Por: Pablo Marín Foto: Verónica Ortíz En estas páginas decía hace año y medio el historiador renacentista Anthony Grafton sentirse como si cada día estuviese viviendo en el siglo XVI. Bastante más joven que su colega estadounidense, Paula Caffarena se la pasa buena parte del tiempo en otras centurias (siglos XVIII y XIX), pero, afirma, […]

  • 16 marzo, 2017

Por: Pablo Marín
Foto: Verónica Ortíz

En estas páginas decía hace año y medio el historiador renacentista Anthony Grafton sentirse como si cada día estuviese viviendo en el siglo XVI. Bastante más joven que su colega estadounidense, Paula Caffarena se la pasa buena parte del tiempo en otras centurias (siglos XVIII y XIX), pero, afirma, ésa es la clave de lo que hacen los historiadores: “Tratar de entender una realidad con lo que uno es, que es el tiempo en que vives”.

Esta egresada de la UCV ha estudiado ámbitos como la salud pública, la ciencia y la práctica médica, y el año pasado publicó por Universitaria y el Centro de Investigaciones Barros Arana su primer libro, Viruela y vacuna. Difusión y circulación de una práctica médica, Chile en el contexto hispanoamericano, 1780-1830, donde se asoma a la historia de una enfermedad, a los modos de entenderla y atacarla.

“La medicina, la ciencia y la salud pública son temas que están estrechamente vinculados con lo político, lo económico, lo social, etc.”, afirma la académica de la U. Finis Terrae. “En el caso de mi investigación, busqué mostrar que en el período de la formación del Estado en Chile hubo aspectos vinculados a la salud pública y a la organización de la vacuna que ayudan a entender el proceso”.

-¿Qué particularidades tiene la instalación en Chile de la profesión médica? Gente que tiene poder sobre la vida y la muerte, como de alguna forma lo tenían los miembros del clero.

-Éste es un período muy bisagra. A fines del XVIII y comienzos del XIX, no está muy claro que haya una especie de disputa entre la Iglesia y los médicos. De hecho, varios de los médicos, que son poquísimos, son sacerdotes. El gran médico que luchó contra la viruela es el cura Pedro Manuel Chaparro [el primer chileno en obtener el grado de doctor en medicina]. Lo que sí empezamos a ver con más claridad es cómo tratar de delimitar la profesión médica y su diferenciación, que se consolida desde la segunda mitad del XIX. La Iglesia, adicionalmente, se involucra y juega un rol para difundir la vacuna: la idea era que en las prédicas los sacerdotes llamaran a vacunarse. En un período posterior eso cambia: cuando se discute sobre la obligatoriedad de la vacuna, en la década de 1880, la Iglesia no tiene la misma postura.

-Pese a la creación estatal de una Junta de la Vacuna en 1830, en 1872 se produjo una pandemia y diez años después el Congreso rechazó la obligatoriedad de la vacuna. ¿Cómo evalúas, en este ámbito, los aprendizajes en salud pública?

-La obligatoriedad llegó sólo en 1918. Balmaceda había formado un decreto para los recién nacidos, y a partir de ahí uno ve que empieza a bajar la mortalidad por viruela. Es un camino largo y hay que pensar que partimos de cero: no había antes ninguna otra vacuna. Hubo que convencer a la gente que permitiera que le hicieran un tajo en el cuerpo con una lanceta. Y a fines del siglo XIX la discusión por la obligatoriedad introduce otra cuestión: ¿puede el Estado obligarme si no quiero hacerlo?

-Existe hoy una visibilidad de los movimientos antivacunas, en Chile y en otras partes: Robert De Niro anda ofreciendo 100 mil dólares a quien le demuestre que son seguras. ¿Adviertes una involución?

-La resistencia a las vacunas ha existido desde que comenzó a difundirse la primera, que fue la antivariólica. El temor a que se introduzca un fluido ajeno (en este caso animal) en el cuerpo humano generó un rechazo porque se temía que no fuera efectiva, que el vacunado pudiera contraer otras enfermedades e incluso que adquiriera alguna propiedad animal, ya que el fluido provenía de una vaca. Como ocurre hoy, los médicos hicieron circular varios impresos acerca de su efectividad, con evidencia de que no causaba mayores males. Hoy somos testigos de un doble fenómeno: por una parte, las razones por las que se rechaza la vacuna no han variado demasiado, pero hemos llegado a un momento en que la desconfianza está instalada. Se ignora la historia de las epidemias.

-El rechazo viene muchas veces de gente con educación superior, sea porque sospecha de las farmacéuticas o porque sencillamente “no cree” en la medicina tradicional.

-Creo que hay que insistir en que la gente sepa lo que significaban las epidemias. Yo he escuchado decir que el sarampión es una enfermedad simple, como la peste cristal. Hoy casi no hay, pero una epidemia en el siglo XIX mataba muchos niños y las vacunas han realizado tremendos avances a ese respecto. Sin embargo, da lo mismo la cantidad de papers que se puedan sacar… es un tema más bien de desconfianza.

-Por otro lado, ¿no estamos muy acostumbrados a la medicación como respuesta para casi todo?

-Es cierto que se da algo contradictorio ahí. Ahora, creo que el tema no es tanto la vacuna en sí, sino una resistencia y una desconfianza hacia la salud pública. Y eso es tal vez lo más riesgoso: en Inglaterra se han visto rebrotar enfermedades como la tos convulsiva.

Ellos y ellas

-Eres parte de un gremio donde, si el único parámetro fuese el Premio Nacional, las mujeres parecen no existir.

-En Chile ha habido y hay importantes historiadoras, entre ellas Sol Serrano, que no han sido reconocidas. No conozco en detalle cuáles son los criterios por los que se eligen los premios nacionales –si es sólo excelencia académica o algo más–, pero llama la atención que ninguna mujer haya sido galardonada. Estos premios debieran ser por excelencia académica y las historiadoras tienen la excelencia académica para obtenerlos.

-Recientemente, un académico del Departamento de Historia de la “U” fue acusado de abuso, lo que dio pie a sumarios y a una carta de académicas criticando a colegas como Gabriel Salazar, que apoyó al denunciado. ¿Piensas que lo antes aceptado hoy se repudia en voz alta?

-El tema es cuando hay manipulación en la relación académica, o derechamente se enfrenta un abuso. Cuando un estudiante de Historia, por ejemplo, entra a la universidad, tiene 18 años y el profesor llega a ser objeto de admiración. Sin duda, ahí se producían un montón de situaciones de manipulación donde las mujeres han estado en una situación de mayor vulnerabilidad.

Es un tema totalmente transversal y que antes ocurría, pero no se hacía público porque no estaba el escenario. Para la mujer que está en esa situación no es llegar y decir, “oye me pasó esto con este profesor”, que además es una figura importante. Se te puede venir mucha gente encima. Y le puede ocurrir a hombres o mujeres…

-¿Ves auspicioso el horizonte en este tema?

-Hay más apertura para discutir y creo que eso también genera mayor fortaleza en las estudiantes que sufrieron estos abusos y denunciaron. Es como lo que ocurrió con los casos de pedofilia de sacerdotes. En un tiempo ocurría todo en silencio, pero los contextos permiten finalmente que se sepa.

-Esto toca hasta lo más cotidiano en la conducta de los profesores…

-Hay cosas que antes se permitían y hoy ya no. Estaba socialmente aceptado, en la misma universidad, que el profesor podía mirar a alguien o hacer chistes de cierta connotación que resultaban incómodos para las estudiantes: se podían reír los hombres, pero no las mujeres. Hoy eso ya no está.