vueltas en el mundo intelectual: Cavallo se derechizó. “No se le ha leído una crítica contra la elite con nombre y apellido. Pero contra la izquierda, todas las semanas. Apoyó el viaje de Piñera a Cúcuta, sin ir más lejos. O sea, se cambió de bando”, dice uno de sus detractores.

Otros plantean que está defendiendo su versión de la Historia Oculta del Régimen Militar, que publicó en 1988. “Muchos piensan que está obsoleta porque han pasado demasiadas cosas no incluidas, lo que los obligaría a rehacer el libro que se vende clásico oleado y sacramentado”, agrega otra persona.

“En el tema de la muerte de Frei, Ascanio no ha cambiado su postura desde el día uno”, dice una persona que conoce de cerca al columnista.

El periodista era editor de Cultura en la revista Hoy en enero de 1982, cuando murió Eduardo Frei Montalva, pero la agonía del ex presidente era tan sensible para ese medio, que todos los periodistas salieron a cubrir la noticia. “Fui testigo vivo de todo lo que pasaba en la Clínica Santa María en esos días, de la cantidad de demócratacristianos que circulaban y de que el staff médico y todos los que lo rodeaban eran DC”, dice Cavallo, quien en privado ha comentado además lo mal redactado del fallo y la cantidad de faltas de ortografía que tiene.

Uno de sus cercanos cuenta que en 2006, después de ver el reportaje realizado por la periodista Mirna Schindler en Informe Especial, donde se deslizó por primera vez públicamente la tesis de un magnicidio orquestado por la dictadura, Cavallo sostuvo en privado que los antecedentes no conducían a la conclusión de un asesinato.

Las críticas al fallo dejaron en evidencia las dudas que aún se ciernen sobre una de las muertes más emblemáticas bajo el régimen de Pinochet. Desde ese entonces, movió la aguja y ya son varios los que se han sumado a sus dichos. La influencia de Ascanio –como todos le dicen, omitiendo su apellido– marcó una vez más la pauta en la opinión pública.

La historia de su madre

Más que por su nombre –que su padre le puso por el protagonista de la novela de Alejandro Dumas–, los niños de su edad se burlaban de su apellido: ahí viene el caballo, la yegua, el potrillo, le decían. Acostumbrado a esas bromas, creció en la comuna de Independencia en una familia católica, aunque no practicante, y desde que tiene uso de razón se reconoce como agnóstico. Siempre fue callejero, en las mañanas estudiaba en el Instituto Nacional y las tardes completas las pasaba deambulando por el centro hasta llegar a pie a su casa. Eso, ha dicho, le permitió de a poco ganar autonomía ante sus padres, que intentaban sobreproteger a su único hijo.

Su papá, Juan Segundo Cavallo Sepúlveda, era almacenero y pinochetista. Su madre, Ángela Custodia Castro, era dueña de casa y pinochetista también. El primero murió sin retractarse de su posición política y Custodia, pese a haber sido torturada en Tejas Verdes, mantuvo su postura hasta que Patricio Aylwin llegó a La Moneda. Entonces se volvió aylwinista fanática. Ascanio, en cambio, siempre se mantuvo como un férreo opositor a la dictadura.

Su pasión por el cine la heredó de su padre, pero sobre todo de su tío, con quien pasaba horas viendo películas. Coleccionista de posters y afiches durante su adolescencia, hacía fichas de películas donde escribía la trama y un comentario de cada una de ellas. En 1975 formalizó su afición: tomó un curso de cine en el Instituto Chileno-Norteamericano, y con los otros asistentes crearon un cine club durante tres años en el que programaban películas antiguas (de los años 50) y luego las debatían. Pese a su fanatismo, nunca consideró estudiar cine: era una apuesta demasiado arriesgada para alguien asegurado y racional como él. Literatura era una opción, porque siempre destacó por su buena escritura e interés por los libros, pero periodismo era una carrera más fácil, que le permitiría tener un título rápidamente y un trabajo estable, para poder independizarse de sus padres. Así que entró a la U. de Chile. 

