Cuenta la leyenda que en una reunión de gabinete, la entonces primer ministra británica Margaret Thatcher sacó de su cartera un ejemplar de La constitución de la libertad, del filósofo y economista austríaco Friedrich Hayek, lo tiró en la mesa y sentenció “en esto creemos”. En el improbable caso de que un liberal de centro llegara a La Moneda en las próximas elecciones presidenciales, pondría sobre la mesa el nuevo libro de Andrés Velasco y Daniel Brieba, Liberalismo en tiempos de cólera (Debate, 2019). Aunque no es un recetario de políticas públicas para gobernar, su mérito es proveer de coordenadas doctrinarias relativamente claras respecto de la dirección ideológica y el estilo que debiese adoptar esa tribu política, tan venida a menos en Chile y en el mundo. No será, como los autores lo reconocen, material de referencia para todas las ramas que salen del gran tronco liberal. Aunque se advierte el respeto intelectual hacia figuras como Adam Smith y el propio Hayek, ni Velasco ni Brieba se consideran liberales “clásicos”. El suyo es un ladrillo liberal “igualitario”, en la progresista tradición que anticipa John Stuart Mill y consolida John Rawls.

Más aún, dentro del liberalismo igualitario, Velasco y Brieba precisan que su idea política medular está contenida en la filosofía de igualdad democrática o relacional de Elizabeth Anderson, con guiños a Martha Nussbaum y Amartya Sen. A diferencia de los liberales igualitarios canónicos, que se centran en la importancia de la redistribución de los recursos económicos, la concepción de igualdad democrática apunta a generar relaciones sociales igualitarias –donde no hay dominación y cada ciudadano vive una vida relativamente autónoma– que son independientes de la igualdad material estricta. Desde este lugar montan una robusta crítica al proyecto intelectual que los autores identifican con Fernando Atria y en general con la orientación normativa del Frente Amplio, que también han asumido los sectores autoflagelantes de la vieja Concertación. En uno de los capítulos más importantes del libro, Velasco y Brieba proponen una concepción alternativa de derechos sociales que admite ciertas desigualdades en su provisión en la medida que se cumplan ciertos estándares. Agregan, sin embargo, una condición crucial: que esas desigualdades operen en favor de todos, y no solo de algunos. De otra manera carecerían de legitimidad, que es, a fin de cuentas, el objetivo final de cualquier proyecto político liberal: que las normas coercitivas que se imponen en una sociedad sean justificables para todos.

En una frase, Velasco y Brieba son promotores de un liberalismo del win-win, esto es, un liberalismo cuyo atractivo normativo reside en su promesa de que todos estaremos mejor, en parte, precisamente, porque se permiten ciertas desigualdades. Este no es el liberalismo utilitarista a-la-Friedman: no basta que, en promedio, la sociedad esté mejor. Tampoco es el liberalismo de suma cero de los llamados “igualitaristas de la suerte” (luck egalitarians) ni mucho menos el libertarianismo lockeano de los derechos prepolíticos de propiedad que es indiferente al resultado de la distribución. El liberalismo del win-win, que discurre de Smith a Rawls, exige que, si vamos a aceptar la desigualdad, sea beneficiosa para todos.

En este contexto, no sorprende que los autores evalúen positivamente el legado de la Concertación en Chile, y de la llamada Tercera Vía en el mundo. Bajo Ricardo Lagos, por ejemplo, nuestro país efectivamente creció con igualdad. Si de la obra del primer Rawls se dijo que era una especie de justificación ex post del Estado de bienestar, el libro de Velasco y Brieba es testimonio de las virtudes de los gobiernos de la Concertación. No solo de sus reformas políticas, económicas y sociales, sino también de su talante gradualista y moderado, que sería equivalente a una actitud liberal, cauta frente a los cambios radicales y escéptica de las revelaciones proféticas. En esta dimensión del liberalismo, barren para adentro hasta con Aylwin.

En todo caso, el adversario declarado del libro no es el socialismo atriano ni el Chicago-Gremialismo –como le llaman– que tanto ha influido en la derecha. Es el fenómeno populista, que Velasco y Brieba resumen como el discurso que niega tanto la complejidad de los problemas públicos como el legítimo pluralismo de ideas a la hora de enfrentarlos. La batalla del futuro, anticipan, será entre populismo y democracia liberal. Aunque la vía que proponen es específicamente liberal igualitaria en su registro doctrinario, los autores entienden que en esta batalla tendrán que hacer causa común con otras tradiciones que comparten nociones básicas con el liberalismo –como la idea de constitucionalismo liberal que aceptan conservadores, socialdemócratas y socialcristianos, y la misma idea de un talante o actitud liberal en el arte del gobernar–. Aunque no acusan directamente ni a la derecha ni a la izquierda chilena de populistas, identifican brotes problemáticos en ambos extremos. Aquí, se advierte una paradoja: por un lado, el liberalismo celebra el escepticismo frente a las autoproclamadas autoridades epistémicas que diseñan instituciones y políticas públicas top-down. Pero, al mismo tiempo, el rechazo al saber experto y la tecnocracia son marcas registradas del populismo. Nadie puede acusar a Velasco y Brieba de despreciar la evidencia científica y de glorificar el mero sentido común. Falta en ese sentido una explicación más contundente de las áreas que someteremos a control democrático y de aquellas que le serán sustraídas en función de la calidad de los resultados, especialmente si queremos trazar una línea divisoria entre populismo y liberalismo.