Van Rysselberghe o Mañalich conocen por experiencia propia el impacto que pueden tener esos simples ciudadanos armados con imperceptibles cámaras o grabadoras de bolsillo. Conectados a la red, su influencia parece inmensa, aunque algunos estudios académicos digan otra cosa. Por Guillermo Turner

  • 5 mayo, 2011

Van Rysselberghe o Mañalich conocen por experiencia propia el impacto que pueden tener esos simples ciudadanos armados con imperceptibles cámaras o grabadoras de bolsillo. Conectados a la red, su influencia parece inmensa, aunque algunos estudios académicos digan otra cosa. Por Guillermo Turner

Junio de 1949. Un visionario George Orwell introduce con 1984 la escalofriante figura del Gran Hermano, esa suerte de juez supremo que domina toda la humanidad y conoce cada una de sus acciones.

Exportado de la literatura a la realidad, en las décadas siguientes el Gran Hermano fue tomando forma a través de omnipresentes aparatos de inteligencia, cámaras de seguridad, satélites de baja altura y otra serie de artefactos que pueden suponer tanto un servicio para los ciudadanos como una potente herramienta de seguimiento si caen en manos menos escrupulosas (razón más que suficiente para encender las alarmas sobre las 1.600 intervenciones telefónicas mensuales que dice realizar la Fiscalía).

Wikileaks y ese montón de cables más o menos útiles coleccionados por los servicios de inteligencia estadounidenses dejaron en evidencia que el Gran Hermano sigue tentado a prevalecer en los tiempos que corren, pero Jennifer 8. Lee, una analista de medios, parece estar más cerca de identificar al verdadero ojo rector que sigue nuestras vidas en pleno siglo XXI.

En un reciente artículo sobre predicciones del periodismo para 2011, la también ex reportera del New York Times planteó la consolidación del Pequeño Hermano: individuos comunes y corrientes con acceso a súper tecnología, simple y barata, como en definitiva son los celulares con cámara, grabadora, conexión a la web, Twitter, etc. Si no lo cree, pregunte sobre el impacto de estos reporteros de calle a la ex intendenta Van Rysselberghe o, más recientemente, al ministro Mañalich y sus exabruptos verbales.

Advertidos de esta situación, los asesores comunicacionales, o cualquiera que se precie de entender algo sobre la evolución mediática, se apresuraron en reforzar su atención a las redes sociales, buscando indicadores, sistemas de seguimiento o –simplemente– captar la atención positiva de los ciudadanos más influyentes en Twitter. Después de todo, se generó una suerte de consenso entre los analistas respecto a que grandes inversiones, como la central Barrancones, perdieron en la red su posibilidad de desarrollo, tras una movilización virtual que tuvo como protagonistas a connotados rostros de la pantalla que hoy concentran cualquier cantidad de seguidores en sus cuentas de Twitter.

El asunto es discutible, al menos si seguimos los resultados del estudio que hace un par de años desarrolló el investigador del Instituto Max Planck de Alemania Meeyoung Cha. Junto con Krishna Gummadi, Fabricio Benevenuto y Hamed Haddadi, se tomaron la molestia de analizar a 54 millones de usuarios que producen un total de 1.700 millones de tweets, para concluir que la “falacia del millón de followers” (Avnit 2009) tiene base real. “Comprobamos empíricamente que tener millones de seguidores no siempre significa mucho en el mundo Twitter”, señalan en su estudio. En otras palabras, que la influencia no guarda relación con la cantidad de seguidores.

También las cifras efectivas de uso de Twitter llaman la atención en el estudio de Cha, porque de 80 millones de ID en el papel, bajaron a 54 millones efectivamente en uso (cifras a agosto de 2009) con 1,7 billón de tweets. Pero decidieron trabajar con aquellas cuentas que en realidad registraran actividad, lo que definieron como “al menos 10 tweets durante toda su existencia”, y la cifra bajó entonces a 6 millones. Para terminar, revisaron quiénes eran los usuarios más influyentes en base a tres rankings: cantidad de seguidores, número de menciones por parte de otros twitteros y retweets. Sólo Ashton Kutcher (Michael Kelso en la serie That 70s show) y el rapero del Harlem Puff Daddy coincidieron entre los 20 primeros puestos de cada categoría.

Pero sin ánimo de polemizar sobre la verdadera relevancia o influencia de las redes sociales, el dato para los empresarios es que ese Pequeño Hermano está ahí y tiene la posibilidad de construir su propia habitación 101 (el espacio que en 1984 se utilizaba para destruir los impedimentos a amar al Gran Hermano), aprobando o rechazando proyectos con no más de 140 caracteres como argumento.