Hace 30 años partió con una escuela agro-ecológica que puso a los jóvenes con las manos en la tierra. Se enfocó en la integración social, en la confianza en ellos y en el trabajo interior. Y le fue bien. Ahora tienen un Mercado Campesino, un hotel, huertos y una intensa producción de alimentos, todo bajo la urgencia de una crisis social y planetaria. Esta es su apuesta por un modelo de desarrollo distinto.
Fotos: Miguel Méndez

  • 20 febrero, 2020

En Virginia Subercaseaux, una de las principales calles de Pirque, está el Mercado Campesino Origen. Allí hay buen café, huevos de gallinas mapuches, canastos con verduras del huerto, pan recién amasado, quesos de cabra producidos ahí mismo y muchísimos otros productos que funcionan bajo el concepto de “comercio justo”.

El anfitrión de este mercado es Tom Ibrahim, un inmigrante sirio que llegó hasta allí luego de que Mary Anne Müller, la directora y fundadora de Origen, lo vio en televisión contando su testimonio de desarraigo. Lo contactó y le ofreció trabajo. Desde hace cuatro años, Tom es parte de un equipo de 110 personas que constituyen la Fundación Origen.

Ese galpón, que bien podría parecer un negocio de productos orgánicos a la moda, es bastante más que eso: es la puerta de entrada a un pequeño mundo, una suerte de mini país que se rige por otros valores. Un “pueblito”, como dice graciosamente Mary Anne para explicar el largo proceso que ha recorrido para construir un espacio que, en la práctica, proponga un tipo de modelo de sociedad sistémico e integral.

Visto hoy en el contexto del estallido social, todo este esfuerzo pareciera cobrar mayor sentido: su apuesta por la integración social, por empalmar la educación con la agronomía y la ecología, por trabajar en el desarrollo emocional de jóvenes vulnerables, por abrir puentes de conexión cultural con pueblos originarios, por darle un lugar central al cuidado de la tierra y abrir un hotel para la desconexión total.

“En 1991, cuando partimos, éramos como los locos del barrio. Nos miraban extraño. Nadie proyectaba lo que está pasando hoy día, pero nosotros lo veíamos venir”, dice Mary Anne. También pensó en la necesidad de crear vínculos y volver a funcionar bajo la lógica de “comunidad”. Eso permitiría abrir un camino para las nuevas generaciones, para esos jóvenes que iban quedando fuera del carro de la modernidad.

Para ella, los prejuicios, la exclusión, la falta de compasión con el otro son factores que alimentan la violencia. Y, en su experiencia, una buena forma de luchar contra la delincuencia es a través de inclusión social en la educación.

De ahí que su Escuela Agro-Ecológica Origen haya sido un éxito. Partió hace ya 30 años. Hoy convoca a 400 alumnos y se sostiene con una subvención escolar del Ministerio de Educación. Pero además de aplicar el currículum tradicional, suma talleres de circo, de cerámica, de producción de alimentos y trabajos en la huerta.

No hay inspectores en los patios. Se promueve la autodisciplina más que la vigilancia exterior. Por eso tienen un curso de ecología interior que permite a los estudiantes aprender y desarrollar el autocontrol. El profesor de ese taller es Rodrigo Pino, quien da clases de yoga y meditación. Ese curso es parte esencial en esta apuesta educacional. Muchos vienen de familias de bajos recursos y viven en barrios donde campea la violencia y el narco. De nada sirve ser exigentes en los patios y no darles herramientas para enfrentar esa realidad. Por eso, el desarrollo de la voluntad y del autocuidado es esencial para no dejarlos caer en ese espiral. “El proceso es transformarse para poder transformar al mundo”, dice Rodrigo.

Luego de casi 10 años, el equipo se abrió a la petición de algunos padres de Pirque de hacer un colegio particular pagado. Si bien no están uno al lado del otro, comparten el mismo patio de cinco hectáreas. Al comienzo no fue fácil la interacción entre ambos mundos: uno de mayores recursos y otro donde la vulnerabilidad y la pobreza son una realidad cotidiana. Los jóvenes de ambos lados se miraban de lejos. A través de actividades en conjunto, se rompió el cerco de la segregación. Ahora trabajan en conjunto las huertas. Juntos hacen cerámica, cuidan a los animales y hacen talleres de yoga.

Ella lo cuenta emocionada: “Es precioso lo que va ocurriendo con la integración social. No es fácil. Al principio, los dos mundos se miraban con extrañeza. Incluso con desconfianza de algunos apoderados. Estaban todos los prejuicios de los dos mundos. Romper esas distancias, verlos trabajar juntos y descubrir que les gusta la misma música, que tienen los mismos intereses, que se enamoran, es un regalo para todos”.

OPERARIO SOCIAL

Mary Anne se define como una emprendedora social en educación sustentable, medio ambiente y salud. También es terapeuta. El budismo es su camino.