Aún era estudiante cuando su madre decidió contarle su verdad: le dijo que tenía tres hijos de un matrimonio anterior, a quienes nunca más vio, y le pidió que no le hiciera preguntas. Ascanio hizo caso: nunca más se habló el tema. Solo 35 años después, cuando Ángela murió, el periodista escribió Historia sobre mi madre muerta, un libro donde narra el caso, pero desde una perspectiva lejana. “Mi interés era narrar la experiencia de la mujer doméstica chilena, no contar una historia íntima”, ha dicho al respecto: describir esos tiempos, la atmósfera, la luz de los paisajes del sur de Chile. Casi como si se tratara de una película. Cuando le han comentado su falta de empatía, él simplemente responde: “Yo no lo veo así. Incluso cuento que lloré dos días enteros”.

El periodista empezó a escribir esta historia para revista Paula, sin embargo, el proyecto creció una vez que conoció a Rocío, su sobrina, quien lo contactó tras la muerte de su mamá y fue determinante para conocer la parte de la historia que nunca conversó con ella. Con su sobrina aún mantiene contacto, el resto de la familia ya está muerta.

Periodista político

“Es el episodio más doloroso de mi vida profesional”, dice Ascanio Cavallo sobre lo que ocurrió cuando era director del diario La Época. Le llegó un dato: en el Hospital Militar habría un sumario en contra del vicecomandante en jefe de Ejército por un negociado de insumos al interior de la institución vinculado directamente a la máxima autoridad. Le encargó seguir el caso a la periodista Alejandra Matus, quien corroboró la información y la amplió con diversas declaraciones en off. Eso sí, sin ningún documento que lo probara. Ascanio decidió publicar. De inmediato llegó la respuesta de las Fuerzas Armadas: amenaza de querella a menos que hubiese una retractación pública en la portada del diario. Sin ninguna forma de acreditar la investigación y ante la posibilidad de que ambos periodistas fueran presos, Cavallo decidió publicar el desmentido, lo que generó varias críticas del equipo periodístico. Años más tarde, se comprobó que el caso era cierto. “Caí en una trampa, en una pelea de poder entre distintos bandos del Ejército. Era una pelea de perros grandes y salí trasquilado”, cuenta sobre el hecho. 

Antes de dirigir La Época, recién egresado y luego de trabajar pocos meses en TVN y Qué Pasa, Abraham Santibáñez, quien había sido su profesor, le abrió las puertas en la revista Hoy para trabajar en la sección de cultura con Guillermo Blanco. Ahí, a través de cartas que distintos corresponsales mandaban desde el exterior, conoció a Antonio Martínez, su entrañable y más cercano amigo.

De ahí pasó a la sección Internacional y luego, en 1984, se transformó en editor político de Hoy. Su director, el premio nacional de Periodismo, Emilio Filippi, le encomendó cubrir a los militares y al gobierno. Hasta entonces, la revista publicaba básicamente lo que ocurría con la DC, partido en el que Filippi militaba. Rápidamente, Ascanio logró infiltrarse en el gobierno, lo que le permitiría escribir en 2004 Historia oculta del régimen militar, junto a Óscar Sepúlveda y Manuel Salazar. Además, por esos años empezó a organizar desayunos con la generación bajo 40 años, donde asistía Andrés Allamand, Juan Antonio Coloma, Ricardo Núñez, entre otros.

Cavallo se había ganado la confianza de Filippi, quien le asignó una secreta misión: fundar La Época. Sin que nadie se enterara, le encargó hacer el proyecto periodístico de un diario laico y progresista, tomando como ejemplo El País, de España. El 18 de marzo de 1987 se lanzó La Época, con Filippi como director y Cavallo como editor general. “Él fue su mentor. Fue criado y honrado por su sabiduría, de un periodismo independiente, plural y el principio de las tres fuentes: sin ellas no hay historia publicable”, asegura una persona que trabajó con él. “Más que mentor, fue mi promotor. A los 26 años me nombró editor político y antes de los 30 me encargó hacer un diario”, replica Cavallo. “Él era muy DC, lo que me pareció siempre incompatible para un periodista, era muy amigo de Frei Montalva. Aunque en el partido él era uno de los próceres, no era el goma”, asegura. 

