La idea de que una película contenga al mundo entero parece descarada de puro ambiciosa, pero YouTube se atrevió a jugar con la idea en su primer documental. ¿Quiere verla? Escriba en su pantalla: Life in a day.

  • 26 enero, 2012

La idea de que una película contenga al mundo entero parece descarada de puro ambiciosa, pero YouTube se atrevió a jugar con la idea en su primer documental. ¿Quiere verla? Escriba en su pantalla: Life in a day. Por Christian Ramirez  

Casi al final de su libro de entrevistas con Hitchcock, François Truffaut logra tirarle la lengua al maestro acerca de proyectos que le gustaría realizar, y –soñando despierto- Hitch va y le dice que le gustaría hacer una película sobre “un día en la vida de una ciudad”, del amanecer al anochecer. Según él, una buena pista para armar esa historia era seguir la ruta de los alimentos: llegando a los mercados de madrugada, luego a la venta, de ahí a las mesas, al tarro de la basura y por último a los vertederos. La idea se extiende por unos cuantos párrafos y luego el director de Vértigo se lanza a otra cosa, pero el concepto queda flotando en el aire, alimentando las fantasías de un lector que se pregunta cómo es que nadie ha hecho ese filme todavía. Tal vez haya sido por eso que el año pasado, recorriendo los artículos de The playlist –un blog de la red indiewire.com- lo recordé de inmediato mientras leía sobre Life in a day, la primera película producida por YouTube a partir de videos posteados por los propios usuarios y cuyo concepto es muy parecido: narrar un día completo.

La idea es simple, pero al mismo tiempo un milagro de la logística. Se eligió un día -el 24 de julio de 2010, el primer sábado después del final del Mundial de Sudáfrica-; cualquier usuario podría postear sus videos a condición de que hubiesen sido grabados en esa fecha. Se recibieron 80 mil. 4500 horas de metraje, desde 192 países (incluyendo el captado por 400 cámaras enviadas a distintos países del tercer mundo, para asegurar una cobertura global). Un equipo de editores miró, clasificó y compaginó el material durante siete semanas, coordinado por el director Kevin MacDonald (El último rey de Escocia), un team de National Geographic y Scott Free, la productora de los hermanos Ridley y Tony Scott. El resultado se estrenó hace justo un año en el Festival de Sundance, pero desde fines de octubre está disponible, gratis, a través de YouTube. Teclea Life in a day y ahí está: 94 minutos de metraje, testimonio de un día que hoy mismo ya parece un tanto lejano.

De hecho, ¿se acuerdan qué hicieron ese sábado? Probablemente no sea muy distinto a lo que muchos hacen en el filme: levantarse, desayunar, salir, comprar, comer, llegar, dormir la siesta, jugar, trabajar, cenar, dormir. Pero ese es sólo el marco rector: Life in a day está organizada en torno a las clásicas unidades horarias, pero también en torno a imágenes fascinantes (elefantes indios bañándose a la medianoche); otras de aparente nimiedad (gente mostrando lo que guarda en sus bolsillos); intimidad total (una chica que se descubre observada desde el carro de metro vecino) o porfiada autoafirmación (un trasplantado de corazón que se saca la mascarilla para hablar a balbuceos). Insertas en medio del documental hay unidades temáticas: momentos dedicados al descanso, a la actividad frenética, al amor, a vidas que nacen o a la sensación de paz en tiempos de guerra, conseguido en un montaje paralelo entre un fotógrafo que recorre su ciudad en Afganistán y una joven estadounidense que tiene una “cita digital” con su marido destinado en el frente. En último término aparecen las “microhistorias”: el japonés viudo que enciende incienso ante la foto de su mujer al iniciar el día, el coreano que ha recorrido en bici 90 países, el escocés que viaja hasta la casa de su padre después de graduarse, el pequeño lustrabotas peruano que se mueve por las calles como si fueran suyas, el caos que se desata al interior de un túnel en medio de una Loveparade…

Por escrito, Life in a day parece una tarea de ambición titánica, pero vista en la pantalla (en especial si es una pequeña, tamaño “youtube”), lo que podría considerarse excesivo no es tal: tanto nos hemos acostumbrado a esos pequeños fragmentos visuales cargados por nosotros mismos –sean videoclips, trozos de películas, imágenes rescatadas de viejos VHS y, sobre todo, imágenes grabadas por nuestras cámaras-, que a estas alturas una narrativa compuesta en torno a ellas parece algo casi lógico, natural. Evoca la sensación de estar navegando por la red, de estar frente a una videoinstalación o de hacer zapping a través de un infinito número de canales (uno por cada historia, por cada rostro, por cada tema tratado en la cinta). No todas las secciones funcionan. Algunas son tan opacas como una tarjeta de felicitación o una foto turística, hay imágenes aplastadas por una música que obliga a “sentir” o puestas sólo para contrastar con otras y que se ahogan rápidamente en el fluir sin fin del total.

Otras voces, otros ámbitos

Hace casi 30 años, cuando Godfrey Reggio intentó algo parecido con las alucinadas imágenes de Koyaanisqatsi (1982), muchos relacionaron su minimalista trabajo con el videoarte o los nacientes clips musicales. Hoy, cuando la fragmentación parece haberse tragado todo: los géneros, las tramas y hasta la capacidad de concentración de los espectadores, la idea de que una sola línea narrativa pueda dar cuenta de algo tan simple y tan complejo como un día parece sospechosamente de siglo XX. Incluso una alternativa tan cómoda y cool como la de los filmes corales, compuestos por decenas de personajes, parece artificiosa ante la posibilidad de crear algo que no pretenda pasar por monumento, sino que esté compuesto por miles de pequeñas imágenes/ historias/ rostros/ trozos/ estímulos / instantes.

Terrence Malick juega con esa idea en El árbol de la vida y, en sus momentos más inspirados, Life in a day evoca la misma sensación y la misma interrogante: ¿una película concebida como un organismo vivo? Buena pregunta para el cine de hoy.