Su historia es de novela. A los 7 años partió a Suiza con sus padres. Allá se separaron y ella y su hermana se quedaron en un internado de monjas. Cuenta que fue una experiencia maravillosa, de diversidad de razas, religiones, cultura y situación económica. La palabra integración marcó su vida. Por eso, cuando regresó a Chile, tenía 16 años y el golpe fue brutal. Le pareció que todo era clasismo y segregación. Era plena dictadura militar. No toleró el ambiente país. Y a los 17 se fue a la Isla de Pascua. Estuvo un año y aprendió a trabajar la huerta y alimentando animales. Allá conoció al fotógrafo Roberto Edwards, quien le propuso presentarse a Miss Chile. No le interesaba ni estaba en sus planes, pero le permitiría partir de viaje a Guatemala y México, que era su verdadero plan.

Ganó el concurso. Fue Miss Chile en 1978. Vendió todo y partió. Luego se iría a Francia, hasta que regresó a Chile en 1989. Eso sí, tenía decidido que no viviría en Santiago. Entonces eligió Pirque.

Madre de cuatro hijos y separada hace ya muchos años, Mary Anne ha hecho de la ecología y el trabajo con jóvenes y pueblos indígenas un camino.

Por eso, luego de abrir la escuela agroecológicaen un terreno de 10 hectáreas –donde los jóvenes egresan con el título de técnico agrícola sustentable–, pensó en ampliar horizontes. Había que conseguir más recursos. Tuvo el apoyo de Fundación Avina y aportes de empresarios extranjeros, pero además se preguntó: ¿qué sabemos hacer? Y con su equipo se miraron y dijeron: sabemos plantar, cosechar, producir alimentos del campo. Y en 2010 añadieron un nuevo proyecto de servicios turísticos: el hotel Casa Origen.

Así surgió la Fundación Origen como un emprendimiento social, como una organización que recoge las prácticas empresariales, pero con el fin de generar desarrollo social. Ella es la directora ejecutiva, pero el equipo lo integran 100 personas, entre ellos, Roberto Miranda, Lucía Fritz y Antonia Ulloa, que son el grupo directivo que está desde los inicios.

“A veces nos reímos y decimos: ‘Bienvenidos al mundo Origen’. A este mini mundo que es como un pueblito con su propio sistema económico, social, educacional, ecológico y un sistema organizacional que también tiene una fórmula de comercio justo”, señala Mary Anne.

Explica que son un equipo de trabajo multidisciplinario y que parten de la pregunta sobre qué tipo de niño, de ser humano, queremos entregar a la sociedad. “Aquí intentamos abrirles el mundo crearles capital cultural, que puedan tener acceso a distintas experiencias y descubrir sus habilidades –se explaya la directora de la Fundación–. Alguien puede no ser bueno para matemáticas, pero ser seco para la cerámica o para la construcción. Ahí es donde falla el modelo de desarrollo. Por eso decimos que es necesario repensar un modelo, y no solamente educacional. Es repensar un modelo comunitario de sociedad”.

Allí no hay jerarquías anquilosadas. Las relaciones son horizontales y funcionan con la convicción de que hay una relación entre la degradación social y la degradación humana y del planeta. “Entregar una educación agroecológica, que regenera y restaura, tiene todo el sentido del mundo –dice–. Cuando tomamos a un joven que viene emocionalmente dañado, que en el modelo escolar ha sufrido una degradación de su emocionalidad, de su amor propio, el encuentro de una pedagogía que le da un trabajo interno y externo los ayuda a reparar. Ellos lo sienten, lo expresan. Nos dicen que salen de aquí como personas integrales, como transformadores sociales y ambientales”.

-A propósito del estallido social, ¿ves factores que explican la crisis?

-Absolutamente. El estallido es la cosecha de la siembra. Nosotros somos agricultores y lo vemos así. Si siembras desigualdad, inequidad, desamor, ¿qué puedes obtener? Yo creo que el modelo tradicional tiene –consciente o inconscientemente– una motivación perversa y es que, en el fondo, quiere que las personas sean operarios del sistema. Nosotros educamos pensando en qué personas queremos formar para volver a tener un tejido social.

-¿Es posible exportar ese modelo en una sociedad que debe funcionar tan concretamente?

-Claro. Nos asombra lo rápido que van cambiando los niños. La primera semana vienen “cargados”, algunos con armas blancas, con manoplas, equipados para la competencia. Y eso es porque vienen de un modelo donde gana el más fuerte.

Aquí no hay inspectores en los patios. Son los alumnos de tercero y cuarto medio los que les dicen a los más chicos: “Compadre, aquí no se rayan los baños”. Y créeme que no hay una sola raya en las paredes. Y eso no se consiguió con represión. No tenemos lógica represiva. Desde que entran, se les habla de confianza y se les dice: “Estas son las reglas del juego. Ni un miligramo de droga puede entrar al colegio. La violencia está fuera de este lugar. Y dentro de estas reglas hay libertad. Construimos desde la confianza porque, empíricamente, eso genera cambios en cada uno y te diría que también un cambio estructural social.