La Época nunca logró afirmarse financieramente. En 1993 la sociedad quebró, y entró a la propiedad Copesa. Cavallo asumió como director. Pero en 1995 cambió nuevamente de dueño y se traspasó el control a la Radio Chilena, ligada a la Iglesia Católica. El cambio de línea editorial no lo convenció, decidió renunciar y volvió a Hoy como director. Tres años más tarde, la revista también cerró.

“Dos medios quebraron con él a la cabeza. Eso no se lo perdonan”, dice un intelectual. Cavallo hace una autocrítica: “Los medios de oposición no sabíamos competir en mercados abiertos”.

Camisas blancas

Por años, todos los lunes, Antonio Martínez y Ascanio Cavallo se instalaban después del trabajo en una mesa ubicada en una esquina del restaurante Tip y Tap de la calle San Crescente. Pero hace un año un altercado los hizo cambiar de local: no tenían cerveza Cristal Cero, la que el periodista toma a veces desde que hace cinco años tuvo un infarto que lo obligó a cambiar su rutina. Dejó de fumar –consumía hasta una cajetilla diaria– y abandonó la cerveza tradicional y el whiskey. Desde entonces, él y Martínez se instalan en un restaurante en Isidora Goyenechea que prefiere no revelar para evitar ser molestados por “sapos” durante sus tertulias en las cuales hablan 80% de cine, su tema favorito.

“Ascanio tiene mesa reservada en varios restaurantes”, dice una de sus amigas, lo que él desmiente y dice que es parte de un mito. El Carrousel era otro de sus locales preferidos, pero desde que lo cerraron prefiere frecuentar el Pinpilinpausha, el Rivoli o el Tiramisú: es muy amigo de su dueña, Patricia Roccatagliata. Para su cumpleaños número 60, que celebró hace dos años, eligió el Divertimento, donde hizo una fiesta en la que se reunieron todos sus amigos. El único político que asistió fue Andrés Allamand.

“Ascanio es muy entretenido, le gusta contar anécdotas, tiene muy buena memoria, le pone color, inventa sobrenombres, es bien pelador también”, cuenta un cercano. 

Es bien a la antigua también, “de formas”, dicen sus amigos. Eso se refleja, por ejemplo, en su forma de vestir. “Su clóset está lleno de muchas camisas blancas, casi no usa de otro color”, dice una colaboradora. Y cuando ha intentado innovar no le ha ido bien. Sucedió una vez que lo invitaron a Tolerancia Cero a hablar de la demanda boliviana en La Haya. Esa vez eligió una camisa celeste con un polerón tipo universitario, lo que le valió el bullying de varios de su equipo. Incluso en Tironi, consultora de la cual es socio, hicieron una especie de afiche con su particular tenida, que pegaron en el diario mural de su oficina.

Su estilo más clásico también se refleja en sus hábitos. No tiene, y dice que no piensa tener, cuenta en Twitter. Considera que es una falta de tiempo y ejemplifica: “Cuando trabajaba en revistas recibíamos cientos de cartas al director, todas con diferentes opiniones y no siempre fundamentadas ni bien informadas. Conozco ese mundo y me interesa poco”, dice. Tampoco ve series, lo que parece raro en un fanático del cine. “Me molesta esa forma de consumo, estar 14 horas pegado al televisor con una historia adictiva, pero que se olvida rápido. Es como el atún en lata, me parece desechable. Yo no veo al cine así”, afirma. Sí hace excepciones, por ejemplo con Twin Peaks, “solo porque es David Lynch”, agrega.     

