Si tratara de convencerlos que vieran White dog, de Sam Fuller, contándoles sólo el argumento, es casi seguro que voy perdido. ¿Les interesaría ver la historia de una chica que adopta un lindo y fiel perrito blanco que se transforma en una bestia sanguinaria delante de los negros? Si ya es difícil hoy, cuando parece […]

  • 11 diciembre, 2008

Si tratara de convencerlos que vieran White dog, de Sam Fuller, contándoles sólo el argumento, es casi seguro que voy perdido. ¿Les interesaría ver la historia de una chica que adopta un lindo y fiel perrito blanco que se transforma en una bestia sanguinaria delante de los negros? Si ya es difícil hoy, cuando parece el argumento de una intolerante película de terror, imagínense cómo fue en 1982 cuando Fuller –un director veterano que se había pasado la vida dirigiendo baratos westerns y películas de guerra– presentó a sus productores lo contrario de lo que le habían pedido: ellos esperaban un fi lme de explotación y el realizador les tiró en la cara una de las lecciones más brutales sobre racismo e intolerancia en la historia del cine. Un fi lme-granada. En un Estados Unidos que recién se dejaba atrapar por la ola neoconservadora, White dog siguió el destino natural de estos productos: ni siquiera la exhibieron y desapareció del mapa casi por completo. Los que tuvimos la suerte de verla –en una copia desteñida, por decir lo menos– fue porque la rastreamos en la programación del cable a horarios ridículos o porque conseguimos una edición pirata. Jamás había sido lanzada en ningún formato casero, hasta que el sello Criterion Collection se hizo con los derechos y la editó justo a tiempo para las compras navideñas. De más está decir que se trata de un regalo durísimo de digerir: el perro blanco de Sam es el cáncer que se aloja en todos nuestros perjuicios modernos y está al acecho, listo para saltar.