La literatura hispanoamericana experimenta vientos de cambios. Voces emergentes, autores mayores que ingresan al canon, viejas glorias en retirada y una postura vital entre los jóvenes narradores que no diferencia entre alta y baja cultura son algunas de las señas del escenario actual. Un paisaje en ebullición. Por Marcelo Soto; ilustración, Ignacio Schiefelbein.

  • 23 mayo, 2011

 

La literatura hispanoamericana experimenta vientos de cambios. Voces emergentes, autores mayores que ingresan al canon, viejas glorias en retirada y una postura vital entre los jóvenes narradores que no diferencia entre alta y baja cultura son algunas de las señas del escenario actual. Un paisaje en ebullición. Por Marcelo Soto; ilustración, Ignacio Schiefelbein.

 

Voces emergentes

Para muchos críticos y analistas, la argentina Pola Oloixarac (1977) es la “próxima sensación” de la narrativa latinoamericana. Su libro La teorías salvajes ha sido la novela independiente más comentada del último tiempo. En ella recrea la vida de los estudiantes en una universidad argentina, en la que se mezclan utopías rotas; sexo y romance; relaciones entre profesores y alumnos; todo, con múltiples referencias académicas y del mundo pop. Como comentó el influyente sitio literario estadounidense quaterlyconversation.com, “no sólo fue el gran descubrimiento literario del año, sino que ayudó a redefinir la imagen pública del escritor de la literatura en español”.

También desde Argentina proviene Patricio Pron (1975), una de las propuestas más audaces y consistentes de la narrativa reciente en español. Su último libro El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (Literatura Mondadori, 2010) es una evidencia a toda prueba: una colección de relatos, ambientados en Alemania, en los que combina una prosa impecable con una aguda mirada al ejercicio literario.

Otro autor para tener en cuenta es el colombiano Juan Gabriel Vásquez (1973), ganador del Premio Alfaguara 2011 por su novela El ruido de las cosas al caer, que se inicia con la búsqueda de un hipopótamo extraviado del zoológico privado de Pablo Escobar; para entregar finalmente una mirada a la vida en Bogotá durante el reinado del terror derivado del narcotráfico.

Desde la crónica y el periodismo, la peruana Gabriela Wiener (1975) es una de las prosistas más originales de Sudamérica. Sexografías reúne algunos de sus artículos, que narran experiencias en primera persona como la de ingresar en un club swinger o conocer la terrible vida en la cárceles del Perú, mientras Nueve lunas recrea su embarazo, siempre con una mirada ajena a los estereotipos de la literatura femenina.

El mexicano Alvaro Enrigue (1969) es uno de esos escritores inusuales, difícil de describir, por lo que conviene remitirse a lo que no es: uno de los pocos autores latinos que no son “ni borgesianos ni chejovianos”, en palabras del crítico Christopher Domínguez. Su novela más reconocida, Vidas perpendiculares, es un relato que abarca decenas de historias y afluentes, como un río: un mundo particular, a veces monstruoso, que reflexiona sobre el origen de la modernidad.

Entre los chilenos cabe mencionar a Alejandro Zambra (1975), quien acaba de lanzar su tercera novela, Formas de volver a casa, ambientada en los 80; y a Alvaro Bisama, cuyo último libro, Estrellas muertas, fue finalista del Premio de las Américas 2011 a la mejor obra narrativa en español.

La armada española

Aunque las relaciones literarias entre Latinoamérica y España suelen ser poco fluidas y los lectores de acá ignoran a los de allá (y viceversa), muchos escritores de esta parte del mundo viven o han vivido en la madre patria y hay una comunicación subterránea, casi secreta. Con todo, la última camada de prosistas hispanos ha dado bastante que hablar, gracias a la aparición en 2008 de la novela de Agustín Fernández Mallo Nocilla experience, que incluso dio nombre a una generación de autores, marcados por el experimentalismo, la fragmentación y el influjo de autores como David Foster Wallace. Hoy, se ha ido consolidando un grupo de escritores entre los que puede mencionarse a:

Eloy Fernández Porta (1974), notable cuentista y sobre todo ensayista, autor de Afterpop, a quien se le ha descrito como un cruce entre “cierto tipo de punk y Walter Benjamin”. Alguien que reflexiona sobre las relaciones entre alta y baja cultura, cuyo campo de interés va desde la manera contemporánea en que manejamos el tiempo a la forma en que el capitalismo influye en el romance, ya sea analizando el caso de Paris Hilton o a algunas agencias de citas para hombres y mujeres casados que desean experimentar la infidelidad.

