• 28 mayo, 2009


Resulta un imperativo ético poner lo mejor de nosotros cuando desarrollamos nuestras actividades, para dejar un país mejor a las futuras generaciones.

Declaro mi profundo agradecimiento y amor a Chile. País maravilloso por su geografía y, sobre todo, por su gente. Amo al país que a principios del siglo pasado recibió con brazos abiertos a mis abuelos para que se insertaran, formaran una familia y trabajaran. Deseo lo mismo a los nuevos inmigrantes.
Amo al país que educó a mis padres y les dio la posibilidad de fundar una familia. Todo eso gracias a un gran esfuerzo, por cierto, pero también a las oportunidades que se les brindaron. Mi padre estudió en una escuela pública, en un liceo público y en una universidad pública y llegó a ser profesor universitario. Todos sus hijos, al igual que él, tuvimos educación universitaria. Cosa que agradecemos.
Amo de Chile sus valores morales y su religiosidad, que me marcaron en la vocación sacerdotal y episcopal que llena mi vida. Sin olvidar mi ascendencia palestina y sintiéndome orgulloso de ella, soy chileno, me siento chileno y amo a Chile entrañablemente.

Pero Chile me preocupa. Lo veo muy centrado en lo económico. Por cierto que los progresos alcanzados en estas décadas han sido grandes y se han reflejado en un mayor acceso a bienes de consumo y a servicios que eran privilegio de pocos.

Sin embargo, el desarrollo de un país no puede determinarse por el crecimiento y los bienes que procura. El desarrollo será auténticamente humano cuando sea integral; es decir, de todo el hombre, en su dimensión corporal y espiritual, y de todos los hombres. Desde esta perspectiva estamos en deuda con nuestro país, y lo estamos todos. Percibo una esperanza casi mesiánica en que los problemas que nos aquejan se solucionarán a la par del crecimiento. Se habla poco del cambio de las personas como promotor del cambio de la sociedad. Quienes trabajamos en ambientes de mayor responsabilidad debemos cuestionarnos profundamente este aspecto.

Estamos en deuda porque la brecha entre unos pocos, que tienen mucho, es cada vez mayor respecto de los más: a los que apenas les alcanza para vivir. Percibo en algunos ambientes mucha ostentación, como si la valía de las personas dependiera del tener. Estamos en deuda porque muchos jóvenes, siendo muy capaces, por razones económicas no tienen acceso a la educación superior. Muchos de nuestros actuales líderes tuvieron educación gratuita. Estamos en deuda frente a la inseguridad por la delincuencia, y que no es más que el reflejo de un cierto malestar en un sector no despreciable de la población.

Chile me preocupa porque la familia ha sufrido cambios significativos que, sin duda, no ayudarán a un desarrollo armonioso de la sociedad como el que queremos. El número de parejas que contraen matrimonio y la natalidad han descendido bruscamente. Menos matrimonio, menos hijos y un porcentaje importante de ellos naciendo fuera del matrimonio obligan a pensar el futuro. Tendremos cada vez más bienes, pero estaremos cada vez más solos y sin referentes familiares sólidos. La dolorosa experiencia del verano antepasado en Francia, en la que murieron de calor miles de ancianos solos en sus departamentos, debe hacernos reflexionar.

Me preocupa también un proceso de banalización de la persona humana y de modo especial de la mujer, que es utilizada como instrumento para despertar pasiones y orientarlas al consumo. A los varones se les hace creer que la hombría y el éxito van asociados al tener. Creo que una sociedad que pierde el sentido del pudor está enferma y no dará buenos frutos. Esta forma de concebir el cuerpo y la persona ha llevado al empobrecimiento del valor y significado de la sexualidad, la que se entiende cada vez más disociada del matrimonio, el amor y la procreación. Es lamentable ver cómo los jóvenes tienen experiencias sexuales cada vez a más temprana edad y que los embarazos juveniles y las enfermedades de transmisión sexual han aumentado. Pensar que ello se soluciona con anticonceptivos, píldoras del día después o preservativos es un gran error. Sólo reconociendo el auténtico bien de la persona que brota de su naturaleza, y considerada en su dignidad inalienable como parte fundamental de la educación, podrá revertirse este proceso que ha causado dolor en tantas familias. Ello implica educar en una auténtica libertad; es decir, a la luz de la verdad y del bien de la persona. Urge más reflexión filosófica y teológica sobre estos aspectos y en cambio lo que vemos es que entre las universidades que se han creado en los últimos 25 años, y que sin duda han hecho un aporte, muy pocas cuentan con facultades de Filosofía o Teología.
Me preocupa cómo nos tratamos. Descalificamos con facilidad: un mero rumor lo hacemos verdad digna de ser proclamada. Creo que hemos perdido el respeto para tratar a las personas, así como una adecuada profundidad para analizar temas importantes. Esto termina atentando contra la honra de personas e instituciones.

Con todo, sigue habiendo jóvenes, si no la mayoría, que quieren estudiar, formar familia, educar a sus hijos. Son muchos quienes con ahínco se esmeran en sacar adelante a los suyos, y ello no exento de dificultades. Resulta un imperativo ético poner lo mejor de nosotros para dejarles un país mejor a las futuras generaciones. El deseo de bien y la fuerza con que brota del espíritu humano nos hacen pensar que estas situaciones son reversibles. La raigambre cristiana del país constituye la fuente desde donde podemos sacar la sabiduría para que primen la persona y su dignidad y no otros intereses que han de estar supeditados al primero. La Iglesia seguirá por esta senda en la convicción de que sólo en Cristo, el Verbo hecho carne, los hombres podemos encontrar las respuestas en torno a la vida, la convivencia y la muerte, y que son el fundamento del país que entregaremos a las futuras generaciones.