Por María José López Son las 9 am de un frío sábado de junio. Tras llegar a Valparaíso, Enrique Concha se baja de un camión –que maneja él mismo– cargado con sillas, sábanas, artículos de cocina, entre otras cosas. Viste un sweater azul, pantalones beige y zapatillas. Sobrio y austero, como siempre. Cualquiera pensaría que […]

  • 30 junio, 2014

Por María José López

Enrique Concha

Son las 9 am de un frío sábado de junio. Tras llegar a Valparaíso, Enrique Concha se baja de un camión –que maneja él mismo– cargado con sillas, sábanas, artículos de cocina, entre otras cosas. Viste un sweater azul, pantalones beige y zapatillas. Sobrio y austero, como siempre. Cualquiera pensaría que esa mañana el diseñador más demandado de la elite local –que se ha hecho famoso decorando 61 hoteles, barcos, oficinas, casas y los family offices a los grupos empresariales más grandes del país–, visitaría uno de sus proyectos en la zona. Pero ese día Enrique no se encontró con uno de sus exclusivos clientes. Su cita era con Edith, una mujer que perdió su casa en abril luego de que el peor incendio de la historia de Valparaíso azotara las viviendas de cientos de familias que ahí viven.

Edith lo abraza y lo hace entrar. Enrique, baja el cargamento del furgón y desembolsa las sábanas que trae de Santiago –que son donaciones de uno de los hoteles que ha decorado– y, con la ayuda de un grupo de universitarios que lo acompaña en esta travesía, arman las camas de esa casa.

Más tarde, se reúnen con Giovanni y Paula, una pareja que lleva 18 años conviviendo. Después de una larga conversación, Concha les sugiere casarse: les promete una charla de matrimonio, vestido de novia, torta, luna de miel en el Holiday Inn –él lo decoró en hace unos años–, e incluso un free pass para uno de los restaurantes diseñados por él.

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Ni Edith, ni Paula ni Giovanni saben quién es Enrique Concha. No tienen idea que es uno de los más afamados diseñadores de Santiago y que tiene entre sus clientes a las familias más ricas de Chile. Tampoco sospechan que el día antes de reunirse con ellos, Concha estuvo instalado en el Miramar de Viña del Mar, craneando con parte de su equipo cómo será el proyecto de remodelación del hotel. “En la mañana puedo estar supervisando una obra gigante en Villarrica, después partir en otro jet privado a Argentina… y en la tarde puedo estar en una población ayudando a una familia. No es que sean mis mundos distintos.

Es el mundo real, del cual conozco sus contrastes”, dice.

Desde que fundó su oficina, Enrique Concha & Co –su socio es Francisco De Lastra–, hace 25 años, dedica algunos fines de semana a recorrer poblaciones de Santiago para acompañar y asesorar estéticamente la puesta en escena de las casas de familias que viven en condiciones precarias. Hace tres años bautizó –y patentó– esta iniciativa como Fundación Mundo Interior. Así, se acostumbró a repartir su tiempo entre la pobreza más dura y la opulencia. Por estos días su carpeta de trabajo incluye proyectos de todo tipo. Entre ellos están la carnicería Carnívora; un hotel en Lima; el nuevo Coquinaria de La Dehesa; el hotel The Singular; la remodelación de un barco y la del Club de Polo y Equitación San Cristóbal. Con su esquipo de diseño también trabaja en 15 casas y 3 family offices.

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Mundo Interior nace hace algunos años, de a poco, muy piola. Algunos fines de semana suelo visitar a gente pobre a los hospitales, a sus casas, donde sea. Vamos a las poblaciones, como La Pintana. En esos encuentros uno evidencia la carencia: muchos tienen solucionado el problema del “techo”, gracias a una mediagua, pero su mundo interior quedó ahí no más. Por eso me consigo muebles, sábanas, cortinas, lo que sea de los hoteles y casas que decoro. Siempre les digo a mis clientes: “Con un poco, ayudas mucho”. Llevamos un par de grabados que “las pegan”, unas sillas y así armamos un cuento. Se produce una cosa maravillosa. Llegas con algo que despierta el alma sensitiva que toda persona tiene.

Valparaíso es un proyecto más largo, porque allá todo es una necesidad. En general entramos a las casas por pura intuición, durante largas caminatas por los cerros. El otro día, mientras recorríamos el cerro La Cruz y el cerro Merced, nos topamos con una mujer que, con una pala, llenaba y llenaba sacos con tierra con los que pretendía construir un fuerte para que no se le viniera el cerro encima. Nos quedamos cerca de una hora y media con ella llenando sacos. Al final, le pasamos unas sábanas y toallas. No lo podía creer, porque no tenía nada. Ahora le vamos a llevar una cocina de regalo. Cuando ellos ven que vuelves, es muy emocionante, porque no se lo esperan. Se fueron las luces, los flashes, los matinales… inunda el silencio, la noche, el frío, la soledad.