Javier Calvo (1973) comenzó ligado al experimentalismo y la obsesión posmodernista típica de la generación Nocilla, para decantar posteriormente en una prosa depurada, deudora de la tradición novelesca del siglo XIX. Sus últimos libros, Corona de flores –una revisión del género gótico– y Suomenlinna –que aborda tópicos tan diversos como el “black metal” y el paganismo germano– lo revelan como unos de los escritores más interesantes de la nueva ola española.

Otros nombres a tener en cuenta son los de Elvira Navarro (1978), autora de La ciudad en invierno y La ciudad feliz; y Sonia Hernández (1976), que publicó la colección de relatos Los enfermos erróneos. Ambas fueron escogidas entre los Mejores Escritores Jóvenes en Español por la revista Granta.

Clásicos de hoy

En la última década se ha ido estableciendo un nuevo canon de las letras hispanas, con autores cuya influencia crece a pasos agigantados, y que de cierta forma pertenecen a un paradigma distinto al que dio vida al boom latinoamericano de los años 60. La figura central es Borges, desde luego, con un prestigio que parece imbatible, pero junto a él surgen voces únicas e inconfundibles como la de Roberto Bolaño, el escritor en español más influyente en los últimos quince años; y Mario Levrero, narrador uruguayo que ha tenido un espectacular renacer tras su muerte en 2004.

Los críticos son quienes definen el canon y en este sentido el aporte del español Ignacio Echevarría ha sido clave en la construcción de un corpus renovado que ha dejado una notable huella en las letras hispanoamericanas actuales. Especialmente remarcable ha sido el efecto catalizador que logró la edición, a cargo de Echevarría, de las obras completas de Nicanor Parra, un poeta cuyo radio de acción encuentra un eco profundo entre los narradores de hoy.

Fuera de ellos, cabe destacar la consagración del argentino Ricardo Piglia, un nombre esencial en el panorama contemporáneo de las letras, cuya obra, marcada por las mixtura de géneros y la disolución de las barreras entre academia y cultura masiva, ha dejado un rastro indeleble en las nueva generación; así como el trabajo contundente y silencioso, sin pompas ni grandes premios, que han llevado a cabo dos ilustres autores centroamericanos: el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, creador de una obra tan breve como poderosa, y el salvadoreño Horacio Castellanos Moya, quien como pocos en el continente ha explorado las zonas grises de la realidad latinoamericana.

Epílogo: qué fue del boom

Puede que haya sido mala suerte. Lo cierto es que Ernesto Sábato murió justo cuando se conocían los detalles del ajusticiamiento de Osama bin Laden en Pakistán, a cargo de fuerzas especiales de Estados Unidos, y su fallecimiento no obtuvo la repercusión esperada para uno de los puntales del boom. Siendo honestos, hace tiempo que la influencia del autor de El túnel estaba en declinación, y lo mismo puede decirse de otros grandes narradores de los 60, como Gabriel García Márquez, quien si hoy hace noticia es más por su amistad con Fidel Castro que por su contribución literaria reciente.

En otro ámbito, el premio otorgado a Mario Vargas Llosa no fue recibido con explosiones de alegría por los escritores más jóvenes. El propio Ricardo Piglia, que está lejos de ser joven pero tiene gran arrastre entre la nuevas camadas, dijo que el peruano no había escrito nada decente desde sus novelas de juventud y que sus últimas obras parecían escritas para el Rotary Club. Fuera de polémicas, Vargas Llosa hoy influye más como figura intelectual que como narrador nato, aunque sigue teniendo admiradores entusiastas, sobre todo entre los escritores surgidos en los 90 como Alberto Fuguet y Arturo Fontaine, por mencionar a dos chilenos.