Los vinos del continente no sólo se remiten a Chile y Argentina. Uruguay, con sus ricos tannat, es una zona vitivinícola por descubrir. Y tiene emprendimientos novedosos como el de Viñedo de los Vientos, a 6 km del Atlántico.

  • 29 marzo, 2012

Los vinos del continente no sólo se remiten a Chile y Argentina. Uruguay, con sus ricos tannat, es una zona vitivinícola por descubrir. Y tiene emprendimientos novedosos como el de Viñedo de los Vientos, a 6 km del Atlántico. Por Marcelo Soto

Hay que ir a los extremos”, me dice Pablo Fallabrino, dueño y enólogo de Viñedo de los Vientos, uno de los emprendimientos vitivinícolas más interesantes de Uruguay. Estamos en Atlándida, a unos 6 kilómetros del lugar en que el río de la Plata se abre al océano. Es una tarde de marzo y el sol pega fuerte. El aire, una masa de aire caliente que te golpea la cara sin misericordia, tiene un toque agridulce, húmedo, que recuerda al trópico. Huele a fango, a barro, a algas.

No es el lugar ideal en el que uno piensa cuando busca sitios donde plantar vides y producir vino. Pero aquí, Fallabrino está haciendo vinos. Y buenos vinos.

Nieto de uno de los patriarcas de la industria vinícola uruguaya, Pablo es surfista desde que tiene memoria y seguramente hubiese seguido corriendo olas y nada más, si no hubiese sido por dos hechos lamentables. Primero murió su padre, en un accidente de auto a los 42 años en 1991, y luego su abuelo, en 1995. Entonces tuvo que tomar una decisión.

Angelo, su abuelo, había llegado a Montevideo en los años 20 desde el Piamonte italiano y se convirtió en uno de los mayores productores de vino en Uruguay. Sus tintos y blancos estaban en todas las mesas del país. Alejandro, hijo de Angelo y padre de Pablo, siguió sus pasos y destacó como uno de los más innovadores viñateros de la escena local.

Tras la muerte del padre, las grandes extensiones de viñedos se fueron perdiendo, por mala gestión y desencuentros familiares, pero Pablo quiso quedarse con un trozo de tierra, muy cerca del mar, donde aún puede surfear. Allí, junto a su mujer, Mariana Cerutti, han instalado una imperdible apuesta turístico-enológica, que bien vale la pena visitar, a media hora de Montevideo y a 50 minutos de Punta del Este.

“Mi idea es buscar vinos que sean distintos, complejos… No me gustan las cosas demasiado simples. El vino no es agua”, explica Pablo, mientras recorremos el viñedo. El suelo está mojado porque la noche pasada hubo tormenta. “Este año ha sido tropical, parece imposible hacer vinos acá”, reconoce. “El 2011, en cambio, fue el mejor en 20 años”.

Fallabrino tiene pinta de surfista, no de enólogo, pero se nota que lleva el vino en el cuerpo. Recuerda que su abuelo plantó 16 hectáreas de viñedos en 1947, básicamente semillón y tannat. Estaban un poco abandonados y él quiso rescatarlos. Ha ido replantando, modernizando la bodega, buscando nuevas variedades.

Hoy, tiene vinos llenos de carácter como Estival 2010, una mezcla de gewürztraminer (60%), chardonnay (30%) y Moscato bianco. Un vino que destaca por sus aromas florales y a piña madura, de rica acidez y estructura; con notas a almendras y miel, de una textura cremosa pero no empalagosa. Como toque extra, a la mezcla le pone al final un poco de mistela (un vino licoroso, dulce, que –ojo- aún se produce en zonas como Cauquenes), dejando una suma que no pasa inadvertida.

El tannat, por supuesto, no podía faltar en Viñedo de los Vientos. La cepa emblema de Uruguay es tratada por Fallabrino con gran delicadeza. Tiene una etiqueta con sólo el 30% de barrica, cuya añada 2008 presenta lo mejor de la variedad: un tinto de de buena estructura y taninos firmes, con aromas a fruta roja y negra, y una exquisita acidez. Además, elabora una mezcla, Eolo 2008, con 85 % de tannat y 15 % de ruby cabernet, que ha pasado 3 años en barrica. El vino, sin embargo, es tan poderoso que se siente vivo y fresco, lleno de frutas maduras y un toque de chocolate.

Pero quizá la mayor sorpresa de Viñedo los Vientos –aparte de encontrar parras que den buenos vinos en un lugar que uno asocia a playas y glamour- es la calidez con la que reciben al visitante. Mariana, gran cocinera, prepara unos menús de degustación sencillamente fenomenales. La tarde que los visitamos probamos una gran ensalada verde con queso y un filete a la parrilla con hongos, ambos formidables, perfectos en su simpleza. Si andan por ahí cerca en su próximas vacaciones en Punta del Este, Montevideo o José Ignacio, no dejen de pasar a verlos (http://www.vinedodelosvientos.com).

Paraíso por descubrir
La historia del vino uruguayo es una historia tardía –si se compara con Chile o Argentina-, porque las primeras parras llegaron en el siglo XIX. Sin embargo, su desarrollo en las últimas décadas ha sido importante y, sobre todo, posee un potencial no desdeñable. Con un consumo de 30 litros per cápita al año, ha estado por mucho tiempo enfocado al mercado interno, pero empieza a mostrar un gran futuro como país exportador.

La variedad clásica en el tannat, que da origen a vinos de estilo muy diverso: ligeros, listos para beberse o poderosos y apropiados para la guarda. Es una cepa que en general da vinos de aromas de fruta madura, negra y roja, de notable acidez y estructura y unos taninos de temer. Por lo mismo son vinos ideales para envejecerlos y beberlos después de varios años. Algunos perfectamente aguantan un par de décadas sin desmerecer.

Hay viñas tradicionales, casi todos de influencia italiana, como H. Stagnari, Pisano y Pizzorno;o de origen catalán, como Carrau. Pero uno de los emprendimientos más prometedores es el de Garzón, ubicado en la zona del mismo nombre, a unos 30 kilómetros del balneario de moda, José Ignacio. Con las espaldas financieras de la familia Bulgheroni (de inversiones petroleras) y la asesoría enológica del reconocido Alberto Antonini, la viña ha mostrado un gran potencial, no sólo en el tannat, sino en variedades blancas. A seguirles la pista.

Dónde comer
La huella. El lugar para ver y ser visto en José Ignacio. Rica y simple comida (mariscos, carnes, ensaladas) pero, sobre todo, gran ambiente.

Fish market. En Manantiales, muy cerca de Playa Bikini, este es un verdadero santuario del pescado a la plancha. Y las ensaladas son excelentes.
El AlmacÉn. En José Ignacio, esta es la última apuesta del chef francés Jean Paul Bondoouz, un tipo temperamental, igual que su cocina.

El chancho y la coneja. Tiene un aire hippie este lugar en La Barra, una mezcla entre mística y relajada. Los platos (pescados, pasta) son caseros y sabrosos.

Pizza tutta. Imperdible para saciar el hambre luego de una jornada de playa en José Ignacio. Excelente masa y agregados que le dan un toque gourmet.

Garzón. El famoso Francis Mallmann ha puesto un hotel y restaurante de súper lujo en un pueblo que parecía vivir una siesta interminable. A media hora de José Ignacio.