La mecánica de Milk es lo bastante prefabricada como para devaluar la extraordinaria saga del personaje real.

  • 2 abril, 2009

 

La mecánica de Milk es lo bastante prefabricada como para devaluar la extraordinaria saga del personaje real. Por Christián Rámirez.

Puede que el cine sea muy bueno contando historias, pero no lo es tanto en lo que respecta a las biografías. O el soporte no resulta cómodo para contener el total de una vida (para eso es mejor una serie documental) o la tentación de introducir el bichito de la ficción es demasiado grande como para que los cineastas se conformen con los hechos puros y simples. Hay una tercera razón: el molde de lo que se espera de una biografía filmada se ha vuelto previsible, cuadrado. Vacío.

Esto ultimo es lo que acaba por echar abajo el edificio en Milk, la historia del primer funcionario público abiertamente gay en la historia de Estados Unidos, asesinado por un colega en noviembre del 78. Un rol por el que Sean Penn ganó un Oscar en la última entrega de los premios de la Academia.

¿Y cómo es ese molde al que nos tiene acostumbrados Hollywood cuando se trata de filmar una vida? En resumidas cuentas, la norma es la siguiente: 1. Contiene un relato inspirador. 2. Centrado en torno a un idealista. 3. Adelantado a su tiempo. 4. Incomprendido por sus más cercanos. 5. Llevado al sacrificio por su ideal. 6. Cuyo legado se ha vuelto básico en nuestra sociedad.

No le extrañe si este esquema tiene paralelos con la pasión cristiana: en el fondo, se trata del relato de un sacrificio y –con una que otra variante– dentro de éste cabe la biografía hollywoodense que se le ocurra: Gandhi y Chaplin, de Attenborough; Malcolm X, de Spike Lee; el Nixon, de Stone e incluso filmes más pretenciosos como La vida en Rosa, basada en los padecimientos de Edith Piaf.

Como es de esperarse, Milk no se sale de este esquema. Por desgracia lo sigue al pie de la letra, lo que es una lástima considerando que no se trata necesariamente de una mala película: Sean Penn está muy bien como Harvey Milk -el comerciante de San Francisco que se convirtió en referente gay más por pasión cívica que por asuntos de preferencia sexual- y lo mismo puede decirse de la impecable puesta en escena del director Gus Van Sant, del elenco de secundarios o de la música de Danny Elfman.

Sin embargo, todo el esfuerzo al final no suma, porque la cinta se repleta de “momentos” acordes al molde, mientras que las ideas del verdadero Harvey –la lucha por la tolerancia, la representatividad de las minorías, el muñequeo político como una de las bellas artes, que ya habían sido expresadas en forma brillante y con un décimo del presupuesto en el documental del 84, The Times of Harvey Milk– sucumben ante la “importancia” que la película se asigna para sí misma, como espectáculo y como show.

De modo que si quieren ver cómo hizo Sean Penn para ganar un merecido Oscar a mejor actor, Milk le puede ser de utilidad y hasta lo puede entretener. Si va tras un pedazo de historia, tras un instante de emoción verdadera, evítese el viaje.


La historia real

 


Toda la dignidad y la garra ausentes en Milk tiene su contraparte en la modesta The times of Harvey Milk, cinta documental de 1984 que ganó el Oscar, haciendo historia como la primera producción de tema gay en obtener una estatuilla. Ambas producciones comparten un escalofriante inicio -la voz de Harvey dictando una suerte de testamento en una casete- pero mientras el Milk interpretado por Penn tiene mucho más de “Sean” que de Harvey, el retrato que surge desde el documental posee una humanidad que desarma, cerobeatitud y un amor a la vida que no tiene que ver con guiones ni estructuras prefijadas. Dirigida por Rob Epstein, acaba de ser editada en DVD y está disponible en Amazon. De visionado imprescindible.

 

ENFOQUE

Nixon sin trampas


 

A veces, ficcionar sin parar puede ser la mejor receta para sacarle punta a los "hechos reales". El dramaturgo y guionista británico Peter Morgan ha hecho de ello un hábito y ha obtenido excelentes resultados: narró el acuerdo secreto entre Tony Blair y Gordon Brown en la increíble The Deal, de Stephen Frears; los comienzos de la administración de Tony en La Reina y hace un par de años la legendaria entrevista entre David Frost y Richard Nixon, en la obra de teatro Frost/Nixon.

Desde que se supo que el director de la adaptación fílmica sería el irregular Ron Howard (El código Da Vinci), buena parte de la anticipación se desinfló, pero basta ver el resultado para corregir las expectativas: la película está más que bien, dista de ser mera entretención y, al revés de lo que ocurre con Milk, no cae en la trampita de la auto adulación. Así que nada de tratarla como al pariente pobre en esta temporada de filmes biográficos.