Hay una rara vibración, más bien negativa, que se está instalando en el mundo y que se aprecia por doquier. A la guerra civil en Siria se suma una en Irak en pleno desarrollo. ISIS ha declarado literalmente una guerra santa contra todo el modelo occidental de desarrollo. Estos fenómenos pueden ser explosivos en un área inestable por definición, a lo que se debe sumar el difícil tema de Irán, junto al conflicto permanente entre Israel y los palestinos. Afganistán espera su propia oportunidad para volver a enredarse. India y Pakistán llevan su procesión por dentro y pueden dar sorpresas complejas. No hay que olvidar que Pakistán albergaba al terrorista más grande de la historia, Bin Laden. Por algo estaba ahí.

Detrás de todo ello, aparece el serio conflicto de Ucrania que indirectamente vuelve a enfrentar a Rusia con EE.UU., y que involucra a la Unión Europea. A nadie le sorprendería que lo que ocurre en Irak esté hoy apoyado por Moscú como una forma de atacar a Washington (que tiene su propia responsabilidad en el asunto) y desviar la atención de su grave actuar en Ucrania. Putin es sin duda un gran estratega, tiene un coraje a toda prueba, y se enfrenta a un presidente Obama más bien débil, dubitativo y enredado en sus políticas internas de muy poco éxito. Es claro que Rusia aprovechará esa debilidad del Presidente norteamericano para avanzar: es el eterno juego del poder.

La economía europea todavía tiene signos de debilidad: aunque ya ha pasado su peor período, puede tener una recaída dependiendo de lo que ocurra en el mundo. El euro tiene sus detractores, que no son menores; hay cambios políticos en diversos países donde la extrema derecha empieza a aparecer, incluso los neonazis. El problema más serio de Europa, a mi juicio, es el poblacional, que tiene al continente lleno de inmigrantes que discrepan de su modelo de sociedad, y que seguirán aumentando, ya que se necesitan y se reproducen muy aceleradamente.

China, por su parte, enfrenta una disminución en su tasa de crecimiento que tiene impactos en el mundo entero. Así y todo mantiene una enorme demanda sobre los recursos naturales del planeta. Los beneficiados del progreso de los últimos 30 años en China son quizás unos 300 millones, pero en el interior se acunan grandes conflictos sociales potenciales de más de 1.000 millones que quieren acceso al progreso. El país requiere de una altísima tasa de crecimiento para empezar a acomodar a los marginados. A su vez, China ha hecho un esfuerzo más que notable en ciencia y tecnología, lo que le da poder y proyección en este siglo, si logra preservar la estabilidad política. Sin embargo, es muy difícil que coexista una apertura económica creciente con un sistema político dictatorial. Si China se abre a una democracia tipo occidental, el desmoronamiento sería catastrófico, porque no es una nación sino muchas, y las desigualdades, enormes. Por otro lado, la locura de Corea del Norte es impredecible, y puede gatillar un conflicto global.

En América Latina, Venezuela está pronta a caer. Ha logrado quebrar una economía petrolera con un alto precio del petróleo, lo que ya es un récord que no tiene parangón. Tiene un gobernante títere y muy débil para los problemas que lo aquejan y la sociedad está totalmente polarizada. Lo más probable es que esto termine con un auto golpe militar chavista con impactos difíciles de anticipar en la región.

En otra dimensión, los escenarios energéticos del planeta están muy complejos a medida que el petróleo llega a su fin, y nos pasamos a otras fuentes con muchísima más tecnología, pero más caras. La transición es difícil porque muchas cosas quedan obsoletas, los conflictos de interés son enormes, las presiones terribles. Por cierto abre una nueva etapa de desarrollo, si se pasa la transición de manera pacífica.

A lo anterior se suman los problemas ambientales de la Tierra que sólo se agudizan, lo que de una u otra manera tiende a ralentizar el crecimiento, que es fundamental para mantener al mundo en paz y satisfacer las demandas de los más postergados o vulnerables. La demanda por recursos naturales va en alza, debido a la velocidad del aumento de la población, a pesar de que ésta se va desacelerando. Crecemos a razón de unos 80 millones de personas al año, que es fenomenal. Para el 2050 habrá 10.000 millones de seres humanos, que deben alimentarse, transportarse, educarse, entretenerse, etc., todos los días.