Le encanta hacer viajes en auto. Se puede ir manejando solo a Valdivia escuchando música, cuenta Eugenio Tironi. Pero estas vacaciones las ha pasado principalmente en Santiago. Solo se escapó los primeros días de enero a Zapallar, se instaló en el Hotel Isla Seca, donde siempre ocupa la misma pieza, para terminar un libro en el que trabajaba desde hace algún tiempo. También ahí aprovechó de pasar por el Chiringuito y el César a saludar a los conocidos.

Para mitad de año tiene preparado viajar a Holanda, donde vive el menor de sus dos hijos. Ambos son abogados, mantienen una relación cercana y comparten su afición por el cine. Hace un año y medio, Ascanio se transformó en abuelo. Y aunque según confidencia una amiga, no es de esos que cuidan a los nietos los fines de semana, sí “chochea con sus fotos”. 

El calculista

Eugenio Tironi y Ascanio Cavallo se conocen desde los 80. A comienzos de los 90 se hicieron más cercanos, cuando el sociólogo trabajaba como director de la Secretaría de Comunicaciones del gobierno de Patricio Aylwin y se reunía constantemente con el director de La Época, como fuente.

Años más tarde, cuando Ascanio salió de Hoy, Tironi lo invitó a asociarse a su consultora que había fundado en 1994. En ese entonces, aún no existía la figura del lobby y poco se conocía sobre las asesorías comunicacionales. Cavallo aceptó la propuesta con el compromiso de poder mantener sus cosas: las columnas semanales de política y cultura y los viajes a Los Ángeles para escoger las películas de los vuelos de Lan durante seis semanas al año.

“Si Eugenio Tironi destaca y peca por la audacia, Ascanio Cavallo lo hace por la prudencia y racionalidad. Uno es el creativo, el arquitecto, y el otro, el ingeniero calculista. Tironi imagina el puente; Cavallo advertirá cuánto peso aguanta el puente, es un extremista de la evidencia y el dato”, asegura un miembro de la consultora.

Como socio de Tironi, Cavallo se reúne periódicamente con varios empresarios y ejecutivos de las empresas más poderosas del país. Sus análisis son muy requeridos.

Le tocó estar a cargo de varios hitos importantes dentro de la historia empresarial de Chile, como el ingreso de Endesa España, además de participar en una serie de consultorías, siempre en un equipo multidisciplinario.

Años más tarde, en 2002, entraría a la Universidad Adolfo Ibáñez para formar la Escuela de Periodismo, de la que fue decano hasta 2014. En 2015, a través de un amigo en común, recibió un llamado del entonces canciller de Bachelet, Heraldo Muñoz. Había una sensación de que Chile estaba perdiendo la batalla comunicacional frente a Bolivia en La Haya y había que hacer algo al respecto. Cavallo le pidió tiempo para hacer un diagnóstico. Seis semanas después llegó con un documento de 200 páginas.

Durante el año y medio que duró la asesoría, Cavallo mantuvo su oficina en Tironi, pero congeló su trabajo en la consultora y sus columnas políticas. Solo mantuvo las de cine. Testigo de su rol en el conflicto, aseguran que su participación fue clave para mostrar al mundo la visión de Chile en el diferendo con Bolivia. Pero Ascanio siempre lo pensó como una tarea temporal.

“Quería volver al análisis político porque venía un año electoral, así que extendimos un poco su salida y la hicimos de forma gradual. Incluso después de que dejó la tarea de asesor, seguimos conversando”, relata Heraldo Muñoz.

Una de las cosas que Ascanio Cavallo más resguarda es su independencia política, dicen en su entorno. Por eso nunca ha militado en un partido, pese a ser un reconocido concertacionista. Pocos saben que en tiempos universitarios participó durante un año en un grupo trotskista. “Lo estudié harto y más que por la parte política, se me hizo incompatible con mi sentimiento estético”, asegura.

