Por Rodrigo Delaveau
Abogado constitucionalista

“Hobbiton” se llama la ciudad construida en terrenos de una ex granja y criadero de ovejas en Nueva Zelandia que tuvo la fortuna de ser elegida para filmar las películas inspiradas en la gran obra de J.R.R. Tolkien. El alto interés de los fanáticos de las franquicias en esta zona llevó a los dueños, los Alexander, a convertirla en destino turístico, e incluso en un lujoso centro de eventos. Sin embargo, sus propietarios –antes modestos campesinos–  manifestaron su deseo de mantener el lugar en las mismas condiciones en las que se filmó, con el objeto de preservar la magia del lugar sin recurrir a monstruos mecánicos, montañas rusas o fast-pass. Otro tanto sucedió con George Lucas, que no obstante tener atracciones vinculadas a Star Wars en parques de entretención, prefirió mantener el legado artístico de su obra cinematográfica en un museo, el cual abrirá sus puertas a fines de esta década en Chicago.

La humanidad ha escogido los museos como los lugares donde conservamos lo importante. No es que la entretención hiperactiva no lo sea –la necesitamos de vez en cuando– pero de lo que se trata es de dejar un espacio para la reflexión, la pausa, la tan necesaria contemplación, palabra que parece desvanecerse en la vorágine diaria de un mundo que le da la espalda al silencio, la meditación o incluso la oración.

Los checos entendieron rápidamente este concepto, y al igual que otras naciones que vivieron el totalitarismo nazi, inauguraron el Museo del Comunismo. El edificio, cuyo logo es una matrioska –esa típica muñeca rusa- con colmillos afilados, presenta un vívido relato de la era soviética. Una variedad de aspectos están representados: la vida cotidiana, la política, la historia, el deporte, la economía, la educación, “las artes”  (así la escriben, entre comillas), propaganda de los medios, las milicias de los pueblos, la policía secreta, la censura, el poder judicial y las instituciones coercitivas, incluyendo los campos de trabajo político.

Es el primer y único museo en Praga  desde la Revolución de Terciopelo, dedicado exclusivamente a un sistema establecido en el ámbito de la antigua Cortina de Hierro. Inaugurado en 2001, las instalaciones –que contienen artefactos auténticos originales– se muestran en las tres salas principales y convenientemente siguen los temas denominados El Sueño, La Realidad y La Pesadilla. El aviso al visitante advierte: “Esperamos que se tome el tiempo mientras esté en Praga para aprender un poco acerca de su historia reciente desde el punto de vista checo. Conciso, objetivo, pero ciertamente no pro comunista, el museo es una gran manera de conseguir una comprensión básica de cómo esta increíble nación vivió un difícil momento, tiempos totalitarios”.

Qué importante es entonces que las cosas relevantes sean recordadas en su dimensión reflexiva y jamás banalizada mediante eslóganes, consignas, figuras mitificadas en poleras, chapitas o posters. Esta reflexión cobra actualidad a propósito de los 25 años de la caída del Muro de Berlín. Tal construcción representó la más brutal de las manifestaciones de primacía del Estado por sobre el hombre: una negación completa a la libertad y la igualdad de la dignidad humana, basada en la creencia de que finalmente el Estado es mejor que nosotros mismos y que debe salvarnos. Pareciera que todo eso lo damos por superado, y por lo mismo se tiende a olvidar.

Desde esta perspectiva, resulta vital que todo recuerdo, sin importar su color político, cuente con el lugar apropiado para su reflexión: probablemente los tablones enrejados del Estadio Nacional tendrían un lugar mucho más digno en el Museo de la Memoria. No sólo se deterioran en el propio estadio –el cual está destinado a otros giros no precisamente vinculados a la reflexión– sino que pierden el sentido y objetivo buscado en esa conservación, dado el contexto y lugar donde se encuentran actualmente.

Así, si no dimensionamos la importancia de la caída del Muro, de su significado, de su gravitante relevancia para la historia de la humanidad, corremos el riesgo de que nuestro recuerdo de un mundo ahora incomprensible –del que sólo quedan un puñado de naciones sometidas a estas ideas– sea más propio de un parque temático (ahí donde realidad y fantasía se mezclan sin capacidad de que distingamos entre ellas) que de un museo o memorial que nos invite a la reflexión sobre un período tan real como atroz.

Ciertamente, en los primeros se viene a pasarlo bien y en los segundos a conocer. Quizás sea de las pocas experiencias que no queremos que nos digan, una vez terminado el recorrido, “esperamos la haya disfrutado”. Pero sí habremos aprendido una buena lección. •••