Uno podría decir “qué simpático, qué genial este decorador que va a ayudar a que esas casas tengan un mundo interior digno”. Pero todos quieren tener un mundo interior con su familia, y yo los puedo ayudar. Un acto tan simple como hacer una cama se transforma en una verdadera terapia. Visitamos a una mujer el día preciso… nos contó que era tal su estado de angustia, que quería quitarse la vida… Esas cosas no dejan indiferente a nadie. No sabes lo que son las conversaciones. Cómo la gente abre el alma. Y por lo mismo, me siento comprometido a ayudarlos. El mundo hoy está lleno de brillitos, lucecitas y distracciones que no hacen necesariamente feliz a las personas, se llenan con lo superfluo que no llena el alma. Aquí te das cuenta cómo hay gente que no tiene nada, pero que tiene todo. Y por el contrario, gente que conozco, que tiene todo, pero tiene poco y nada.

 

El quiltro

Yo heredé el gusto por lo estético. Mi padre, Enrique Concha Gana, era arquitecto y un gran coleccionista de arte precolombino, africano, europeo, por lo que crecí junto a mis cuatro hermanos menores en ese mundo, rodeados de 200 huacos precolombinos y de música. Varios de mis hermanos heredamos esta afición por la belleza: la Carola trabaja conmigo desde hace casi 20 años, Daniel estudió Arquitectura en la UC de Valparaíso, se fue a Roma y hoy es cura…. Ese gallo sí que es seco. Menos mal no se dedica a esto, porque yo estaría medio quebrado.

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Mi padre fue mi primer jefe. Después de eso, pasé por una oficina de diseño. También fui carpintero: estuve 9 meses aprendiendo de este oficio, trabajando con clavo y martillo, en la elaboración de muebles. Vino la crisis de los 80, se acabaron los encargos y entonces me instalé con mi propio boliche, en el 90, en una oficina en El Golf con Presidente Riesco. Repartía los muebles, los diseñaba, y hacía presupuestos… Era multi empleado. En esa época surgieron proyectos para acondicionar sucursales bancarias y de ahí no paré más: llegué a hacer más de 200. Ese mundo fue creciendo y así crecimos nosotros: aparecieron los encargos para decorar las presidencias de los bancos, las casas de los directores, edificios corporativos, hoteles… Después, en 1999, nos instalamos en esta oficina de El Golf con Isidora Goyenechea. Aunque hemos crecido en proyectos –manejamos cerca de 25 a la vez– la oficina está exacta.

Me fascina mi trabajo y me siento súper afortunado de formar este equipo de EC&Co. No tengo una cabeza muy inteligente, pero creo que tengo una mente clara. No tengo buen juicio estético en el ámbito de lo propio. Es que no me importa, de verdad. Hay días que mis amigos me dicen “compadre, no te puedes vestir así”. En cambio, me pones mil muebles y objetos que tienen belleza y te digo al tiro, esto es bueno (chasquea dedos), en un segundo. La calidad la descubro de inmediato. Cuando viajamos por el mundo a comprar muebles, entro a los talleres, y en un minuto digo: eso, eso, y eso es bueno. Y lo llevamos. Los años me han ayudado. Se me ha desarrollado un don de Dios.

Dios me concedió el don del olfato. Olfateo desde el punto de vista de los negocios. Olfateo al patudo. Soy como un quiltro: muevo la cola y me adapto a cualquier lugar. El quiltro es un animal extraordinario: nadie le enseñó nada y cruza las calles solo, lee los semáforos. Es agradecido y el guardián más feroz, da la vida por sus amos, más que un Rottweiler, es enfermo de sociable, agradecido a cagarse, duerme en cualquier lado, no se hace problemas por nada, y come cualquier cosa. Saluda a todo el mundo. Yo trato de ser como un quiltro.

Me consideran elegante, pero es una especie de percepción.

¿Quieres una leche con plátano? A veces tomo de plátano, otras veces de kiwi…

Equipo

El viajero

No me obnubilo. No lo necesito. Mi pieza tiene un clóset, un estante con libros y un velador CIC, nada más. Soy numerario del Opus Dei y vivo en una casa compartida, junto a otras 12 personas. Las ganancias de mis proyectos, eso sí, no me dan lo mismo. Porque las dono para gente que las necesita. Me las ingenio cómo ganar plata con los proyectos pelolais para poder ayudar, porque la repercusión que tiene mi colaboración es enorme.