Aunque constantemente se le vincula a la DC, él lo niega a destajo: “Mi relación con ese partido nunca ha sido buena. Al contrario, siempre tuvimos problemas porque ellos se sentían los dueños de los medios donde yo trabajaba”. Pese a eso, quienes lo conocen aseguran que tiene una relación cercana con Genaro Arriagada, Gutenberg Martínez, Soledad Alvear e Ignacio Walker. También se le reconoce cercano al ex presidente Ricardo Lagos. “Al único que reconozco como amigo en la política es a Andrés Allamand. Hemos pasado muchas cosas juntos”, asegura él.

Pero esto no importa cuando escribe su columna semanal de opinión política; si tiene que pegarle a alguien que estima, lo hace. Eso sí, antes reportea los datos con varias fuentes, para presentar los hechos de la forma más objetiva posible. Así lo hizo también con su columna sobre la muerte de Frei. Después de leer exhaustivamente las más de 800 páginas del fallo del juez Alejandro Madrid, consultó con abogados y otros jueces para confirmar su tesis.

Un ejemplo de su imparcialidad, dicen quienes lo conocen, es cuando en 2003 cuestionó si Lagos terminaría su gobierno debido al caso MOP Gate. Aunque el entonces Presidente no lo llamó directamente, sí le hizo llegar su molestia.

Otro episodio es cuando en 2010, tras el terremoto del 27F, escribió que el Ejército no salió a prestar ayuda. El ministro de Defensa de ese momento, Jaime Ravinet, publicó un inserto en El Mercurio desmintiéndolo. “Yo vi la bitácora de esa noche, y las acciones que hizo el Ejército. Y digo con toda seguridad que no salió a las calles”, explica. Y agrega: “Dejé a muchos heridos, y lo lamento, pero había un fundamento”.

Ascanio nunca ha dejado de reportear. “A diferencia de otros columnistas que plantean tesis que luego intentan probar a través de argumentos, él escribe lo que investiga”, dice uno de sus cercanos.

Una de sus características, cuentan los que han trabajado con él, es la fidelidad a sus fuentes. Cuando el juez Sergio Muñoz lo interrogó en el marco del caso Riggs, trató de averiguar por el nombre de sus informantes, pero el periodista no soltó ni una palabra. Que Mónica Madariaga, ex ministra de Pinochet, era otra de sus fuentes, tampoco se supo jamás, hasta que ella lo reconoció públicamente años más tarde. La relación entre ambos era estrecha: Cavallo incluso fue a su funeral.

“Ascanio siempre ha sido bastante realista en términos políticos. Entendiendo por realismo cierto maquiavelismo incluso. A estas alturas no se compra muchas quimeras, ni utopías, ni cosas de ese orden. Me da la impresión que ese mismo escepticismo es el que lo hace mirar con mucha distancia al Frente Amplio”, asegura el columnista Héctor Soto.

Es este grupo, con el bacheletismo fanático, e incluso Evópoli lo que le genera cierta suspicacia al columnista, cuentan quienes lo conocen. “Le cargan estas cosas medias naif, medias moralistas, que hablan con desprecio de la política, y ese infantilismo de pensar que el mundo parte con ellos, con una postura entre cuica y desinformada”, dice un cercano.

Igual se relaciona con ese mundo. “Lo convidan para hacer lobby, y él se deja querer, pero protege su independencia. Se ríe un poco de la gente que lo corteja. A él le gustan más los políticos de la vieja tradición”, dice un amigo. “Su sello es el humor afilado. Es el anti mainstream progre. Minimiza lo que escandaliza al progre promedio y maximiza un detalle secundario, que cualquiera dejaría pasar”, agrega una persona que trabaja con él. A juicio de Soto, “Ascanio tiene una finura en sus análisis que hace que sea el mejor columnista político del país, sin ninguna duda”.

Nadie sabe por quién vota. “Una vez le pregunté –dice un colaborador– en el contexto de una fiesta, dos días antes de una elección, y su respuesta fue: ni mis hijos saben por quién voto… olvídate que te voy a decir #%#}*+,  y lanzó una tremenda carcajada”.