Por otro lado, las protestas que observamos en el mundo, por las más diversas razones, de a poco paralizan a los países y dificultan la gobernabilidad. Hay un malestar creciente, tanto de quienes protestan como de quienes son afectados por dichos disturbios. Quién diría, por ejemplo, que ser sede de un mundial de fútbol, que siempre fue un privilegio, sea hoy una fuente de tremendas protestas. Los gobiernos y los legisladores se empiezan a hacer esclavos de estos movimientos sociales que ciertamente no representan a las mayorías, pero sí son capaces de hacerle la vida imposible a éstas. Es una nueva forma de dictadura de las minorías. Esto hace que los partidos políticos se fragmenten y ello sólo dificulta los acuerdos.

En otro plano, a pesar de que la Iglesia Católica tiene hoy un gran Papa, que da muchas esperanzas de revitalización, no cabe duda que arrastra problemas muy serios de credibilidad y ha perdido mucha influencia en la sociedad. Aumenta el poder del fundamentalismo musulmán, de los evangélicos, y de las nuevas formas de espiritualidad. Esa menor influencia de lo espiritual tradicional, es una fuente de ansiedad que debe canalizarse de alguna manera. El ser humano tiene preguntas trascendentales, se quiera o no. De estas preguntas nacen acciones. Hay un cambio en ciernes de la espiritualidad global, y su destino afecta las condiciones de convivencia, pero no sabemos exactamente qué forma adoptará.

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El mundo se sigue urbanizando, lo que trae problemas de marginalidad, contaminación, infraestructura, transporte, etc. Estas altas concentraciones humanas, sumadas a las nuevas telecomunicaciones producen masas críticas notables, y enormes fuerzas en movimiento, que a veces generan problemas inconmensurables. El agua, o más bien su distribución, en un escenario de cambio climático, amenaza con serios conflictos, los mares están muy contaminados, la pesca natural se acaba, y lo transgénico se transforma en un imperativo para el tamaño de nuestra población. Población que es más vieja y longeva, que requiere cambios de organización de proporciones inimaginables. La sociedad ha logrado superar la velocidad natural de la evolución biológica, lo que pone el peso de la prueba ahora en las decisiones humanas, en su ciencia y tecnología, que son sólo teorías, no realidades. El ser humano es más que pura racionalidad, que es el paradigma científico que será emplazado y se debe defender. Es un tema de poder y forma de sociedad.

Para agregar a este curioso guiso histórico, ha empezado a aparecer una nueva realidad paralela a la sociedad tradicional, que es lo virtual. La “nube” donde se aloja una especie de cuarta capa colectiva de la mente, de la cual dependemos en forma creciente. El mundo se mueve hoy a velocidad de internet, cuando antes fue el caballo, el barco, el tren, el avión, el teléfono, el fax. Pues bien, el control de este ciberespacio es el nuevo gran tema del poder. Si bien por ahora los recursos naturales tienen mucha relevancia, el futuro es el control de esta nueva realidad digital, de la que depende el mundo para su funcionamiento. Ahí están las comunicaciones, los datos, el conocimiento, las aplicaciones de las que dependemos diariamente.

Finalmente, en este extraño escenario hay nuevas fuentes de terrorismo global, más allá de los fundamentalismos religiosos. Hay nuevas formas de delincuencia muy avanzada que hacen difícil la convivencia en las sociedades, y nuevas concentraciones de riqueza que parecen un poco obscenas para la opinión media.

Lo que quiero decir es que aumentan las probabilidades de una gran catarsis mundial (guerra), como medio inconsciente de generar el cambio que se requiere. Vamos a una sociedad global, que por las complejidades señaladas podría tender a una nueva forma de dictadura tecnológica y racionalista, ya que ahora dependemos de la tecnología para sobrevivir como civilización. Un mundo que debe funcionar 24×7, lo que sólo pueden hacer las máquinas, no los humanos.

Así han ocurrido antes las guerras. La conciencia es justamente nuestra herramienta para evitar dichos caminos malignos. Quien conoce la guerra ama la paz, dicen los militares. Es evidente que la democracia tradicional debe tener un cambio importante para poder acomodar los nuevos problemas del siglo XXI. No tiene sentido pensar que todas las áreas de la sociedad estén cambiando, o evolucionando, y no lo haga la democracia. Para ello hay que mirar al futuro, no al pasado. Lamentablemente, eso (mirar hacia atrás) es lo que pasa en Chile hoy, y tiene mal pronóstico. •••