Ahora estoy con varios proyectos afuera… vieras cómo me atienden. El mundo que me toca conocer cuando compro antigüedades en la Inglaterra profunda… Yo te contara a dónde me invitan los clientes, los lugares que tengo que ver… uno más increíble que el otro. Las posibilidades que tengo… ¿Quiero viajar? 1, 2, 3, puedo partir. La oficina está permanentemente comprando, y viajando, en todo el mundo: en Europa, Estados Unidos, Asia.

Para mí es un poco lo mismo que me inviten al mejor restaurante de París, al más solicitado de Nueva York que ir a comerme un hotdog a Dominó… te lo digo en serio.

Trabajo en lo estético, en la imagen que se palpa, que se ve. Este mundo también es superfluo y es liviano.

 

El carero

Hay quienes de antemano dicen “no voy a mandar a hacer esto a Enrique Concha, porque es muy caro”. Pero no es cierto. El buen gusto se aplica a cosas simples y baratas. Tengo fama de carero, porque las cosas que se hacen conocidas son las más impresionantes que dan para comentarios. Si haces cientos de casas súper simples, pasas piola, pero cuando haces la boutique más top de Mercedes Benz, la relojería Helmlinger, el Hotel Singular en Lastarria que será de seis estrellas, claro que llama la atención. Pero la mayoría de las cosas que hacemos son normales y corrientes. Sé lo que es el lujo y sé lo que es la austeridad. Sé leer ambos códigos.

Hemos recorrido Inglaterra como nadie. Nos conocemos todas las ferias, los talleres, los maestros. Hemos ido al palacio en Bélgica donde se hacen y restauran los mejores gobelinos, al dealer que consigue las antigüedades más finas, a comprarle directamente a Theodore Alexander, la mejor fábrica de muebles del mundo.

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Estamos súper contentos porque había una época en que sólo traíamos muebles originales de Europa. Pero ahora la cosa ha cambiado. Las réplicas que se hacen son buenas y eso es maravilloso porque hemos abierto un mercado que era súper exclusivo.

Se ha ido democratizando el buen gusto. Hoy los buenos materiales son accesibles y eso es bueno, porque un buen mundo interior ayuda. Una casa bien puesta educa a un hijo, provoca el orgullo de invitar y hay mucha enseñanza en lograr algo que esté bien cuidado. Es importante que los espacios tengan interiorismo: el mundo interior de una casa también es el reflejo del mundo interior del espíritu. Todos deseamos vivir en armonía. Pienso que lo mal hecho, lo feo, no coopera para el desarrollo de la persona.

 

El nuevo sibarita

Estamos a punto de abrir una nueva tienda Enrique Concha & Co. Es el proyecto más emblemático que estamos haciendo. La idea fue de Francisco, mi socio, y consiste en arreglar un edificio patrimonial de estilo francés que hay en El Golf que transformaremos en una tienda que dará que hablar. Será un mundo revolucionario que combinará la experiencia de la cocina, de la compra, de la artesanía, todo en un solo lugar. Una especie de destino turístico. Habrá varios socios, todos empresarios que creen en la preservación de patrimonio. Hoy todo se demuele, y poco queda de las raíces europeas de esta ciudad.

El primer piso tendrá la cocina, el wintergarden, y la tienda con regalos baratos; el segundo piso ofrecerá los productos de decoración quizás más elegantes, como los que hay en nuestra tienda de Huechuraba; y el tercer piso tendrá tienda para novios, accesible a los bolsillos de los más jóvenes. Las tres BBB. Será una revolución estética.

En este proyecto he tenido que aprender un montón. Porque soy cero sibarita. Disfruto la comida como cualquiera, pero no gasto energías. Ahora sí. Porque el corazón de esto, será el restaurante. La idea es rescatar la comida cotidiana, de todos los días, en un lugar precioso y transversal. El concepto que estamos desarrollando es genial: queremos, por ejemplo, traer a una buena nana a cocinar. Que un pizarrón diga: “Hoy tenemos los porotos de la Norma”. ¡Cosa más buena! Queremos traer a toda esa gente que no tiene oportunidades, a trabajar acá, por unas horas, un día a la semana. Imagínate la oportunidad de que ella, la Norma, esté ahí sirviendo su comida, con un menú precioso. Espectacular. Juan Manuel Tagle será el chef que asesorará a los otros chefs itinerantes y estará a cargo de los talleres de cocina cotidiana. ¿Por qué todo tiene que ser caro? ¿Por qué hay que ir almorzar a un lugar donde se haga todo un rito para el descorche y vuelen las espumas del champagne?… Aquí la cosa no será así. Los individuales de las mesas serán de papel de diario. Va a haber una barra marítima, sencilla, pero buena buena. Esto va a ser como un club, pero barato: se podrá almorzar por lucas razonables.

