El verdadero problema no es la desigualdad sino la pobreza, y para combatirla no hay nada mejor que la libertad económica y la generación de más y mejores empleos.

Si hay un mérito que reconocerle al viejo Marx, era su habilidad con las palabras. Fue capaz no sólo de diseñar un modelo económico basado en la lucha de clases, sino que le puso un nombre tan bondadoso como atractivo: socialismo o, derechamente, comunismo, en que reina lo “social”, lo “común”, dándole un toque de supuesta humanidad a este verdadero modelo. Así, en cambio, fue capaz de caracterizar al otro “modelo” como algo asociado a lo malo, a lo vil, a lo monetario: capitalismo.
Pero el error de Marx no radica tanto en la nomenclatura, sino en haber inventado un enemigo que le diera sustento a su propia teoría. Porque lo cierto es que Adam Smith, a diferencia de Karl, no inventó nada: en sus escritos simplemente se dedicó a identificar porqué existían naciones ricas y otras que no lo eran; verificó que cuando una panadería en Edimburgo baja el precio, sus ventas crecían, y luego un mensajero de la panadería vecina corría hacia su local y hacía lo mismo, bajando consecuencialmente el precio en todas las panaderías de la ciudad. Los precios reflejaban la escasez; oferta y demanda, sin necesidad de una ley ni de burócrata alguno que los fije.
Dicho de otro modo, no existe en estricto rigor un modelo de libre mercado, simplemente porque es sólo un reflejo de lo que el hombre ha hecho desde siempre: intercambios voluntarios que generan mutua conveniencia. Ni otomanos, ni fenicios, ni romanos, ni changos hablaban de capitalismo, simplemente porque es una condición natural del hombre asociarse libremente para lograr su bienestar. El libre mercado es inherente al ser humano y a su naturaleza: ningún perro intercambia su hueso con otro perro. Con todo, un “modelo” basado en la naturaleza humana no tiene más virtudes ni defectos que esa misma naturaleza humana: situaciones de abuso, codicia, escándalo y egoísmo no están más presentes en capitalismos que en socialismos, con la diferencia que a estos últimos debemos sumar los defectos propios de quienes planifican iluminadamente estos modelos y que creen resolverlo todo desde su torre de marfil. ¿Le suena Transantiago? Ejemplo paradigmático de querer controlar todas las variables apretando botones y moviendo palancas desde las alturas estatales.
El Estado no genera riqueza: sólo la redistribuye. Son estos intercambios voluntarios los que la generan. El crecimiento económico no es más una consecuencia de que cuando tengo la libertad para emprender en un marco institucional estable y de reglas claras, puedo sumar a otros a esa máquina generadora de riqueza, ya sea por la vía de generar puestos de trabajo, como por la vía impositiva producto de mis utilidades, y mediante la provisión de bienes y servicios a la sociedad. De ahí la importancia del crecimiento.
Aún así, están los que han pregonado de tarde en tarde la supuesta “crisis” de este no-modelo, lo que es de suyo irónico, dado que el único sistema siniestrado hasta sus cimientos es precisamente el socialismo; al menos, en un par de oportunidades: en 1989 con la caída del muro y de la Unión Soviética; y este año con el estrepitoso –pero más lento– derrumbe del Estado de Bienestar en gran parte de Europa.
La visión apocalíptica sobre el libre mercado tuvo recientemente un golpe letal con los resultados de la encuesta CASEN. Ella demuestra exactamente lo contrario de lo pregonado por los apocalípticos. En efecto, el crecimiento económico benefició más a las personas de los primeros deciles que a los más ricos, y quizás –más importante que lo anterior– la desigualdad mejoró no porque los ricos se hicieran más pobres (fórmula del socialismo) sino porque los pobres se hicieron más ricos. Ello da cuenta de que el verdadero problema no es la desigualdad (podemos ser todos igualmente pobres) sino la pobreza; y el crecimiento económico basado en el libre mercado ha probado, una vez más, ser el instrumento óptimo para generar empleos, reducir la brecha (nivelando hacia arriba) y, sobre todo, superar la pobreza, pulverizando las consignas que llegaron incluso a parasitar temporalmente en las cabezas y corazones de algunos libertarios.
En estos días, cuando conmemoramos a Milton Friedman, su legado se hace patente y sus ideas cobran vida en una realidad tan indesmentible como reconfortante, un orgullo como país. Y es que, como decía el viejo Milton, “detrás de la mayoría de los argumentos contra el libre mercado está la falta de creencia en la libertad misma.”