-Pero la confianza no siempre tiene respuesta, ¿o sí?

-Cuando le dices a un joven: yo confío en ti, en tu valor, en tu sabiduría. Te vas a equivocar, pero vamos a estar aquí para ayudarte, sucede que las relaciones se ordenan de otro modo. Tiempo atrás, una joven de cuarto medio nos dijo: “Aquí llegamos todos flaites y nos vamos pachamámicos”. Por supuesto, me carga la palabra flaite. No la soporto, pero con eso ella nos quiso decir que tienen total conciencia de que salen de aquí con otras visiones.

 

El HUERTO

El eje que cruza la educación de los dos colegios es el huerto.

El agrónomo Juan Luis Gueneau de Mussy trabaja con los jóvenes en la regeneración y explica que las huertas están cumpliendo una función antropológica, de activar comunidad y rescatar vínculos familiares. Cuenta que desde hace tres años, la escuela agroecológica desarrolló un pequeño proyecto que se llama “Mi huerta, mi alimento”. Los profesores del área técnica, que acoge a los niños cuando llegan en primero medio, les entregan semillas para que den inicio a una huerta en su casa. Durante todo el año tienen que ir mostrando sus avances. Los profesores van a su casa para ver cómo van.

“Eso ha ido produciendo algo muy interesante –añade Juan Luis–. Por ejemplo, hay un chico campesino cuyos abuelos hacían su chacra todos los años. Cuando murió el abuelo, nadie más hizo la chacra. Ahora, este joven trabaja todos los veranos con su abuela y la ayuda a levantar su huerto. Así, la abuela comenzó la transmisión de todos los saberes. O sea, ese joven es un actor que reactivó una información a nivel familiar y de su vecindario. Las huertas escolares están reconectando a las comunidades con sus familias”, explica el agrónomo.

La palabra que se repite en la conversación con Mary Anne y su equipo es la de hacer trabajos que sean “regenerativos”. Esto parte de la base de que hay que hacer estrategias para que la naturaleza recupere su estado anterior. Es decir que una vez que se usan, las tierras agrícolas deben ser restauradas. “Ha sido un gran error pensar que el suelo es infinito”, dice David Órdenes, profesor de la Unidad de Proyectos y restauración ecológica, al explicar que hay un gran movimiento en el mundo que promueve la agricultura regenerativa y que busca cambiar el modelo tradicional de producción.

Un segundo concepto es el de “soberanía alimentaria”. Es decir, que frente a la megasequía que está viviendo el país –y el mundo– urge buscar maneras de autoabastecerse y producir nuestros alimentos. “Por eso, la poca agua que hay, tenemos que usarla bien. Y ahí también hay un tema de inequidad feroz. También tenemos que repensar el elemento agua en nuestro país y hacerlo desde cero”, dice Müller.

Y agrega que hace poco estuvo en una reunión en Lo Curro y veía como un chorro enorme regaba los antejardines. “Es absolutamente desproporcionado a lo que estamos viviendo. Realmente, me generó dolor y rabia… Uno tiene que entender de dónde viene la rabia que estamos viviendo, porque no viene de la nada”, afirma.

-¿De dónde viene?

-Viene de la absoluta ceguera. Hay barrios donde la gente no tiene agua. Les llevan en camión aljibe y, por otro lado, ven que hay otros lugares de la ciudad donde se dejan correr chorros de agua para regar. ¿Cómo no vamos a sentir rabia? Es amoral no pensar en el recurso hídrico en forma equitativa, para que todos podamos producir nuestros alimentos. Se trata de repensar un modelo ético.

Y se explaya: “Nosotros trabajamos con distintas etnias. Ellos nos hablan de su frustración. Muchos no tienen tierras para cultivar y tienen que emigrar a la ciudad y se convierten en pobres. Entonces, el tema de fondo es que la paz no se impone, se construye. La paz es el producto de la sustentabilidad social, ecológica, económica y cultural, y yo le agrego espiritual. Cuando tienes esas cinco sustentabilidades, cosechas paz. Pero esas condiciones hay que generarlas. No es con armas, no es mandando más policías. Es con respeto por cada ser humano y con nuestro planeta”.

A propósito del estallido social del 18 de octubre, Müller dice que ellos lo veían venir. “Todos los que trabajamos en el mundo social lo sabíamos, pero no sabíamos cuándo ni de qué forma. Pero yo iba sintiendo crecer esa rabia y llevo años diciéndoles a varios amigos, muchos empresarios: ‘Ustedes no se imaginan lo que viene’. Y me refería justamente a la rabia social. Hoy tenemos la oportunidad de sentarnos a dialogar, enmendar para tener una sociedad realmente equitativa”, reflexiona.