En esta casona también estará nuestra nueva línea de joyas de diseño, que lanzamos hace seis meses y que se logró luego de explorar varios talleres alrededor del mundo. También estamos estudiando cómo agregarle valor a una piedra chilena, el lapislázuli.

Enrique Concha2

Don Melchor

Durante uno de mis viajes a Bélgica, hace unos siete años, nos invitaron a comer al que era en ese momento el mejor restaurante del país, en Bruselas. Me acuerdo que tenía una carta de vinos increíble y le dije al sommelier que quería hacerle una apuesta. Si yo lograba sacar el corcho del fondo de una botella, en 20 segundos, mis amigos obtenían una comida gratis otro día. El asunto agarró vuelo y llegó hasta el dueño del local a ver el desafío. Y lo logré. Los dejé locos con este truco que aprendí de un amigo, que a su vez, él había aprendido de un curado en Valparaíso. Después les hice otra apuesta. Les pregunté si conocían la Viña Concha y Toro. Claro que la conocían. La siguiente pregunta fue si habían probado Don Melchor. Justo ese año había ganado buenos premios, entonces sabían de qué tipo de vino les hablaba. “Les apuesto, dos comidas más, que ustedes están delante de don Melchor de Chile”, les dije. Casi se cayeron de espalda cuando saqué mi carnet y vieron que mi nombre era Enrique Melchor Concha. Si bien, lo cierto es que Don Melchor era mi bisabuelo, yo, mi padre y mi tatarabuelo, nos llamamos igual. Yo seré el último Enrique Melchor.

Mi papá nació en el antiguo palacio morisco Concha Cazotte que luego fue demolido y que en sus jardines dio origen al barrio Concha y Toro. Por la crisis del salitre, perdieron todo. Y se vendió el palacio. Hoy mi familia no tiene pertenencia en la viña, pero claro que hay un cariño importante. De hecho estamos trabajando en un proyecto que se llama “la experiencia de Don Melchor”, que tiene un tinte especial para mí. La idea es remodelar la casona de don Melchor que hay en Pirque.

 

El escritor

En EC&CO tenemos un proyecto pendiente: queremos hacer un libro cuando la oficina cumpla 30 años. Será uno potente. Uno puede hacer libros de diseño buenos, o excepcionales; pensados en que los lea el director del MoMA. Pero para hacerlo, necesitaba que uno de mis clientes, uno en particular, me diera el pase. Porque le daba el peso necesario para convertirse en un libro global de clase mundial. Los muros de sus casas, eran únicos: por el contenido, la calidad y la belleza del conjunto y de cada pieza en particular. Él era Guillermo Luksic. Lo conocí el 2006, y desde entonces, nunca dejamos de trabajar juntos, en cada una de sus casas.

Guillermo era un hombre notable. Le tenía un cariño especial. Tenía una gran sensibilidad por el arte, por las cosas bien hechas. Había una frase que me repetía: “Enrique, hazlo bien”. Eso significaba que el encargo era complejo. Debíamos considerar hasta el último detalle: hielo en las hieleras, los árboles ya florecidos en las terrazas, el fuego y velas prendidas, la televisión funcionando, los discos con la música que a él le gustaba. El día de la puesta en escena de uno de los tantos proyectos que le hicimos, trabajamos 42 personas. Recuerdo que era un viernes y él llegó a las 6 pm a ver cómo había quedado.

Trabajar con él fue un lujo. Tenía una capacidad del manejo de la belleza, del sentido de la estética, único, era ultra detallista.

Sabía mucho de arte y pintura. Lo pasábamos chancho. Era un anfitrión como pocos. Cuando fuimos a instalar la casa de Chan Chan, en Panguipulli, nos tenía una sorpresa. Viajamos cuatro personas de la oficina, más 8 choferes con camiones llenos.

Dedicamos tres días para armar. En eso, llegó la María José, quien le veía el tema de las comidas. Nosotros teníamos pensado alojar en un hotelito de la zona, pero Guillermo tenía otros planes: nos mandó dos coolers llenos de cosas ricas, para un menú que él mismo se había preocupado de armar. Me acuerdo de que esa noche comimos pato. Los choferes e instaladores nunca van a olvidar esa experiencia.

Guillermo, finalmente, me autorizó hacer las tomas de sus casas para mostrarlas en el libro. Lamentablemente, no pudimos terminarlo. Pero yo creo que en algún minuto lo voy a hacer. Ése, al menos, es mi plan. •••