Audacia, coraje y valor son palabras que se usan poco. Suenan pasadas de moda, aunque jamás lo van a estar. La temeridad es el descriterio hecho acción. La sociedad actual prefiere el retraimiento, el tino y la pertinencia.
Por Matías Rivas, director de Ediciones UDP

  • 6 junio, 2019

Siento el miedo en el cuerpo. No conozco otra forma de convivir con él: alojado en la garganta sin dejarme hablar, revolviéndome el estómago, quitándoles fuerza a las piernas, en el pecho. El miedo incomoda, no deja moverse con soltura. Y cuando viene, se deja caer, salta sobre uno, atrapa sin dar tiempo para zafarse de sus tentáculos. El miedo de verdad, el que se relaciona con la muerte y la pérdida, se instala. No se puede prevenir, la razón queda corta a la hora de las explicaciones. Buscar causas es igual de inútil. Es un instinto animal. También hay miedos lentos, que se hacen esperar, que se van gestando de a poco hasta desatarse. Son miedos que cansan, agobian, confunden. Crueles. Avisan con punzadas de angustia. Es el miedo a la enfermedad que avanza, a la vejez, al indiferente que ha dejado de amar.

El miedo asociado al castigo marcó mi infancia. Pertenezco a una generación que fue educada con sanciones de variada índole. Infligir determinada ley instaurada por los padres o por alguna autoridad implicaba asumir un escarmiento y una monserga. Llegar tarde, decir algo imprudente, pelear, tener malas notas o mostrarse insolente tenían arduas consecuencias. Era difícil salvarse, puesto que el perdón venía del arrepentimiento. De la penitencia no había cómo escapar.

La educación católica posee esa forma de producir miedo, un protocolo diseñado para reprimir. Se basa en el concepto de mandamientos sagrados y jerarquías. A los niños les inyectan la culpa, un temor latente a todo lo que sea traspasar las reglas establecidas. Sirve para contener la turbación. Pero, sobre todo, es un antídoto contra las pulsiones, un regulador del placer. En desobedecer radica el mal, el pecado, aquello que debe ser condenado. La culpa está operando antes y después de cualquier osadía o ejercicio de libertad. No abandona. Es una sombra nefasta. Quienes han sido sometidos a esta burocracia moral cobijan un miedo sin nombre y permanente dentro de ellos. Acostumbrarse a vivir con ese desasosiego –sin reclamar ni revelarse– es lo que algunos denominan adultez. Otros lo llaman resignación. En ocasiones, es imposible sostener la existencia con esa pesadumbre. Oponer resistencia a esa extorsión mental es un riesgo que vale la pena tomar. El desacato genuino se paga con remezones existenciales. Salir de la confinación no es suave. Alejandra Pizarnik fue una poeta que exploró los terrores diurnos y el pavor del insomnio con la precisión de un cirujano. Escribió: “En el eco de mis muertes / aún hay miedo. / ¿Sabes tú del miedo? / Sé del miedo cuando digo mi nombre. / Es el miedo, / el miedo con sombrero negro / escondiendo ratas en mi sangre, / o el miedo con labios muertos / bebiendo mis deseos. / Sí. En el eco de mis muertes / aún hay miedo”.

Las reacciones al miedo son temerarias o desoladoras. Están emparentadas con las fobias, con el asco y la rabia. El arco de posibilidades también abarca la desesperación, con su repertorio que oscila entre arrebatos físicos y el silencio. A mí, las personas que me han generado miedo luego me dan rabia y posteriormente desprecio. Tengo buena memoria y no los olvido. Me dan miedo los delatores, los policías, la violencia súbita, las personas sin escrúpulos y los callejones sentimentales de la histeria. Están, además, los miedos que anidan en las napas profundas de la identidad, inherentes a la condición humana. La muerte y el sexo son fuentes de emociones que se conectan con zonas desconocidas, dan miedo y paz.

Audacia, coraje y valor son palabras que se usan poco. Suenan pasadas de moda, aunque jamás lo van a estar. La temeridad es el descriterio hecho acción. La sociedad actual prefiere el retraimiento, el tino y la pertinencia. Premia a los adaptados, a los dóciles, a los que saben esconder su miedo. Son considerados prudentes. Son los beneficios que trae acatar las normas. Un prestigio asociado a las palabras “tranquilo” y “disciplinado”.

Contra el miedo poco se puede hacer, salvo exorcizarlo mediante el trabajo creativo, el análisis o la conversación. Es sensible ceder a los desbordes, los errores y lo prohibido. Son territorios a indagar. La artista Louise Bourgeois contó en breve su experiencia por ese desvío: “He estado en el infierno y he vuelto. Y permíteme decirte, fue maravilloso”.

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